La Contre-Réforme catholique au XXe siècle

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Punto 2. Creo en Dios, Padre bondadoso

El falangista sabe, con una certitud natural absoluta, que Dios existe. Él cree en Dios en un acto sobrenatural de plena adhesión y de ardiente amor hacia este Señor en todo lo que es, lo que dice, lo que quiere y lo que hace, a causa de sus santidad, su sabiduría, su verdad, su belleza y su bondad manifiestas.

GEORGES DE NANTES
Doctor místico de la fe católica

17. El juicio jamás concluido

Al momento de clausurar la instrucción, el Padre de Nantes fue invitado a leer y contrafirmar el acta que había levantado el escribano eclesiástico. Pero éste, que era Italiano, manifiestamente no había entendido nada. Los jueces y el acusado estaban de acuerdo: este documento sin valor era inadmisible. ¿Qué hacer? ¿Quién sabría, en tres días, redactar un informe preciso, exacto, integral, ¡y sobre todo imparcial! de esas largas horas de sutil debate teológico? Sumamente perplejos, los jueces le confiaron este trabajo... al acusado. “Fue así que levanté el acta de mi propio proceso...”

16. El apelo al magisterio infalible

El Padre de Nantes le pedía a su obispo reclamar al Tribunal de Roma “la instrucción y el juicio de esta causa por el Magisterio soberano e infalible de la Iglesia que todos reconocemos filialmente... Nosotros no somos la Fe de la Iglesia, sino que somos su Fidelidad. No tenemos la Inteligencia de los Misterios, sino que somos la Memoria viva de ellos [...]. Rebeldes a la rebelión por amor a Cristo y a la Iglesia, decididos a continuar la crítica de la crítica que roe toda nuestra fe y ensucia toda nuestra tradición, así es como querremos permanecer, contra vientos y marea, fieles católicos romanos.

Páginas místicas

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30. El canto del barquero dichoso

¿Oh Misterioso Esposo de mi alma, puesto que estáis celoso de poseer todo mi corazón, cómo no cesáis al mismo tiempo de ordenarme amar a mi prójimo como a mí mismo y más que a mí mismo, de la manera en la que me amaste y me amáis cada día, cariñosamente, dolorosamente, inmensamente? ¿No hay alguna contradicción entre esta custodia del corazón… y esta dedicación constante al querido prójimo…?”

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11. Sueño con un vuelo…

“¡Oh! si tuviera alas como la paloma, tomaría el vuelo e iría posarme; sí, muy lejos huiría, me establecería en el desierto: me apuraría en encontrar un refugio contra el viento de la borrasca y la tormenta.” ¡Es difícil quedarse en medio del mundo sin pertenecerle, aguantar las pruebas de la vida, vencer las tentaciones, sufrir contradicciones y persecuciones a causa de vos! ¡Es mucho mejor dejar todo para seguiros y demorar donde estáis!”

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10. ¿Por qué ese gran grito muriendo?

“¿Oh mi adorable Salvador…? ¿Era el sufrimiento en su paroxismo que os arrancaba ese grito, era un atroz y último esfuerzo para arrancar del infierno los condenados de la tierra, era el amor al Padre a quien encomendáis vuestra pobre vida y la alegría inmensa de regresar hacia Él? Ese solo grito… es el solo que nuestro Padre celestial oiga siempre, subiendo de la tierra hacia él como la oración más desgarradora.”

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4. Señor… soy el hijo de tu sierva.

“Oh Señor, soy vuestro siervo…” Miradlo que camina, como el Agustín de la visión de Ostia, a los lados de esta mujer anciana que lo guía. Como de Santa Mónica a su hijo por fin vuelto, pasa entre ellos tantas cosas, casi sin palabras, que acceden a las más altas certezas, en la visión de la fragilidad universal y de vuestra sola grandor, oh Maestro adorado.”

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42. “ Y fue tentado por el diablo. ”

¡Jesús! Habéis sufrido esta presencia de Satanás en el desierto, en una lasitud extrema, cuando ese ayuno de cuarenta días ya os había agotado. Os admiro, os adoro. El Otro, no lo he visto, creo, más que una vez en mi vida. Si era por vuestra permisión una manifestación real, si era representación natural de mi espíritu no sé. Lo importante es sacar provecho de ello para mi alma y las almas mías…

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33. Ecce Mater tua

“Oh Madre de Cristo, nuestra Madre, dejad a vuestro hijo bajar sus miradas de la espantosa vista de Jesús sobre la Cruz en las angustias de la muerte, hacia Vos para su consuelo…”

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25. ¡No los dejaré huérfanos… María!

“Oh dulce Salvador cómo no estar conmovido de ternura por cada una de vuestras palabras, pero tal vez más que por toda otra, por esta promesa que hacíais a los Apóstoles, para reconfortarlos en la noche del Jueves santo: No los dejaré huérfanos. Así no pensabais en vos pero en ellos en estos últimos momentos de vuestra vida.”