La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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XLIV

¡Qué terrible me sois, en la infinidad de vuestro amor por mí!

“Ego sum Pastor bonus; ego cognosco meas et cognoscunt me meæ.” (Jn 10, 14)

Nuestro padre¡OH Jesús, qué desconocido sois! Más se habla del Evangelio, más se pretende conoceros solo, lejos de la doctrina católica, en la ignorancia de la vida y de la enseñanza de los santos, menos se os comprende. Y eso a tal punto que hoy la ceguedad es total. Basta con que midan los santos rastros de vuestro Cuerpo sepultado sobre el Lienzo para saber que sois grande, fuerte, y como los rudos obreros, el hombro derecho más desarrollado que el izquierdo. Basta con que lean vuestros anatemas en Mateo y Lucas, pero no, ¡se paran en las Bienaventuranzas! Y vuestras espantosas invectivas a lo largo de los capítulos en Juan, pero no retienen más que las palabras de amor, que así resultan amaneradas, adulzoradas o peor, ¡filantrópicas y sociales!

¿Quién os conocerá hoy en todo vos mismo para predicaros aún a nuestro siglo? ¡Ah! lo que necesitaríamos, es ver, oír, seguir a santos, ¡verdaderos! Tales los Bernardos, los Franciscos, los Ignacios, y San Pio X y Carlos de Foucauld, para tocar con el dedo lo que es la santidad cristiana, es decir el carácter, el espíritu, ¡el corazón de nuestro Cristo! En vos la pasión es torrencial como poderosa la voluntad. La sabiduría de vuestro espíritu superior domina y canaliza esta prodigiosa vitalidad. Pero aquello no es más que sicología abstracta y que sólo entienden los que ya han visto. Si les hablo de vuestra violencia, si me atrevo a decir que les dabais miedo, sí físicamente miedo a vuestros enemigos, y aun a vuestros amigos, he aquí que os imaginan odioso. Mientras que vuestra bondad, vuestra dulzura alimentan sueños empalagosos donde ya no sois más que un dios sentimental. Basta con mirar lo que se ha pintado o esculpido para entender la inmensidad del error, la ignominia de ese romanticismo. Y me sacan de mis casillas: entonces, tú que sabes, ¿era dulce o terrible? ¿daba miedo o atraía a las muchedumbres con su encanto? ¿qué era su mirada? ¡No mantengas más nuestros espíritus en suspenso, si lo conoces!

Pobres huérfanos sin Dios, sin Cristo, sin amor y sin esperanza en la tierra, ¿no sabéis pues que resucitó para hablar de Él como de un muerto? ¿No lo habéis pues encontrado, vosotros que no saben nada y nada entienden de Él? ¡Es increíble, en el siglo XX! ¡Pero aprended pues que es su ternura, tan grande que lo volvía terrible, que era aterradora! No, no comprendéis. ¿No sabéis que se puede desfallecer de espanto encontrando el Amor? ¿Que la presencia de un Dios y su dulce mirada de Santo puesta sobre vuestra alma la desnuda, la juzga, la traspasa de parte a parte, la aniquila? Unos, levantando los ojos hacía él, estaban encantados de ello, arrebatados de felicidad, purificados en el instante y, no encontrando más que humildad y dulzura de corazón en esta mirada, hacían con Jesús alianza íntima, eterna. Otros huían esta mirada por temor, y de hecho, para ellos la luz de estos ojos se enfriaba terriblemente. Era como la ruptura de un amor prometido: anda, no te retengo. Había peor. Algunos desafiaban esta mirada llena de verdad y de misericordia. No querían adorar en el Hijo la Sabiduría del Padre, ¡no! Lo medían como un hombre semejante a ellos. Es el candor del amor conjunto del Padre y de esos hombres queridos por hermanos, es la ofrenda leal de este amor, que abucheaban. Y habiéndose animado los a unos a los otros a desafiarlo dándose codazos e intercambiando ojeadas pérfidas, cuando se volteaban hacía Vos, entonces es cuando les dabais miedo, físicamente miedo. Vos sin embargo los llamabais aún, pero ellos temblaban de caer entre vuestras manos, porque es terrible de caer entre las manos del Dios Vivo. Aquél que lo dice, es san Pablo quien, ¡él Os había visto!

No, todavía no comprenden. Les bastaría con leer piadosamente, lentamente el Evangelio. ¿Por qué no lo hacen? Prefieren pintarse a ellos mismos un Cristo a su imagen y a su semejanza. Y de su partido. ¡Oh Señor, enviadnos santos, y tal vez comprenderán! Pero no, lo habéis anunciado de anticipo, si no saben leer el Evangelio, no verán a los santos entre ellos, o los crucificarán… ¡Allí está! Erais al mismo tiempo todo terror y toda dulzura, maldición y bendición. Santa María, Virgen Inmaculada, estaba segura de habitar vuestro dulce corazón a todo momento y la Magdalena sabía que vuestro amor era para ella un secreto sin nube y sin eclipse. Ya no os temía, desde la primera mirada y el perdón definitivo. Pero aquel día, ¡qué miedo tuvo! Los Apóstoles, ellos, os veneraban con afección y temor, esperando vuestra benevolencia, inquietos a todo momento de merecer vuestra reprobación. ¡Y la algarada era ruda! Los otros, ¡ah! los otros, es esto, ya era como ahora.

Los malos os encontraban malo, cuando esta dureza no pedía más que cambiarse en ternura. Los débiles os encontraban demasiado rudo, los soberbios despreciaban vuestras debilidades, los fuertes criticaban vuestra magnanimidad, y los impulsivos vuestra paciencia. Todo un pueblo de burgueses y de proletarios, de villanos y de castellanos, os juzgó un hombre ordinario, un mediocre, ¡ay! sí… ¿el Mesías, sería eso? ¡ESO!

Ay, no supe pintar nada de vuestro Rostro, de vuestro Misterio revelado como un sol demasiado brillante para ojos humanos. No tendré pues más que el recurso, después de haberos representado majestuoso y terrible a vuestros enemigos, y de ello haber impuesto la verdad a los incrédulos, de mostraros con una dulzura infinita y ternura secreta, y paciencia y misericordia o piedad sin fondo, como un océano de encanto y de bondad. Lo que fuisteis. Pero de ello se escandalizarán, lo apuesto. O bien, se hará con ello otro Jesús, el Jesús de otros momentos, o el Jesús de otros encuentros cuando sois el mismo, el mismo cuya dulzura permanece terrible, y la Majestad llena de encanto. El mismo con los furores súbitos nacidos del amor más tierno… Recibís a los niñitos y los abrasáis y, levantando los ojos y viendo cerquita de vos estos estiércoles, estas basuras que pronto mancharán los maravillosos cielos de sus almas inocentes, fulmináis contra ellos espantosas amenazas. Vuestro corazón está herido de ternura por esta novia que expande sobre vos un perfume de gran precio y seca vuestros pies con su cabellera, pero oís a Judas lamentarse sobre el dinero gastado. Entonces vuestro Corazón se petrifica. ¿Corazón de piedra, o Corazón tierno?

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, manso y humilde, que terrible me sois en la infinidad de vuestro amor por mí!

Padre Georges de Nantes
Página mística
n° 44, Abril 1972.