La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Punto 48. Santificado sea el Nombre del Padre

El falangista, en la plenitud de su fe, conoce, adora y ama a nuestro Padre celestial por medio de Jesucristo en el culto que le rinde, en el Espíritu Santo, la verdadera y única Iglesia. Ya es así en la vida eterna donde el bautismo lo ha introducido y de la cual la eucaristía es el alimento de santidad y de inmortalidad.

1. Lo esencial de sus pensamiento y de su actividad es esta religión: es un teocentrismo, una teandría, una teocracia, una estética mística, que resume la palabra del Apóstol: “Nuestra conversación está en el Cielo”; sí, su comportamiento es celeste. He aquí su búsqueda esencial, la sabiduría de la cual saborea el fruto maravilloso, la belleza de una religión integralmente vivida y de un ampliar cósmico, la única y verdadera salvación que espera: “La belleza salvará al mundo”, decía Dostoïevski; y, en efecto, es la irradiación de la gloria de Dios en su Cuerpo místico que es la belleza última del mundo, alabanza de gloria, atrayendo la alegría y la acción de gracias del cristiano. Porque, según San Irineo: “La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios.”

2. Admirar esta gloria en toda su perfección cósmica y humana, social, eclesial, protegerla, enriquecerla con nuevas bellezas, esa es la obra de santificación del Nombre divino; es el fruto misterioso a la vez de la graciosa potencia divina y de la virtud del hombre, poesía milagrosa en la que nuestro Padre celestial se complace.

El falangista recibe ahí su primera y principal vocación, terrestre e inmortal, rebosante de alegría y fecundidad. Todas sus demás actividades y pensamientos fluirán de este Único necesario y traerán a él, para ahí por fin descansar en la plenitud del séptimo día temporal y del séptimo día eterno en el seno de Dios. Entonces todo será arte sacro, harmonía divina de la creación restaurada, en la que cada vocación hallará su sentido y su valor, allende de la fe y de la esperanza, allende de la verdad y del bien, en la hiperbólica belleza del Amor.