La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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XLVII

EL BAUTISMO,
“¿Qué os procura el bautismo? – La vida eterna.”

“Fides quid tibi præstat ? – Vitam æternam.”
Ritual del bautismo.

Mater Ecclesiae¿DE qué me hubiera servido nacer si no era para vivir, vivir bien, vivir feliz siempre, siempre? Tal esperanza era en el corazón de nuestros padres la verdadera razón de su alegría a cada uno de los nacimientos con los cuales los bendijisteis. Sólo pensaban en nuestra felicidad, no aquella de la tierra pero la eterna. Y es para asegurarme la única vida que cuenta, que me llevaron desde el tercer día al bautismo para nacer ahí a esta Luz que no conoce ni sombra ni ocaso. Entonces es cuando hicisteis brotar en el centro de mi ser, en su fuente profunda, una larga, larga energía, tan misteriosa, tan prodigiosa como la otra, de noche y de día, que desde hace casi cincuenta años no deja de hacer latir mi corazón. Incansable apetito de vida, inagotable empuje de la esperanza, mucho tiempo confundí estos dos movimientos tan diferentes, uno natural y el otro de gracia. ¿Pero no me venían, los dos juntos, de Vos? Tenía el deseo de vivir y la voluntad de serviros, resentía en mí la atracción del Cielo pero también el deseo violento de ser feliz enseguida. Aun cuando me enseñasteis que había que perder esta vida para ganar la otra, creí que era posible para los que amáis, renunciar desde ahora a los bienes caducos para entrar sin demora en la alegría de los elegidos. Y de hecho, encontré mi felicidad en vuestra ley y la alegría en el sacrificio. Todo me era dado con generosidad. Me parecía que todo se arreglaría, se dispondría según la ley de la Iglesia y los designios de vuestra Sabiduría, de tal manera que esta vida pasajera desemboque al final en la gran llanura feliz de la vida eterna. No le encontraba sabor a la tierra ni atracción que me retenga en lo que tiene de totalmente caduco, y sólo lo eterno que prefiguraba me fascinaba misteriosamente. Me pareció fácil morir mientras que ningún cargo me hiciera una dulce y pesada obligación de vivir. Morir me es un provecho, ciertamente, dije con el Apóstol. Morir para veros mejor, para estaros más unido, en fin liberado de todas las trampas y de todas las servidumbres de esta mortal existencia. Durante esa feliz adolescencia, la virtud de esperanza se fortalecía en mí.

Entendí que era un don de Vos, más adelante, cuando encontré seres admirables que sin embargo caminaban por caminos de tinieblas que no sospechaba. ¿Cómo se puede vivir con la impresión íntima de no ser amado de Vos, pero al contrario rechazado y de anticipo marcado para la condenación eterna? ¡Todo esto no es más que ilusión en ellos pero tenaz, mentira pero tan pesada! ¿Cómo no se pierden en la desesperación y cuán grande el mérito de su fe, me dije, ellos que la angustia acompaña, como verificada y agravada de todas sus otras miserias? Admiraba y quería aliviar su yugo comunicándoles algo de mi confianza.

Pero se hubiera necesitado que ésta fuera muy pura, sin ninguna mezcla de presunción. Mi certitud no podía más que sorprenderlas, esas almas que no creen en ellas mismas ni en sus propios méritos; nada podría recrearlas más que una esperanza toda divina. Descubrí cerca de ellas que la presunción es otra enfermedad del alma, y la mía sin duda. Por que todo me sonrió, porque demasiada, demasiada, demasiada benevolencia y beneficio divinos y humanos, tiernos, atentos, fieles, me han rodeado a lo largo de mi existencia, ¡de ello acabaría con creerme fácilmente amable, lleno de beneméritos, en fin digno de tantas solicitudes y prometido naturalmente a la gloria del Cielo! Esta suficiencia que dicta a las almas mediocres su vanidad os es sin duda más odiosa, oh Dios mío, que la tentación de la desesperación… Afortunadamente, el remedio no está lejos y la corrección del presuntuoso sigue su falta de cerca. Lo abandonáis a sí mismo y sus caídas humillantes lo obligan a reconocer y su miseria segura y vuestra absoluta bondad. Así sube y baja, demasiado alto demasiado bajo, como un ludión, de presunción en desánimo, aquél que no habita aún la purísima y divina Esperanza.

Tal es nuestra larga carrera. Cada quien según la fuerza de su corazón siente desvanecerse, o al contrario golpea el suelo con un pie rápido, asegurado de conseguir el trofeo. La suma total del esfuerzo reclamado tendría de que abatirnos. Pero no hay que pensar en ello. La esperanza se alimenta con un maná que nos dais cada día. La de hoy me sostiene. Mañana me renovaréis su don. Cuando todo parece perdido, cuando creo todo ganado, mi refugio contra la tentación está en Vos, en vuestras Promesas sabias y fuertes, en vuestra Alianza. Si caigo, me levantáis. Si temo perder, vuestra Eucaristía me sostiene. Si me exalto, vuestra Palabra me refrena. Si entro en agonía, mi sacerdote está cerca de mí como el Ángel de la Consolación. Aspiro inmensamente al descanso porque soy débil y cobarde. Me rio que me imaginen fuerte y tan seguro de mí que cabalgaría las nubes en una loca soberbia… ¡Si supieran que debo  mañana mendigar a la Iglesia el óbolo necesario de sus oraciones y de sus sacramentos! Necesito para conservar mi calor vital su comunión fraterna. Como el niño que no termina de ser amamantado y cargado por su madre, no puedo pasarme de la Iglesia mi madre. ¿Separado de ella? Moriría de ello. ¿Mediocre virtud que no subsiste más que por el salario de los socorros de la Iglesia? Sin duda. Mediocre en todo mí mismo, no saco mi esperanza más que en las inagotables bondades de mi Dios, su perdón fácil, su gracia común. Sí, la esperanza católica es fácil, su gracia común, hecha a la medida de nuestros corazones cobardes, inquietos, desarmados. Soy de éstos, seguramente. La vida me aprendió lo poco que era y lo nada que valgo. Mi esperanza se ha hecho, bajo ese peso, teologal. ¡No soy más que un niño y Dios quiera lo permanezca en la eternidad, hijo de la Iglesia, mi única esperanza!

Mi camino forma ya atrás una larga, larga pista y prosigo poniendo mis pasos en los pasos de una multitud de hermanos que desde hace mucho tiempo han entrado en los tabernáculos eternos. En mí la beatitud ruge ya como un inmenso rio escondido. Una fulminante alegría amenaza ya mi corazón de estallar. Pero mientras que no haya llegado, tengo todo que temer. A veces tengo miedo que mi energía no me huya, repentinamente, y que de cansancio mis piernas rehúsen cargarme. En ciertos momentos atroces, he debido correr locamente, por que sentía en mi nuca el aliento de una Bestia inmunda encarnizada a perderme. Grité hacia Vos, y Vos me habéis liberado. Pero el número de los días serenos prevalece, donde avanzo agarrando la mano de mi Madre, feliz y saltando o resignado sin ningún otro vuelo y confianza más que aquellos de una larga costumbre. Sí, la costumbre de hacer confianza a su Padre y a su Madre, infinitamente…

Esta caminata ininterrumpida, cansada pero única, por caminos que no volveré a tomar nunca más porque conduce seguramente a la plenitud de la felicidad cerca de vos, este camino donde continúo de andar aun hasta la tarde, este camino ya es un misterio de alegría, de paz y de vida eterna. Observo en mi cuerpo los primeros signos de la degeneración segura que lo devolverá en su hora cerca de sus padres, pero el alma sube, el espíritu crece día tras día para recoger en fin, si es fiel, la plenitud de luz y de amor a la cual aspira. ¡Oh buen Jesús, por este camino y por la Casa a donde lleva, sed bendito eternamente porque el uno y el otro rebasan todas mis esperanzas!

Padre Georges de Nantes
Página mística
n° 47, Julio 1972