La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Punto 51. Mi reino no es de este mundo

1. Lo único que tiene en mente el falangista es reconocer sobre sí y los suyos el imperio soberano y tan amable de Jesucristo, y darle gusto en todo servicio. Es por eso que desea vivir en caridad, justicia y paz con su prójimo, sin que ninguna ideología, ninguna envidia, ninguna codicia se lo lleven en oposiciones, conflictos contrarios al ideal de las bienaventuranzas evangélicas.

No tiene ningún prejuicio político, ninguna ambición, ninguna reivindicación. La pasión de la política es para él impura, como lo es para el conjunto de los humanos que se desinteresan de ella y que sobretodo no quieren que “la Iglesia se meta en política”. Justamente, él tampoco quiere que su religión avance por medio del juego político, por la conquista del poder, por la lucha de las clases, la rebelión de los esclavos, el reino de la fuerza armada.

2. Esta indiferencia es de fuente evangélica y de tradición inmemorial en la Iglesia, según la palabra del Señor: “Mi reino no es de este mundo”. Le deja la ciencia política a los sabios y el arte político a los gobernantes. Es el furor de meterse en política, de creerse todos y cada uno competentes y responsables en la materia, lo que es cosa moderna, anormal y funesta.

El discípulo de Jesús, en política como en religión, está sumiso a las autoridades, según la cautela: “Al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios.” La política teocrática, racista e imperialista, está para siempre abolida; el mesianismo lo está del mismo modo; la religión y la moral no sabrían ser invocadas contra un orden político legítimo, porque Cesar debe ser obedecido, incluso injusto, violento, perseguidor. El reino de Dios, instaurado por Jesucristo, conquista santamente a toda la humanidad por la gracia divina y por la libre respuesta de las personas, no derribando a los príncipes y ni con la potencia de los Estados. “Busquen primero el reino de Dios y su justicia divina, y por añadidura los demás se os dará.”

3. Eso no impide que la sabiduría de los gobernantes y la prudencia de los políticos son beneficios divinos para los pueblos que aspiran a vivir en seguridad y en la paz en medio de los peligros de este mundo malvado y difícil. Sólo los santos tienen una fe mística y una fuerza moral bastante grandes para encarar sin temblar las desgracias que atrae sobre sí misma una sociedad mal gobernada. Pero ellos mismos no se desinteresan de ello, por caridad al prójimo agobiado por esos males y corriendo el riesgo de perderse. Así pues todos los cristianos rezan por sus gobernantes temporales, por la prosperidad y la paz de su patria, y se esfuerzan en contribuir a ello por su obediencia a las leyes.

El falangista sabe cuán importante es para los pueblos estar bien gobernados, pero no pretende gobernarse a sí mismo ni gobernar a los demás, si eso no le es conferido por Dios por nacimiento o por oficio.