La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Punto 28. El Espíritu Santo, Alma de la Falange

1. Si el falangista está en contra de todo iluminismo protestante, que se reconoce por su hostilidad latente o declarada contra la autoridad eclesiástica, jerárquica, clerical, sabe sin embargo que el Espíritu Santo se da a la Iglesia cuerpo místico de Cristo en todos sus miembros vivos. Cada fiel lo recibe con la abundancia de sus dones. De antemano con el bautismo, el cristiano está iluminado por lo Alto a fin de creer en la Iglesia, en su Tradición viva y en las Sagradas Escrituras, a fin de reconocer en la Iglesia la manifestación de Cristo Jesús y de su Padre, a fin de recibir de la Iglesia la vida de los sacramentos y toda ayuda sobrenatural.

2. Pero deseando entender, amar, ayudar más, el falangista ha querido recibir la confirmación de la Iglesia y, por este don del Espíritu Santo, las luces y las energías necesarias a un empeño más entregado al servicio de Dios y al servicio de sus hermanos. A partir de entonces, ya no sólo es católico practicante, para alcanzar la gracia santificante y la vida eterna, sino católico activo en la comunión de los santos o… corresponsabilidad eclesial, cogiendo su porción de preocupaciones, de labores y de peligros de la Iglesia militante.

3. Al falangista le gusta recobrar el entusiasmo primero y “revivir el don de Dios que le ha sido dado por la imposición de las manos” del apóstol, es decir del obispo que lo confirmó (II Tim., 1,6). Ciertos ritos sacramentales, oficialmente instituidos, como la bendición del sacerdote, significan este llamado a un compromiso nuevo, más profundo, más generoso, en virtud del don del Espíritu, porque no hay función o “carisma” que no venga del Espíritu Santo en vista del servicio de la Iglesia. Es por haberlo olvidado que tantos cristianos de hoy dicen que el Espíritu Santo es “el gran desconocido” y se sustraen a sus inspiraciones.

4. El falangista encontrará en el despertar del Espíritu Santo en él por medio de los ritos sacramentales de la Iglesia su constante santificación; recibirá de ese mismo Espíritu su lugar en la gran Iglesia, como un órgano habilitado a ejercer actividades precisas y útiles en medio del organismo católico del cual el Espíritu Santo es la vida.