La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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XLI

¿Y Dios no vengaria el ultraje hecho a su Madre?

“¡Ave, maris stella, Dei Mater alma, atque semper Virgo, felix cœli porta!”

Virgen amamantando

Virgen Maria amamantando, Zurbaran

OH Virgen siempre virgen, fue preciso que llegue este siglo, este siglo veinte y esta gran conmoción y esta soberbia insensata en la Iglesia, fue preciso que dominen en nuestro hogar los hombres de Belial partidarios de esta grandísima apostasía y revolución que anunciabais en Fátima como el castigo prometido al mundo si no se convertía, se necesitó toda esta loca política y esta falsa religión para que, en nuestra Francia, hija mayor de la Iglesia, alguien os muerda el talón, con una apariencia de devoto, y extienda su blasfemia en el más grande periódico de esta prensa que se distribuye en nuestras parroquias a millones de fieles confiados y desarmados. Lo han leído para Navidad: “Y he aquí que estalla en nosotros, una vez más, ante esta estampería juntada, la certitud que Dios verdaderamente vino en la tierra, que Jesús de Nazaret nació de la Virgen María y de José el carpintero.”1 ¡Nacido de la Virgen María y de José el carpintero!

La injuria os alcanza a los tres, Jesús, María, José, en lo que hay de más íntimo, y de sublime, sublime, en vuestra santa unión, en vuestra incomparable y verdadera familia. Rompe el misterio, mancha lo que hay de más santo en el mundo. Os hiere, oh José, Padre y protector de las vírgenes, casto esposo de la Madre de Dios. Trastorna vuestro pudor. Os desprecia, oh Jesús, Hijo Único del Único Padre. Vos que habéis sido saciado de tantos oprobrios en vuestra vida terrestre y desde entonces, ¡heos hoy aquí aún ultrajado! Pero esta injuria, en sus apariencias de religión, os alcanza en lo más sensible de vuestro corazón, en el Objeto predestinado de todo vuestro amor y de vuestra veneración, en María Inmaculada, María Santísima, que jamás fiel católico pensó haberse manchado con el menor contacto carnal, María a Vos Sólo consagrada, virgen perfecta en su cuerpo y en su corazón, guardada sin mancha para seros una morada santa, María conservada siempre Virgen en su misma divina Maternidad, como convenía supremamente que hiciera por su Madre vuestra Omnipotente Majestad.

Qué ser innoble, aquel que lanza con una devoción fingida su ataque contra vuestro Honor, oh Madre siempre Virgen, ¡semper Virgo, felix cœli porta! Y millones de almas cristianas serán envilecidas por ello. ¡Oh! abismo de perversión en este hombre que os odia porque en Fátima anunciasteis la derrota final, el aplastamiento de ese comunismo satánico al servicio del cual se puso, su dinero, sus amigos, y toda su prensa dicha católica. Como sus semejantes de Ruán querían que violarán a la “Pucelle” en su prisión para quitarle su aureola y vencer sus sortilegios divinos. La virginidad invicta de Juana de Arco, maestra de los Campos, ángel fulminante de todas las batallas de Francia, era su estandarte místico. Hoy, sois Vos, oh Virgen de las vírgenes, quien sois en la Cristiandad perdida la Reina de las grandes batallas de Dios, el Signo apocalíptico de la ruina final de los comunistas ateos perseguidores. Y eso porque sois la Inmaculada, la Mujer encima de todas las mujeres, la Omnipotente sobre el Corazón de Aquél al cual el furor de los océanos está sometido.

Al servicio de vuestro Hijo aceptáis el combate, en él os colocáis a nuestros lados, delante de nosotros. La mordida de la Bestia os es cruel, ¡y a nosotros! pero no sabría manchar vuestra pureza. Sois demasiado definitivamente bella y gloriosa para que el aliento de un hombre os corrompa. No lloro sobre vos sino sobre nosotros. Como las mujeres de Jerusalén no tenían que lamentarse sobre el Cordero sin mancha que arrastraban al suplicio pero sobre ellas y sus hijos que un día la Justicia de Dios aplastaría. Nosotros también, temamos, temamos por Francia, por la Iglesia donde Tartufo escupe impunemente sobre el manto blanco de Nuestra Señora. Hay ultrajes que un hombre puede soportar y que es heroico para un príncipe, para un rey aceptar en silencio, como ser bofeteado, cubierto de escupitajos, flagelado y crucificado. Es una rara maravilla de ver un ajusticiado hacer misericordia aún, aún, hasta la última gota de sangre, hasta el último impulso consciente de su corazón que estalla. Pero tocar al honor de su madre, un hombre no puede soportarlo, no lo perdonará jamás. Aun un Dios. ¡Mucho menos un Dios! ¿Dios no vengaría el ultraje hecho a su Madre? Si el Señor Hourdin no es golpeado por el rayo de la Venganza divina, ¡es ese pueblo entero que lo leyó y creyó, es toda esta Nación esta Iglesia indiferentes a la blasfemia que serán golpeados, que deberán pagar! ¡Ah, habéis tocado a mi Santa Madre, habéis osado! Estremecimiento…

Habría que reparar. Quisiera en expiación elevar un monumento a la gloria de vuestra perpetua virginidad, oh Madre de Dios y nuestra tierna Madre. Esta virginidad inmortal es el fundamento de toda nuestra religión. En el mismo momento en que se escribía este artículo impío, celebrábamos vuestra Inmaculada Concepción y la liturgia os aplicaba con fervor las palabras misteriosas del profeta Ezequiel en su visión del Templo perfecto de la Nueva Alianza. Los Padres y toda la Tradición han visto y cantado en ese Templo bellísimo que sería la santa morada de Dios entre los hombres, vuestro cuerpo virginal y materno, oh Soberana, vuestro corazón purísimo, vuestro espíritu jamás rosado por la sombra misma del mal. Los vuelvo a leerlas con devoción y me regocijo de su simbolismo: “Vi la puerta de ese santuario, volteada hacia el Oriente. Estaba cerrada. Y Dios me dijo: Esta puerta permanecerá cerrada. Nadie la abrirá. Nadie entrará por ella, porque el Dios de Israel pasó por esa puerta. Así permanecerá cerrada para siempre. Pero el príncipe, él, se sentará ahí para comer el pan ante Dios. Es por el vestíbulo de la puerta que entrará y por ahí que saldrá… Miré, y he aquí que la Gloria de Dios llenaba el Templo y caí la faz contra el suelo.” (Ez 44, 1-3)

¡Nosotros también, cristianos, caigamos de rodillas ante el Arca Santa de la Nueva Alianza, Nuestra Señora!

Padre Georges de Nantes
Página mística
n° 41, Enero 1972.


(1) La Vie Catholique, Noël, p.17 (p.20 “virgen” significa en hebreo “jovencita” o “joven mujer”).