La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Georges de Nantes
Doctor místico de la fe católica

PRÓLOGO

DESPUÉS de “Vaticano II, autodafe1, escrito por el padre de Nantes en 1996 durante su exilio en el monasterio suizo de Hauterive, en el cual analiza casi palabra por palabra y comenta, con una pluma mojada en el vitriolo, sin otra preocupación más que decir la Verdad, los principales ACTOS de un concilio que quiso reformar la Iglesia; después de “Preparar Vaticano III”, que constituye la contraproposición positiva de ellos, capaz de reanudar con la Tradición de donde procede todo verdadero progreso, a lo más lejos del modernismo devastador y del integrismo esterilizante, a fin que la Iglesia católica salga de esta formidable prueba “más fuerte y más bella, más santa y más conquistadora que nunca”, he aquí “Georges de Nantes, doctor místico de la fe católica”, que terminamos en el segundo aniversario de su dies natalis, 15 de febrero de 2010, y que revelará a quien quera leerlo cual fue la fuente escondida, inagotable, de su ser profundo, el empuje de su combate y de toda su obra “Por la Iglesia”.2

Místico, ¿qué quiere decir? El padre de Nantes lo explicó un día él mismo a sus amigos:

“Un místico es un hombre que ha leído su catecismo, que lo ha creído y que desde ese momento ha llegado a no conocer, ni sentir, ni amar, ni querer más que según el espíritu de esta revelación y bajo la impresión soberana de esas realidades invisibles […]. La fe ya no es letra muerta sino Espíritu vivificante. Lo que ilumina su camino y encanta su corazón no es otra cosa más que la enseñanza común de la Iglesia, ¡pero ven como esta gracia, que nosotros también hemos recibido, manifiesta en él de novedad inadvertida, de esplendor y de fuerza! Todos los seres para él son primero creaturas de Dios; su vida ya no es un día al día prosaico pero el camino de la eternidad celeste; los otros son los hijos de Dios y el Cuerpo de Cristo glorioso.3” Y todo a proporción…

Volviendo a tomar una palabra de San Pedro Canisius, el gran apóstol de la Contra Reforma en Alemania, que le gustaba citar frecuentemente: “No le basta al doctor evangélico ser por su palabra una luz para el pueblo, producir una voz clamando en el desierto y, por la lengua, venir en ayuda a la piedad del gran número, a fin de no merecer por la negligencia del ministerio de la palabra, ser llamado por el profeta un perro mudo, incapaz de ladrar. Pero tiene que ser también una llama, –sed et ardere illum oportet–, y que armado de obras y de caridad, honre su carga evangélica y siga el ejemplo de San Pablo.4

Georges de Nantes ardió de amor y de celo por la Santa Iglesia Católica, en un tiempo en que ésta era despreciada, traicionada, abandonada, en que sus pastores se callaban como perros mudos ante los lobos. Su vida entera fue consumida por ese celo.

Él mismo contó los primero años de su existencia en sus Memorias y Relatos, que lo muestran tan perfectamente hijo y heredero. Heredero del corazón de su padre, el comandante Marc de Nantes, de la sabiduría de su madre, de la entrega de los Hermanos y Padres que lo educaron, y de la inteligencia y de la ciencia inagotable del ‘incomparable amigo’ que, en el seminario, formó su juicio y lo instruyó de todas las cosas divinas y humanas.

Es en octubre de 1953 que lo conocimos, frère Gérard y yo, en el colegio Saint-Martin de Pontoise. Lo tuvimos como profesor y nos apegamos a él como discípulos a su Maestro, como hijos a su Padre. De su persona resplandecía una fe que lo echaba de rodillas para la oración al principio de la clase, una fe que entendíamos tan solida como todas las verdades que nos enseñaba. Fue la gran revelación de aquel bendito año: el servicio de la verdad prevalece sobre toda otra consideración.5

A su escuela y a su ejemplo, pasaba en nosotros la convicción que todo era cierto y soberanamente amable en nuestra religión: no había pues más que seguir, seguirlo a él y, por él, a los maestros de su vida de espíritu, y a Jesús el Maestro de los maestros. Nos hizo contraer para siempre el gusto de la ‘verdad’, con la intuición del ser de las cosas y la admiración de la ortodromia del designo divino en la historia.6

Cuando quiso entrar al Carmelo, entendimos donde estaba su corazón. Juzgado indeseable, nos volvió pronto, porque, según las vías de la Providencia, la Iglesia necesitaba un defensor, y que sólo un verdadero místico iría hasta la punta de la verdad, apoyado en Dios sólo, en el tiempo de la gran apostasía que llegaba.

Gracias a nuestro Padre fundador, San Pío X y el Padre de Foucauld se volvieron nuestros padres y nuestros maestros. Por él, nuestro amor alcanzaba el corazón de los santos. Lejos de hacernos propagandistas de un partido, de poner la religión al servicio de nuestras opiniones y pasiones, la defensa de la frágil herencia nos hacía cooperadores de Dios en su designo ortodrómico, instrumentos del reino del Sagrado Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María.

Un día, la Iglesia lo reconocerá: el padre de Nantes fue un gran místico, un místico ‘total’, un místico ‘para todos’. Realizó en su plena madurez el ideal de su juventud, aquel de monje misionero, “listo a ir hasta la extremidad de la tierra y a vivir hasta el fin de los tiempos” para la extensión del Reino de Dios, por su identificación a Cristo, primer misionero eucarístico, por su identificación a la Iglesia de la cual cantó incansablemente las glorias, la divina maternidad, de la cual fue el defensor heroico, violento cuando se trataba de “andar derecho según la verdad del Evangelio” (Gál. 2, 14).

Aumentó de violencia cuando debió hacérselas con los que, negando su bautismo, soñaban con una Iglesia sin fronteras, profanando la Cristiandad bajo el régimen de la libertad religiosa. Es el santo celo que lo animaba, aquel del amor verdadero. Porque, para este hijo de Dios que vivía en la acción de gracias de su bautismo, ¡la religión era un amor7!

A la “construcción puramente verbal y quimérica” de los liberales, denunciada por San Pío X, opuso el realismo místico de la caridad, fundada sobre una filosofía de las relaciones y una teología ‘total’, a la vez antigua y nueva, con una inagotable fecundidad, armonizando razón y fe, revelación y sabiduría humana.

Así, en el seno de una Iglesia donde la caridad se había enfriado, nuestro Padre nos dejó su corazón, en el centro del cual brilla una piedra preciosa, ¡su devoción al Corazón Inmaculado de nuestra queridísima Madre y Reina!

En su larga vida, este amor ardió muy pronto en su corazón, y no dejo de crecer, hasta invadir todo, cuando se enardeció a la luz de Fátima. El designo divino se reveló pues a él en toda su amplitud: Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María, y quiere que el reino de su Madre pase antes del suyo.

Desde ese día, nuestro Padre tuvo “una Mujer en su vida”, como le gustaba decir. Sí, su Madre y su Reina se hizo su maestra de verdad, de vida, y de conducta. En el combate apocalíptico, fue Ella la fuente profunda de su ardor de polemista, de su incansable alacridad, de su ánimo y de su inconfundible esperanza en sus promesas. ¡Por eso, al final, decidirá “pasarle la mano”!

Fui durante cincuenta y siete años el testigo privilegiado, ¡y siempre maravillado! de la vida y del pensamiento del padre de Nantes. Este libro es mi testimonio filial. Me he borrado en él lo más posible para dejar hablar a nuestro Padre, porque él sólo sabía mejor que nadie contar el increíble combate en el cual nos atraía, y presentar la obra monumental que nos deja en herencia y que ahora nos es menester hacer fructificar. Su ejemplo, sus escritos, su palabra elocuente, incansable y jamás fastidiosa, servida por un conmovedor tono de voz, grabada en centenares de horas de conferencias y retiros, permanecen. Nuestro Padre es el testigo y el Doctor místico de “la fe católica incambiada, incambiable, no negociable por causa de perfección divina”, escogido para la hora de la resurrección de la Iglesia, después de la gran apostasía predicha por las Escrituras.

Esta mística total, relacional, es capaz de alcanzarnos, de apoderarnos donde sea que estemos y de atraernos en el Reino de Cristo y de la Virgen Reina y Mediadora, reino que es del Cielo y de la tierra, con el cual está, él, como todos los santos, a pie llano y que abre a los más pequeños.

Entre todas las relaciones, amadas y servidas día tras día hasta el sacrificio total, la más maravillosa, aquella que no dejo de darnos a contemplar, que resume toda la obra divina en este mundo y constituye la fuente de todas las gracias en la economía de la Redención, es la unión de los Corazones de Jesús y de María, Alianza nueva y eterna, de la cual renacen nuestras almas en el tálamo nupcial de la Cruz. “¡Oh Padre mío, Padre nuestro, pedía en su primera Página mística, dadme de anunciar a mis hermanos, por mi vida y mi palabra, que el amor no es amado, y que su felicidad está ahí, en amar el Amor 8!”.

San Bernardo tiene razón cuando dice que no hay encuentro más fructuoso y dulce que aquel de tales hombres.

Fray Bruno de Jesús María
Maison Saint-Joseph, 15 de Febrero 2012.

(1) Las referencias a los libros en la parte baja de las páginas están en español solamente cuando el libro está traducido.

(2) “POUR L’ÉGLISE”: Título de la obra en cuatro tomos presentando el conjunto de la obra del padre de Nantes.

(3) LETTRE A MES AMIS n°122, Día de Todos los Santos 1962.

(4) HOMILÍA PARA LA FIESTA DE SAN MARTIN, obispo; en el breviario romano, lección del tercer nocturno de la fiesta por San Pedro Canisius, el 27 de abril.

(5) IL EST RESSUCITÉ n°20, p.7.

(6) IL EST RESSUCITÉ n°109, p.23.

(7) PÁGINA MÍSTICA n°47, “El Bautismo”, agosto 1972, p.193-196.

(8) PÁGINA MÍSTICA n°1, “Padre nuestro”, febrero 1968, p.9.