La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Punto 61. La Revolución: Destrucción satánica

Porque todos los regímenes políticos contemporáneos tienen el mismo origen, la Revolución, que, aunque puedan parecer muy distintos los unos de los otros, tal ayer el nazismo y el comunismo, o tal hoy el capitalismo y el socialismo, están siempre asociados para la destrucción del orden antiguo, cristiano, y la construcción de su nuevo orden, humano, diabólico. Es por eso que, hoy, los volvemos a encontrar unidos en el seno de grandes organizaciones internacionales, más o menos formales y oficiales, en las que se colocan en maestros pensadores de un mundo nuevo, dominadores de los demás hombres, de todos los pueblos que quieren recrear en una nueva forma, por razón y por fuerza.

2. Eso dicho, es menester constatar que todas las grandes revoluciones que siguieron la de 1789 y los propósitos incendiarios de Felicité de Lamennais, sacerdote apostata, muy particularmente las revoluciones marxistas, son una caricatura integral de la redención cristiana que se despliega en tres actos: caída de la humanidad, redención, salvación. “Este drama en tres etapas es tan fuerte, ilumina con una luz tan fuerte la inteligencia y calienta tanto el corazón, que todos los grandes movimientos religiosos y todas las filosofías del mundo le han copiado sus líneas generales. No tuvieron de verdad fuerza sobre los pueblos del universo más que en la medida en que adoptaron y siguieron de cerca esas verdades eternas.”

Detrás de los discursos incendiados de los maestros pensadores, es Satanás que le ofrece a la humanidad la ciencia del bien y del mal, el “Saber del poder” y, si se entrega a él, el “Poder del saber” a fin de triunfar todo junto de la gracia, del pecado y hasta de la naturaleza, y de igualarse a Dios, haciendo una creación nueva: “Serán como dioses, sabiendo el bien y el mal.” La Revolución moderna es “satánica en su esencia” (José de Maistre).

Es por eso que el humanismo ateo, de Oriente y de Occidente, racista o bolchevique, dictatorial o democrático, es perseguidor, nihilista y esclavista. Perseguidor, porque toda señoría de Cristo debe ser abolida y la Cristiandad aniquilada. Nihilista, porque todos los poderes legítimos y las leyes seculares de la antigua civilización están destinadas a la misma destrucción. Esclavista en fin, porque toda diferencia, toda independencia deben ser limadas y desaparecer.

3. El falangista no puede tener sino odio de la Revolución moderna, aun bajo las formas más comúnmente aceptadas hoy del capitalo-socialismo. Tendrá reputación de contra revolucionario. Y de hecho lo será, sea pasivamente si sufre la violencia, las prisiones, la esclavitud y el martirio, o lisa y llanamente la persecución cotidiana de la presión social, sea activamente si lucha por su legítima defensa y aún más por la de sus hermanos.

Para el falangista que ante todo es católico, pero que pertenece también a una nación católica, sin que nunca esas dos fidelidades puedan entre-desgarrarse en su corazón, la causa está entendida. Podrá someterse a esas Repúblicas masónicas. Rendirse, adherir, participar a ellas ¡jamás!  Desde su instauración, si descontamos los escasos momentos como, en Francia, el tiempo de la Restauración y del Estado francés del mariscal Pétain, se oponen para él su país real al cual está apasionadamente apegado, y la República, país legal que es el cáncer devorante, al cual no puede otorgarle más que una sumisión exterior y maldiciendo, debida a toda autoridad de hecho y hasta a un poder profundamente ateo, perseguidor y corruptor.