La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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XX

¡Cana…oh divino esposo!

“Et die tertia nuptiæ factæ sunt in Cana Galilææ et erat Mater Jesu ibi.” (Jn 2,1)
Cana

¡MI Bien Amado, qué alegría en esta fiesta de Cana de Galilea y qué promesas místicas! Por la intercesión de vuestra dulce Madre, dadnos siempre ese vino de la contemplación que nos hace descubrir todo su misterio. Qué reanime nuestra esperanza de las bodas eternas.

Espléndidamente libre de todo apego carnal y sin embargo el corazón lleno de amor, oh Verbo hecho Carne, os veo venir plenamente feliz a esas bodas, honorándolas y santificándolas con vuestra presencia. No despreciáis esos lazos que habéis creado. Los bendecís. Convidado al matrimonio de estas honestas personas vuestros amigos, en los primeros días de vuestra manifestación al mundo, vuestra alma se lanzaba muy alto en el misterio único de otra unión, más intima, más tierna, más perfecta, que era la meta de vuestro peregrinaje terrestre en el encuentro con toda la historia humana. Las estrofas del Cantar de los cantares susurraban a vuestras orejas. El amor tosco de esos recién casados despertaba aquél que pronto ardería en vuestro Corazón por la Eva perfecta nacida de vuestro flanco traspasado, en el agua y la sangre de la Redención. Cana sonaba alegremente el anuncio de vuestras propias bodas, oh divino Esposo, con nuestra miserable humanidad muy amada, antes de tres años. Así iba vuestra contemplación, acurrucado en el seno del Padre, mientras que erais el más encantador y el más atento entre los convidados. La embriaguez del misericordioso amor que ya poseía su presa llenaba vuestra alma, pero también la moderación de la obediencia que espera la hora, y el temor que sabe el Sacrificio con el cual pagaría esta conquista. Tal erais, adorable Jesús, en medio de vuestros amigos de fiesta.

Cerca de vos, María participaba a la alegría de todos. En verdad, veros feliz era toda la causa de su placer. Mientras que, acostumbrándose a todo, conversaba con las mujeres y ayudaba en el servicio, su corazón permanecía acurrucado en el vuestro, oh raptor divino, y sus ojos contemplaban furtivamente vuestro rostro iluminado por una misteriosa alegría. Ella era como la azucena de real esplendor, como una rosa olorosa ofrecida a vuestras miradas. Si hubierais podido desear que un rostro os muestre la esposa prometida, sólo os bastaba levantar los ojos hacia ella. En la nueva creación, ella sería la Mujer, la Madre de todos, figura de la Iglesia vuestra Esposa mística, oh Dios hecho hombre aquí presente.

“Ya no tienen vino”, es ella quien os lo ruega. Ella, toda humana, cuya preocupación brota de una caridad inmediata y materna. Bajad de nuevo de vuestras alturas para estar una vez más con ella al nivel de nuestras preocupaciones, de nuestros fastidios terrestres. Es vuestra Madre quien os lo pide. Quizá nunca os lo ha mostrado y nunca se ha servido de eso, pero ella sabe que sois Cristo, el Hijo de Dios, vivo y todo poderoso. Esta vez, sale de su reserva. La hora está toda a vuestra alegría y vuestra alegría es para ella más que toda la tierra. Vuestra alegría bajada de los Cielos no va apagarse súbitamente, en la confusión de los casados y la perplejidad de los convidados. El Reino mesiánico, para vuestra mamá, sois vos, vuestra sonrisa, vuestro corazón manso. Para que vuestra alegría demore, un milagro no es de más. ¡Ha llegado la Hora de las maravillas anunciadas por los profetas! Así lo piensa. ¡He aquí hoy el banquete mesiánico! ¡Y después del vino insuficiente de nuestras vendimias humanas, qué el verdadero Esposo nos dé su mejor vino, qué mi Jesús salve esta boda y rescate así los suyos de la desdicha de su pobreza!

“¿Qué hay en común entre nosotros, Mujer? Aún no ha llegado mi hora”. ¡Oh, qué dureza! ¡Adoramos y bendecimos esta dureza que no rechaza nuestros pensamientos terrestres sino para revelarnos los celestes, que rechaza las sugestiones de la naturaleza para cumplir muchas otras maravillas, pero estamos aplastados por esta dulce mano tan pesada para nuestra debilidad, esta mano que no lastima más que para curar! Esta palabra no decepciona más que para contentar mejor el deseo del corazón, pero en la continuación de los siglos muchos se esforzarán en atenuarla por indigencia espiritual y devoción mal ilustrada mientras que otros en la ceguedad de la herejía sacarán de eso un argumento contra vuestra Madre. ¡Pero de eso ella os bendice eternamente!

María es nuestra y no piensa aún más que al instante presente de esas bodas galileas. Repeláis sus anticipos, pero para significarle otros cumplimientos cuya hora aún no ha llegado y delante de los cuales se desvanecerán todas las delicias de la tierra y su encanto. ¿Cómo no os seguiría en el esfuerzo que le imponéis, ella para quien nada cuenta más que vos? Os retenía en las humildes tareas de vuestra Encarnación. Arrancándoos de ellas, la atraéis con vos en las alturas de vuestra cercana glorificación. Es así como tratáis a vuestros amigos, y no habéis obrado de otra manera con ella, la más exquisita de vuestras creaturas, hija de nuestra raza y no de nuestro pecado. Ella la primera se vio repelada, no ella pero su pedido, no su amor pero su inquietud, no su confianza pero su espera. ¿No adivina ya, encerrada en vuestro duro rechazo, la promesa del Matrimonio espiritual?

“Hagan todo lo que el os diga” ¡Estupefacción de los siglos ante esta respuesta! María se muestra la sola a lo largo del Evangelio, digna de sostener con vos el difícil diálogo de la fe, de la esperanza, y del amor. Ella entiende de inmediato vuestro corazón y no piensa más que devolveros a la tierra donde ella está aún cuando le mostráis el Cielo. No os ruega de apresurar vuestra hora. Espera inmediatamente abandonada. No tiene afición en la alegría de esas bodas pero a vos sólo que sois todo su universo. Ahora sabrá esperar, con serenidad, fiel y fuerte, esta hora terrible, dichosa, de vuestras Bodas y de las suyas. Sin embargo está segura que, sin más confusión posible entre lo que es terrestre y lo que es celeste, entre la carne que no sirve de nada y el espíritu que vivifica, haréis por bondad el bien que os sugirió. Ese modesto milagro no será la maravilla definitiva implorada, será por lo menos su presagio, su señal, su prueba para la fe de los discípulos.

Padre Georges de Nantes
Página mística
n° 20, Febrero 1970