La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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 EL LLAMADO DEL PAPA AL PAPA:
EL GRAN DRAMA DEL PADRE DE NANTES

LA prestigiosa Universidad Panthéon Sorbonne, en colaboración con varias facultades francesas de derecho organizó en Sceaux los pasados 30 y 31 de marzo un coloquio consagrado a “La deposición del Papa – Sitios teológicos, modelos canónicos y sus implicancias constitucionales”. Quince universitarios se sucedieron para abordar un tema tan difícil como sorprendente, esencialmente bajo un ángulo histórico. Pero después de haber atravesado el transcurso de los siglos, el coloquio se dedicó al periodo contemporáneo y, en particular al caso de Pablo VI. Los organizadores de antemano, negaron desear establecer comparaciones con la actualidad, pero es un hecho que en Sceaux se habló de la hipótesis de la deposición del Papa (de hecho y afortunadamente poco frecuente, justo cuando en Roma sopla un vientecito de rebelión en contra del papa Francisco, que se afirma discípulo fiel, en palabras y actos del papa Pablo VI).

Este coloquio se reveló de gran interés debido a que dos eminentes juristas, Cyrille Dounot, profesor de historia del derecho en la Universidad de Clermont-Ferrand, y Olivier Echappé, consejero en la Corte de casación, quebraron la ley del silencio al presentar las acusaciones por herejía, cisma y escándalo que el padre Jorge de Nantes, teólogo de La Contra-Reforma Católica, había formulado contra el papa Pablo VI, en vista de obtener su deposición. Y tuvieron la honestidad intelectual de hacerlo, porque nuestro Padre es el único teólogo que supo definir y poner en marcha una vía canónica moderna permitiendo atacar, deponer y echar afuera a un Papa que se desviase de la doctrina de la fe católica.

No temieron presentar a nuestro Padre como “el escritor faro, pensador clave de esta cuestión, el primero en haberla abordado, más precisamente en sus demostraciones y al mismo tiempo el más perseverante.” Y supieron hacer descubrir lo que fue el “gran drama de su vida” a través de dos exposiciones precisas, exactas, mostrando por su parte una lectura atenta de las Cartas a mis amigos y de La Contra Reforma Católica.

Este coloquio da ocasión de volver a estudiar este proceso inaudito, empeñado por nuestro Padre apenas terminado el Concilio Vaticano II contra el Juez Soberano, por el honor y el amor de Jesús y de María, de la Iglesia, estrechado por la angustia de la salvación de las almas.

PRIMERA PARTE
EL COMBATE DEL HIJO CONTRA SU PADRE

“¡La Santa Iglesia me engendró a la vida divina el 5 de abril de 1924, contó nuestro Padre, y aquel día adherí a su Credo! ella me confirmó en esta fe católica para dar testimonio de ella el 19 de marzo de 1931; en fin ella me llamó al Sacerdocio y me ordenó sacerdote el 27 de marzo de 1948, para participar activamente en el ministerio de la doctrina, de los sacramentos y de la dirección de las almas. A pesar de mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, no he dejado de admirar, amar y servir a esta Iglesia Católica, la única Divina y Santa, a la que le debo todo y a la que le he consagrado para siempre mi vida.

PRIMEROS COMBATES

“Durante la primera parte de mi ministerio sacerdotal, encontré en esta fidelidad muchos obstáculos y contradicciones, los de la carne, del mundo y del demonio, como es normal. Combatí y sufrí por la fe, sin sorprenderme de los errores y desórdenes con los que me topé, en los demás como en mí mismo”. (Carta a mis amigos n° 231, julio 1966, p. 1)

Los desórdenes en los demás… Fue el progresismo y el modernismo que contractaron de por vida a los mayores de los Hermanos Misioneros del Campo, y contra los cuales nuestro Padre trató de inmunizar a los jóvenes hermanos que no lo escuchaban sino demasiado bien… y por eso lo despacharon… También fue una liturgia y una pastoral de vanguardia, la de la parroquia San Bruno en Grenoble, de la cual el único efecto tangible fue de estropear la red de obras dinámicas que el cura precedente había desarrollado ‘en tiempos de Pétain’. Nuestro Padre se adaptó, pero la cosa se volvió insoportable en el verano de 1950. “Su rechazo formal de la Encíclica Humani Generis me pareció inconciliable con la fe católica; lo dije y eso no agradó.” Y al que le reprocharon destruir en tres meses de verano el trabajo de todo un año de una pastoral lamentable, a un fracaso seguro, se le rogó que no volviera más…

Esos desórdenes fueron también los íntimos intercambios entre la democracia cristiana y el comunismo denunciado por nuestro Padre, durante el invierno de 1952, sobre todo en una conferencia dada en Nantes que le valió que se lo echara de la diócesis de París y sin duda la razón que obstruyó su nombramiento como profesor de teología en el Seminario mayor de Grenoble. Por último, fue el abandono de la Argelia francesa al islam y a la barbarie comunista por hombres de Iglesia y un Estado dramáticamente concertados para traicionar esta cristiandad de África. Nuestro Padre fue “de esos escasos sacerdotes que militaban abiertamente contra la subversión y contra el anticolonialismo delirante del clero y hasta de Roma ¡desgraciadamente!” Su ‘recompensa’ fue un arresto policial y, peor, su despedida el 11 de marzo de 1963 por Mons. Le Couëdic, en aquel entonces obispo de Troyes, de sus parroquias en las que había sido nombrado cura cinco años antes.

OPOSICIÓN A LA REFORMA

“Pero he aquí que en esta segunda etapa, continua nuestro Padre, errores y desórdenes, al menos lo que hasta ahora me había sido señalado como tal por la Iglesia, se presentan, en nombre de la Evolución necesaria y bajo el rostro de la Autoridad eclesiástica, como la verdad nueva y el bien de hoy.” (ibid.) Echado de sus parroquias, pudo seguir con atención los trabajos del Concilio, justo cuando éste tomaba orientaciones decisivas. Nuestro Padre estaba providencialmente preparando un trabajo semejante ya que en 1950 había conducido una gran campaña contra el libro del dominico Yves Congar Verdadera y falsa reforma en la Iglesia que se volvería la carta magna del concilio Vaticano II. Entre 1959 y 1963, publicó bajo el título El misterio de la Iglesia y el Anticristo un estudio teológico del progresismo que veía a la obra en la Iglesia de Francia.

La primera sesión no había comprometido nada, pero había manifestado un ambiente de críticas deplorable. La segunda sesión conoció lo que el Padre Congar se atrevió llamar su “Revolución de octubre”, durante los famosos votos de orientación. Desde entonces, todo era de temer. “La tercera sesión vio la explosión de una ola reformista al grado de quebrantar los dogmas y las estructuras de la Iglesia.” (CRC n° 110, octubre 1976, p. 6). Entonces las cosas se aceleraron a un ritmo infernal. “Y la cuarta sesión acabará con la oposición tradicionalista y el vale gorro liberal.” (ibid.) Y nuestro Padre, desde la Casa San José, entendiendo todo, denunciaba sin cesar la herejía que se ostentaba sin pudor en la mismísima Aula conciliar. “Le eché cruelmente en cara a esos falsos hermanos el proyecto revelado de todos sus esfuerzos, proyecto judeo-masónico adoptado por su reformismo: la constitución de una organización religiosa universal, de la cual toda la energía espiritual estaría puesta al servicio de un ‘mundo nuevo que construir’, sobre las ruinas del otro, según el plan socialista-marxista, en el culto del Hombre. El masdu, el Movimiento de animación espiritual de la democracia universal.” (Carta a mis amigos n° 231, julio 1966, p. 4).

OPOSICIÓN AL PAPA

En paralelo a su oposición al Concilio, nuestro Padre tenía que empezar “la lucha del hijo contra su Padre, del sacerdote contra el Papa.” (CRC n° 82, agosto 1974, p. 1) Durante casi un año después de su elección, nuestro Padre conservó su confianza en Pablo VI. Pero la encíclica Ecclesiam Suam del 5 de agosto de 1964, lo obligó a constatar que Pablo VI estaba personalmente a favor del principio mismo del reformismo congariano. Estaba claro que las teorías sospechosas y hasta absurdas que se difundían en el seno mismo de la mayoría de los Padres conciliares y que finalmente figuraron en las actas del Concilio, eran las mismas que las del Papa.

Fue entonces cuando nuestro Padre tuvo que avisarle a sus lectores que un Papa podía fallar a su deber de pastor y de doctor supremo, evocando con lujo de detalle el ejemplo de triste recuerdo del papa Honorio (cf. Carta a mis amigos n° 188, noviembre 1964) Fue, con la pluma de nuestro Padre, el cruce de una primera etapa que debía llevarlo inexorablemente de una crítica del Papa a una oposición y hasta a un proceso contra el Papa.

El 6 de enero de 1967, un año después de la clausura del Concilio, en su Carta a mis amigos n°240, nuestro Padre estaba en la medida de levantar las cuentas de un año loco durante el cual se pusieron de moda todos los desórdenes en el seno de una Iglesia llevada por su sueño quimérico del masdu. Pero “al llegar a este punto de mi Carta, en la tarde del 6 de enero, por primera vez desde diez años se me cayó la pluma de la mano. Iba a mostrar, tras esta cuenta catastrófica, todas las piezas del expediente que la apoyaban y probaban la realidad de la decadencia, mostrando día tras día, desde la clausura del Concilio, el carácter global del movimiento que destruye a la Iglesia” y que impone esta conclusión: “Existe un arreglo, una colusión fundamental, entre la Autoridad responsable superior y los ejecutores subalternos de la reforma, para ‘la creación de una Iglesia nueva al servicio de un mundo nuevo.’”.

Y la Autoridad responsable superior, en el seno de la Iglesia, no es otra sino el mismo Papa, el papa Pablo VI. A partir de ahí, nuestro Padre toma la decisión de denunciar públicamente la reforma del concilio Vaticano II como la de una segunda Reforma “para animar a todos los hombres de bien a llevar la Contra-Reforma del siglo XX.” (ibíd. p. 8) Encuadra esta lucha con dos reglas: primero la de nunca declararse, él y los amigos que quieran seguirlo, ser ellos solos la Iglesia, “repudiando esta Iglesia Reformada post conciliar como cismática y herética”, y al mismo tiempo, la segunda regla, la de luchar “en el Cuerpo de la Iglesia, sociedad visible en la que los hombres falibles conservan su poder de errar y hacer el mal, contra este cisma latente, esta herejía parasitaria, esta novedad inadmisible que altera su divina pureza y oculta su verdadera vida.” (ibíd. p. 5 et 6)

El primer acto de esta lucha se volverá un proceso: el de dirigirle “al Sumo Pontífice como Pastor Supremo de la Iglesia y a nuestros Señores los Obispos, como legítimos pastores de nuestras diócesis, personalmente, para reclamar y obtener de su magisterio infalible la solución a las dudas de aquí en adelante insoportables.” (ibíd., p. 6) “Cierto, agregaba nuestro Padre, estamos conscientes de llevar la lámpara de nuestra fe en manos torpes, la llama del amor de Cristo en almas frágiles. Pero conservamos el Tesoro de la Tradición que nos ha sido confiado para transmitirlo fielmente a la siguiente generación. Es porque creemos en la Iglesia que permanecemos en ella, luchando a rostro descubierto contra los falsos hermanos. Es porque creo en la indefectibilidad de la Sede apostólica que debo dirigirme al Sumo Pontífice para pedirle con insistencia de ponerle un término a la revolución post conciliar.” (Carta a mis amigos n° 250 del 25 agosto de 1967)

Después de haberlo anunciado varios meses de anticipo, el padre de Nantes envió el 11 de octubre de 1967 una ‘Carta a su Santidad el papa Pablo VI’ que empezaba con estas palabras: ‘La soberbia de los reformadores’. Es una exposición clara y exhaustiva del proyecto de una cierta reforma inaudita e insensata de la Iglesia, idea central a la vez del Concilio Vaticano II y del pontificado del papa Pablo VI, en contra de aquel mismo que era su instigador.

Nuestro Padre no pierde la fe en la Iglesia y, en la espera de su renacimiento al llamado del Magisterio, le advierte solemnemente al Papa que se guardará, como del mayor de los pecados, de esta reforma “satánica en su esencia, impía en sus manifestaciones y sus leyes […]. Discerniremos lo mejor que podamos, según el criterio infalible de la Tradición, lo que procede de vuestro magisterio consuetudinario y católico para someternos a él, y lo que viene de esa autoridad usurpada por la Reforma de la Iglesia, que siempre consideraremos como nula y sin valor.” (CRC n° 2, noviembre de 1967, p. 12)

Un mes más tarde, el padre de Nantes publicará un análisis realizado por un ‘equipo de estudios teológicos’ respecto a la encíclica Populorum progressio el cual describe un programa para transformar el mundo, mejorar la condición de los hombres, instaurar la paz universal, con la ayuda de todas las religiones e ideologías. Este análisis planteaba sin reserva la cuestión dramática de la fidelidad del Papa a la fe católica. Y nuestro Padre continua inmediatamente con largas citaciones del cardenal Journet, extractadas de su libro La Iglesia del Verbo encarnado y tratando del derecho de los fieles a acusar al Papa de herejía o de cisma y hasta a reclamar su deposición (cf. CRC n° 3, diciembre 1967).

¿Por qué? “Porque los buenos católicos, y los hay en todos los peldaños de la jerarquía al igual que en el pueblo fiel, están agarrados como con una tenaza por dos tentaciones contra las cuales deben resistir. Aceptar todo, el desorden y la corrupción del culto de la fe, de las costumbres, todo eso mandado o autorizado por una jerarquía unánime de la cual el Papa es el Jefe, a lo que están forzosamente llevados a y constreñidos… O recusar todo en bloque, porque verdaderamente todo es demasiado insensato, demasiado triste, impúdico y nocivo, pero abandonando una Iglesia que los provoca a rebelarse y que desea abiertamente su partida. Esas dos fáciles soluciones, demasiado sencillas, son pecados. ¡A la Iglesia de Jesucristo no se le abandona! ¡No se adhiere a la Reforma modernista ni a la Revolución progresista! ¿Cuál es la solución? La solución es rechazar la Reforma quedándose en la Iglesia. Pero no hay manera de disociar la Reforma actual, de la Iglesia que la impone salvo…

“… salvo atacando a la Persona misma del Papa como siendo, y ella sola, a la frontera de dos mundos, del orden y del desorden, de la Tradición y de la subversión, de la Obra de Cristo y de las maquinaciones de Belial. […] No se le puede desobedecer a un cura modernista invocando tan sólo su propia fe o su consciencia individual, sino la fe de la Iglesia que encarna el Obispo. Pero si el Obispo defiende a su subordinado herético, tendremos pues que resistir al Obispo prevaricador invocando la fe y la disciplina de la Iglesia romana que encarna el Papa; y apelar a Roma. ¿Pero si toda apelación a Roma es en vano? ¿Si el Papa desprecia nuestra inquietud y nuestra indignación? ¿Si su voluntad obstinada, absoluta, aterradora apoya a los derribadores de la Iglesia y a los asesinos de la fe?

“Si esa es la Voluntad del Papa, voluntad de verdadero Vicario de Jesucristo, entonces Dios está contra Dios y se acabó con nuestra fe. Queda una última posibilidad que resuelve todo: que esta voluntad sea la de un papa… apóstata. Y la única manera de salir de esta duda invivible, es provocando al Papa para que se declare. Porque si el Papa, da apoyo a todas las subversiones siendo así objeto de justa condenación, entonces nuestra fe recobra su certeza y ésta se basa sobre la Iglesia infalible, inmortal, que conserva en ella las energías necesarias al despojo de los apóstatas que la pierden.” (CRC n° 38, noviembre de 1970, p. 7)

¿Pero cómo proceder a la deposición del Papa? La cena-debate organizada el 30 de noviembre de 1970 por La Unión de los Intelectuales Independientes dio la ocasión al teólogo de la Contra-Reforma Católica de hacer un estado de esta cuestión verdaderamente espinoso y presentar el procedimiento que debería seguirse. “¡Pero el Papa es infalible!” le objeta repentinamente su auditorio. Y de hecho, este privilegio singular de esta asistencia segura del Espíritu Santo de la cual goza el Papa parece, a primera vista, un obstáculo invencible a su apartamiento de la Sede de Roma. El teólogo de la Contra-Reforma Católica, al revés de una idea que se tiene en general en el seno de la Iglesia, va demostrar que esta infalibilidad pontificia no solamente no impide la deposición eventual del Papa, sino que hasta es la mismísima clave.

SEGUNDA PARTE
LA INFALIBILIDAD PONTIFICIA
CLAVE DE LA DEPOSICIÓN PAPAL

La cuestión de la deposición del Papa obliga a interrogarse respecto a su autoridad sobre la Iglesia que nuestro Padre define como “sociedad visible, histórica, jerárquica, de la cual Cristo es el Fundador y permanece la Cabeza, de la cual el Espíritu es el Alma vivificante y santificante. La Iglesia es perfecta. Transciende por su verdad, su santidad, su orden, los elementos humanos que la componen. La consideración de este milagro histórico conduce a la fe en su misterio sobrenatural: si aparece irreductible a toda explicación natural, tanto espiritualista como materialista, es porque su jerarquía está dotada de poderes divinos en la simbiosis única de una Persona divina con una comunidad humana […].

“La fundación de la Iglesia sobre los planos rematados por Cristo ha sido confiada a los Apóstoles para que se ponga en marcha el día de Pentecostés. Evidentemente requería dones especiales, verdaderamente singulares y extraordinarios del Espíritu Santo a la generación de los forjadores. Es por eso que los Doce, los Apóstoles, han sido constituidos las Columnas de la Iglesia, dotados de poderes tan extendidos y tan particulares que hasta sus mismos sucesores no los han heredado totalmente.” (CRC n° 69, junio de 1973, p. 4)

Nuestro Padre insiste mucho sobre este límite de los poderes de los sucesores de los apóstoles porque precisamente los Padres del Concilio Vaticano II los han desdeñado (cf. Carta a mis amigos n° 212 del 15 septiembre de 1965). Sin embargo “para que la Iglesia tenga una base asegurada, una continuidad y una perpetua unidad en la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, era preciso que los actos esenciales de los Pastores de la Iglesia fuesen necesaria e indudablemente eficaces, seguidos de sus efectos divinos. Estos actos relevan de Poderes infalibles, asistidos incondicionalmente por el Espíritu Santo. Los demás presentan una gran contingencia y dependen a la par de la fragilidad del hombre y de la asistencia del Espíritu de Dios; emanan de poderes menores, en los que se debe obrar un discernimiento.” (ibíd. p. 5)

Para conservar la Iglesia, los sucesores de los Apóstoles usan poderes de orden, de enseñanza y de gobierno, estando su autoridad, no obstante, subordinada a la del Obispo de Roma que, según la voluntad de Nuestro Señor mismo, está revestido de la autoridad suprema.

¿ PUEDE UN PAPA SER HEREJE?

La pregunta ataca directamente el poder de enseñanza del sucesor del Jefe de los Apóstoles y conviene realizar ciertas distinciones.

La enseñanza del hombre privado, que de hecho sea Papa o simplemente obispo, permanece falible. Aunque estén constituidas en dignidad, estas personas conservan la libertad marginal de enseñar bajo su responsabilidad personal, como ‘teólogos privados’, teorías y opiniones que les son propias y que tan sólo se valen por su fuerza demostrativa intrínseca. Pero es importante que esta enseñanza no pueda confundirse, al menos en apariencia, con el magisterio. Al revés, la Iglesia en su creencia unánime es infalible. Lo que todos los fieles de la Iglesia creen juntos, unánimemente, como de revelación divina, es infaliblemente verdadero.

El magisterio ordinario, en cuanto a él, se presenta, en todo, como “el eco de la Tradición unánime de la Iglesia”. Goza pero de manera condicional, de infalibilidad. “Cuando el Papa, o algún obispo o hasta un cura, enseña lo que la Iglesia siempre y universalmente ha considerado como cierto, dice necesaria e infaliblemente la verdad. En ese sentido, sería apenas exagerado decir que todos somos infalibles… pero en la estricta medida (y que muy a menudo es difícil determinar) en la que repetimos lo que nosotros mismos hemos aprendido de la Iglesia. Los unos, escuchando y creyendo la doctrina constante de la Iglesia, los otros enseñando y explicándola sin mezclarla con novedades o particularidades, todos comulgan con la certeza de la Iglesia.

“En cambio, si aconteciera que el Papa o los Obispos, aun en su enseñanza ‘auténtica’, enseñanza dada por ellos en virtud de su función, con la autoridad de su rango, llegasen a proferir alguna novedad o cualquier opinión discutida, semejante doctrina no podría ser considerada como reveladora del magisterio ordinario. Y esa es la gran flaqueza de este magisterio ordinario de no estar separado por una frontera precisa e incontestable del reino de las opiniones humanas.

“Así, desde Pacem in terris y las Constituciones dichas pastorales o los Decretos y Declaraciones de Vaticano II, se suelen equivocar sobre la autoridad de esas Actas evidentemente ‘auténticas’ del Papa y del Concilio ¡pero desprovistas de todo carácter tradicional y universal! Todo este fárrago de novedades no puede reclamarse con autoridad Tradicional, no releva pues en nada al magisterio ordinario y vale lo que valen los que los fabrican.” (ibíd. p. 5 et 6)

En fin, queda por evocar el magisterio extraordinario, solemne, el cual por sí mismo es estrictamente y plenamente infalible. “Y es una necesidad para la Iglesia. Si sucediera que, respecto de algún punto de la doctrina, la tradición no fuese clara ni unánime, si una creencia común es súbitamente contestada o aún recusada por algunos, entonces los que tienen todo poder para conservar y defender el depósito de la Revelación serían llevados a dirimir el conflicto, zanjar la cuestión por medio de una proclamación en forma indiscutible de la Verdad. La asistencia del Espíritu Santo les está prometida en decisiones semejantes. Es la infalibilidad del Papa y del Concilio dicha solemne, o también ‘ex cathedra’.

“Un carisma semejante es impactante; hace que el hombre sea como un Dios ¡seguro de estar en la verdad absoluta! Y sin embargo es una verdad de nuestra fe, vivida desde siempre y proclamada por el Concilio del Vaticano I, desde entonces irreformable. Era necesario que así fuera. Este recurso a una infalibilidad de principio, señalada por la forma del acto declarando la fe, es la última solución a las crisis doctrinales que atraviesa la Iglesia porque no hay, en tales circunstancias, otras soluciones sino la de creer sin examinar más ni discutir, por el simple hecho que se está seguro que ‘Roma ha hablado’, que el Papa ha hablado ‘ex cathedra’, que el Concilio ha promulgado ‘una constitución dogmática’ acompañada de anatemas. Entonces, es una certeza, es la Verdad” (ibíd. p. 6)

Si la enseñanza solemne constituye el último recurso para poner fin a una disputa de orden doctrinal, el que lo profesa no goza en todos los casos de infalibilidad, como el texto de la declaración del Concilio lo indica claramente: “El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que publiquen, según sus revelaciones, una doctrina nueva, sino para que, por su asistencia, conserven santamente y expongan fielmente las revelaciones transmitidas por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe”.

Mons. Fessler, secretario del Concilio del Vaticano, explicaba, con la plena aprobación de Pío IX, que el Papa “no posee el don de la infalibilidad sino en el ejercicio de su cargo de ‘Doctor’ Supremo, enseñando la verdad necesaria a la salvación, revelada por Dios, y no en los asuntos disciplinarios ni como juez de las causas eclesiásticas, ni en las demás funciones a las cuales su carga de jefe de la Iglesia puede aún extenderse. Del mismo modo, en los decretos dogmáticos, las bulas dogmáticas, etc., no se debe ver indistintamente todo lo que ahí se encuentra como objeto de la infalibilidad.” (Frère Pascal du Saint-Sacrement “Mons Freppel”, Tomo 1, p. 497 et 498)

Así, “en ciertos campos, con ciertas condiciones precisas, escribe nuestro padre, la infalibilidad del magisterio es segura y entera: por decirlo así es Dios mismo quien habla por boca del Papa, por el Concilio. En otros campos, o por falta de ciertas condiciones, la defectibilidad humana es predominante sobre la asistencia divina. Aún ahí, sería bueno y prudente creer y obedecer a los que el Espíritu Santo asiste para que no se desvíen y procuren el bien de las almas. Sin embargo, subsiste una cierta posibilidad para los Pastores de traicionar sus funciones y que ellos mismos se equivoquen por ignorancia, o nos engañen y desvíen por malicia” (CRC n° 69, junio de 1973, p.6).

¿También el Papa? “Sí, fuera de su enseñanza ex cathedra y fuera de su enseñanza ordinaria, cuando deja de repetir lo que la Tradición unánime tiene por revelado, y entonces cuando habla como teólogo privado.” (ibíd. p. 7)

De hecho un canon del Decreto de Gracián hace explícitamente mención del posible desvío del Papa en cuanto a la fe, es decir de su herejía. “Que ningún mortal tenga la audacia de hacer reproches al Papa por sus faltas; porque no puede ser juzgado por nadie aquel que debe juzgar a todos los hombres, salvo si se le reprocha de haber desviado en la fe.” Aún en el Concilio Vaticano que a la vez proclamó el dogma y los límites de la infalibilidad del Papa “también proclamó fuertemente que fuera de esas condiciones, el Papa permanecía capaz del error y no podía pues ser seguido ciegamente” (ibíd.).

En fin “varios papas se descarriaron en el error en materia de fe, se obstinaron hasta condenar a los conservadores de la ortodoxia, a veces con cierta solemnidad” (ibíd. p. 8). Y nuestro Padre hace la lista de cinco papas que, “durante un corto periodo de su pontificado, sobre algún punto particular y oscuro, muy a menudo por diplomacia y deseo de conciliación más que por herejía formal, han faltado a la pureza y a la integridad de la fe, o más precisamente a la firmeza de su magisterio. Sobre 263 papas y casi veinte siglos de historia ¡es cosa imposible! O tan sólo para manifestar que es algo posible…” (ibíd.)

Y nuestro Padre concluye que una situación semejante, la de un Papa herético tiene una improbabilidad máxima. Entonces es la última hipótesis que imaginar cuando todas las demás se han averiguado insatisfactorias. “Es la hipótesis desesperada. Y entiendo muy bien que no nos sigan cuando recurrimos a esta solución, posible en lo absoluto, improbable estadísticamente […]. Y sin embargo, cuando ya no queda otra solución, cuando todas las pruebas están reunidas y convergen, ni la fe se quebranta, ni la esperanza muere, ni la caridad se encuentra herida al decir: nuestro Papa es herético.” (ibíd. p. 9)

DE LA ACCIÓN CONTRA UN PAPA HERÉTICO

Los teólogos proponen dos soluciones, nuestro Padre una tercera, así como el profesor Dounot lo subrayó acertadamente.

Papa haereticus depositus est… un Papa herético está depuesto”: Es la solución preconizada por Roberto Belarmino en los felices tiempos de la Contra-Reforma. “La herejía es una muerte espiritual, un abandono de la Iglesia, por lo que todo Papa que cae en la herejía se encuentra espiritualmente muerto y excomulgado ipso facto de la Iglesia. Está, por el hecho mismo, depuesto; ha dejado por voluntad propia de ocupar la Sede Apostólica” (ibíd. p. 10). Esta teoría estaba bien adaptada a una época en la que la fe católica estaba precisamente distinguida del error para todos.

“Pero lo que ni Suárez ni Belarmino no hubieran podido prever, es que llegaría un tiempo en que el evolucionismo y el subjetivismo difundirían sus tinieblas en los espíritus al grado de volver imposible señalar inmediatamente la herejía, sobre todo en las doctrinas privadas de un Papa. En la confusión actual, en la que el libre examen protestante se llena de inmanentismo modernista, si admitiésemos esta solución, cada uno según su capricho declararía herético al Papa y por ende concluiría para sí que entonces ya no hay Papa” (CRC n°30, marzo de 1970, p.7). La solución se vuelve entonces impracticable, según el juicio del teólogo de la Contra-Reforma católica y no tendría otro efecto que el de difundir la confusión y poner en discusión a todo Papa, sea cual fuera.

Papa haereticus deponendus est… Un Papa herético debe ser depuesto”: Es la solución propuesta por el cardenal Cayetano y otros teólogos y conlleva dos consecuencias importantes. “Si sucede que un Papa es hereje, es menester proceder a su deposición para que deje de ser Papa. Y aún esto: el que acusa al Papa de herejía no debe quedarse en ello, sino que debe provocar el procedimiento jurídico de su deposición, no pudiendo erigir su juicio personal en decisión universal e inmediatamente ejecutoria” (CRC n° 69, junio de 1973, p. 10).

He aquí una sabia solución, pero que eleva otras preguntas, en particular la de saber quién juzgará al Papa, y para lo cual la respuesta de Cayetano resulta decepcionante. Procediendo a la deposición del Papa herético, la Iglesia, según él, no juzga al criminal, sino que se satisface con designarlo al Juez Supremo que es el mismo Dios. “No se entiende lo que Cayetano quiere decir, comenta nuestro Padre. Su molestia es evidente. Nos quedamos con la idea que el tribunal eclesiástico, en un proceso semejante, no tendrá competencia más que para instruir el asunto no para realizar un juicio.” (ibíd.)

Y nuestro Padre aporta la clave a la dificultad que no supo resolver Cayetano y con razón… porque supone definida la infalibilidad pontifical. “Porque, a la pregunta decisiva: ¿quién decidirá en última instancia, soberanamente, una vez instruido el proceso de un Papa herético, cismático o escandaloso? El dogma del Vaticano I es el único que aporta una solución realista. ¿Quién juzgará al Papa? ¡Pues el Papa él mismo en su magisterio doctrinal infalible!” (ibid).

¿Quién se hará el acusador? Respuesta segura de nuestro Padre: cualquier cristiano, con tal no obstante, y la precisión es importante, que sea miembro de la Santa Iglesia. ¿Ante qué tribunal? “El verdadero y único tribunal de la fe, es la Iglesia, por motivo de su autoridad de Esposa del Señor. Su competencia es universal, sus juicios son infalibles. Sin embargo la Iglesia creyente tiene su fe y permanece en su ‘sensus fidei’, su sentido infalible de la verdad, por el socorro constante de la Iglesia enseñante. La instrucción del proceso se tendrá que hacer pues ante toda la Iglesia, sea por miembros representativos de la jerarquía, sea por un tribunal de teólogos simplemente encargados de establecer la conformidad o la contradicción de la enseñanza de las actas pontificales con la fe católica y la tradición de la Iglesia, bajo la reserva de una sentencia infalible que no es de su competencia.

“Es al Papa que le acatará formar este tribunal encargado de instruir el asunto en toda libertad e imparcialidad. Me parece que sería preferible escoger los miembros que lo compondrán entre teólogos sin adornos, obreros sin pretensión, en vez que obispos y cardenales que estarían tentados de constituirse en Concilio, de arrogarse una superioridad sobre el Papa y pretenderse capaces de juzgarlo y condenarlo sin llamado (ibíd. p. 11).

¿Quién será el juez Supremo? El Papa hablando ex cathedra. “El Papa infalible juzgará pues sin apelación al Papa falible. Él sólo puede ser así juez y partido en su propia causa porque, si fuese ‘demonio en su alma’, seguiría siendo ‘santo por su oficio’ como lo dice Cayetano.” (ibíd.)

¿Cuáles serían los resultados previsibles de un proceso semejante? Nuestro Padre enumeraba tres.

Una nueva definición de la fe. El Papa deniega al acusador y reitera, pero en forma solemne, la enseñanza contestada y dada hasta ahora bajo la única forma auténtica. Y el oponente y sus gentes ya sólo les quedará someterse bajo pena de excomunión.

La retractación del Papa. Que el Papa se retracte ¡he ahí lo imposible! afirmó el Señor Olivier Echappé. Es de su parte una exclamación inconsiderada o una falta de fe. “En efecto, si el Papa, tras un grave error, es puesto por la fuerza ante esta alternativa: o confesar la fe católica inmutable y reconocer pues su error, o renegar la fe católica para obstinarse en su propio sentido, es posible, es más que posible que el Papa se retracte. Los cinco Papas heréticos con los que cuenta la historia, se han retractado todos.

“Es necesario actuar firmemente contra un Papa herético, pero es menester rezar al mismo tiempo por él y por la Iglesia. Porque un gran proceso en contra del Papa por herejía, cisma y escándalo, puede acabarse, para la mayor gloria de Dios y para el mayor provecho de la Iglesia, con un acto de retractación del Papa, ejemplo sublime de humildad y de obediencia a Dios” (ibíd.).

Constancia de defección. El Papa puede recusar dar una respuesta al acusador, zanjar el objeto del litigio. “Entonces se comprobará un rechazo, un fraude, que deberá elaborar la Iglesia de Roma: ¡el Papa no quiere ejercer su Magistratura suprema!” (ibíd.) Y su rechazo reiterado constituirá entonces una dimisión y la sentencia de deposición será pues la conclusión canónica de constatación de la renuncia del Papa. “La Iglesia de Roma declarará la Sede Apostólica vacante y convocará un conclave para la elección de un Sucesor” (ibíd.).

Nadie se presentará para ejercer un reproche semejante, para entablar un proceso semejante, en contra del papa Pablo VI. Sólo nuestro Padre, que era el único en llevar la Contra Reforma Católica desde la conclusión del Concilio, se hará cargo de ello solo como sacerdote llano, cargando esta cruz verdaderamente arrolladora. Será el gran drama de su vida, el de un hijo que se eleva en contra de su padre, el Papa reinante, para acusarlo de herejía, de cisma y de escándalo, en vista de su destitución. Este proceso gigantesco, que ahora vamos a presentar detalladamente, empezó el 16 de julio de 1966.

TERCERA PARTE
EL LLAMADO DEL PAPA AL PAPA

El 10 de diciembre de 1965, de vuelta de Roma, sin duda bajo la presión colegial de los obispos de Francia, Mons. Le Couedic ordenaba al padre de Nantes no solamente abandonar la diócesis, sino también poner término a la publicación de las Cartas a mis amigos bajo pena de suspensión a divinis, es decir de ya no poder celebrar la santa Misa.

Era obvio que estaba en juego la fe católica: “Si me rindo, le contestó nuestro Padre, no a sus motivos – pues no me da ninguno y nadie me da motivos de fuente autorizada- sino a las terribles amenazas de su poder espiritual, si cedo a sus órdenes de callar y someterme a esta evolución, a esta mutación de la Iglesia, si acepto entrar lúcidamente en esta mistificación que es la cortina de humo protector, no podría hacerlo sin perder mi fe en la Iglesia santa de Jesucristo” (Carta a mis amigos n° 220, 6 de enero de 1966, p. 4). No obstante nuestro Padre anunciaba que aceptaría esta pena disciplinaria, en caso que se le fuese infligida.

Pero no podrían callarlo y llegarían otras más… Y entonces, se hallarán muy bien “algunos espíritus libres, algunos corazones ardientes, para preguntar por el motivo exacto de estos tratos violentos e insólitos […]. Será necesario acabar examinando seriamente el contenido de estas famosas Cartas […]. No se me podrá acusar ni de apostasía ni de cisma: declaro adherir a nuestro Credo católico romano, y reconozco por única autoridad religiosa legítima al papa Pablo VI y a los obispos unidos a él en la verdadera fe. Queda la herejía, de la cual el magisterio es juez y que no depende de mis intenciones. Habrá pues que sorprenderme en flagrante delito de herejía, para justificaros ante Dios primeramente, ante mis amigos y ante todo el pueblo fiel, de las condenaciones llevadas en mi contra” (ibíd. p.6).

Eso dicho, el padre de Nantes propuso a su obispo reclamar en la Corte Romana, del magisterio soberano, un juicio doctrinal sobre todos sus escritos pasados, a cambio de suspender… pero provisoriamente… sus críticas del Concilio y someter sus escritos, previo a su publicación, a la censura episcopal. Acuerdo de principio de Mons. Le Couëdic que, además, intervino ante la Asamblea de los obispos de Francia para disuadir a sus cofrades de difundir un aviso de precaución en contra de nuestro Padre.

TENTATIVA DE CONCILIACIÓN

Apenas Mons. Le Couëdic había dado su acuerdo para obtener un juicio doctrinal, surgió un primer obstáculo en la persona del cardenal Lefebvre, miembro asesor del Santo Oficio, presidente de la Asamblea de los obispos de Francia y arzobispo de Bourges. Mandado por el cardenal Ottaviani, tenía como misión ordenar a nuestro Padre, por un lado, renunciar al examen canónico de sus escritos de los cuales, de hecho, reconocía la rectitud doctrinal y, por otro lado y sobretodo, renunciar a sus críticas de la Reforma y de la jerarquía que descalificaban, según él, sus escritos, y empeñarse, al contrario, en el camino de “la confianza y de la admiración hacia un magisterio actual prácticamente infalible e impecable, la de la aceptación sin reserva de la Iglesia Nueva, considerada como un conjunto, en su Reforma totalitaria” (Carta confidencial del 1° de mayo de 1966).

Solo ante aquel que se revelará su juez, nuestro Padre se mantuvo firme. Recordó simplemente, pero firmemente, que pedía un juicio canónico y se informó de las modalidades que seguir para introducir el juicio de manera regular en el Santo Oficio reformado. El cardenal Lefebvre le recomendó escribir una carta al cardenal Ottaviani para pedir… su condenación, no obstante le precisaba que le serían aplicadas las antiguas reglas de procedimiento, debido a que el nuevo Reglamento de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe todavía no había sido adoptado.

“Se había pasado una etapa, dolorosamente, la de la tentativa de conciliación, y mucho más, la del encuentro con la primera instancia, de la Iglesia de Francia. Ahora me es menester introducir mi recurso de un proceso canónico ante la Sede apostólica, en Roma” (ibíd.)

LA PETICIÓN DEL 16 DE JULIO DE 1966

Por petición datada 16 de julio de 1966, el padre de Nantes enviaba oficialmente a la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe las 220 Cartas a mis amigos escritas entre 1956 y 1966 y ordenadas según un sumario cronológico detallado y preciso. Constituían la materia del examen doctrinal y tantas piezas a cargo contra los Padres del Concilio y del papa Pablo VI.

En una segunda parte, nuestro Padre exponía el motivo de una diligencia tan singular. “El Concilio empezó renunciando ejercer su autoridad divina recusando realizar una obra doctrinal” exigiendo al mismo tiempo la obediencia de todos en su pastoral. Y de ello corrieron desórdenes alarmantes. Sin embargo es necesario que la autoridad divina de la Iglesia permanezca “para enseñarnos los dogmas y las leyes de la Iglesia, sin reclamarnos, primero y ante todo, adoptar opiniones nuevas” (Carta a mis amigos n° 231, 16 de julio de 1966, p. 6 à 8).

“De ahora en adelante coexisten, en el seno de la Iglesia, dos poderes, mezclados, pero distintos. Uno es divino, inmutable, soberano. El otro es humano, sectario, cambiando continuamente. La supervivencia precaria de una escuela tradicionalista oprimida, de una minoría abiertamente contra-reformista, es la señal que ninguna secta puede absorber a la Iglesia, y que lo humano no suplantará lo divino en su magisterio vivo. Más allá de la reforma, del diálogo, del ecumenismo, de la apertura, del servicio del mundo y del culto del hombre, permanece la Iglesia que es el ‘gran designio de Dios sobre el mundo’, la Esposa inviolablemente fiel a Jesucristo Hijo de Dios, la Única, la Santa, la Católica, la Apostólica y agrego, porque esta palabra precisa el móvil de toda nuestra esperanza, la Romana.” (ibíd. p. 9)

Por consiguiente, el padre de Nantes requería de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, en nombre de la Iglesia de Roma, Madre y Maestra de todas las Iglesias, en nombre del Papa, que opere con poder y decisión una obra de discernimiento “en los diversos espíritus que se disputan la bendita herencia del Salvador” (ibíd. p. 11), que zanje entre, de un lado, un espíritu, al servicio del cual la asamblea conciliar se ha colocado, que inspira e ilumina cada conciencia, que opera una misteriosa convergencia de ideas y compromisos, ante y más allá de la Institución eclesiástica, para desembocar en una reconciliación general de todos los hombres, rebasando sus divergencias de opiniones, de religiones y de intereses, pero que insufla el desprecio y el odio de todo lo que ha sido y que permanece hoy todavía en la Iglesia católica romana; y del otro lado, el Espíritu Santo cuya misión “es una misión de tradición […] que inspira la penitencia, la conversión, la instrucción religiosa y la santificación de los fieles”, que no sabría emanciparse de Jesucristo ni despegarse de la Iglesia, al contrario, que “insufla a todos los hombres, pero de manera particular a los fieles, y aún más a los pastores de la grey, la estima, el respeto y el amor de todo lo que es católico, la desconfianza, el desprecio y el odio de los errores y de los desórdenes que le son enemigos.” (ibíd.)

Nuestro Padre había pues logrado encuadrar perfectamente el objeto del litigio e imponerle al Santo Oficio esta tremenda alternativa de tener que partir por medio… ¡entre él y el Papa!

Con toda cortesía, el padre de Nantes le entregó a Mons. Le Couëdic una copia de esta petición, de manera a que pudiese estar al tanto al mismo tiempo que tendría que enviarla, por vía jerárquica, al prefecto de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe. Pero aquel que, desde hacía unos cuantos meses se ufanaba ante sus cofrades de imponerle silencio al único oponente a la Reforma conciliar, se veía ‘rebajado’ a transmitir al Santo Oficio, además bajo su autoridad, un expediente poderoso que atacaba a la vez al Concilio y al Papa.

En estas condiciones, Mons. Le Couëdic recusó formalmente transmitir la petición. Motivo alegado: el pretendido carácter injurioso del acto introductorio de solicitud hacia su destinatario, como si el obispo de Troyes tuviese autoridad para apreciar la receptibilidad de las peticiones dirigidas a la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, sobre todo con un motivo similar. Nuestro Padre transmitió pues directamente su petición al dicasterio romano y sobre todo la publicó, a pesar de una increíble interdicción del Obispo de Troyes.

Nuestro Padre evitó así que su recurso canónico fuera a perderse en las arenas movedizas… de Roma, pero pagó muy caro esta publicación: Mons. Le Couëdic le infligió de inmediato una suspensión a divinis, de por vida, porque él y sus sucesores no se dignarán quitársela, mientras que Nuestro padre se abstendrá de interponer apelación. Justo cuando negaba públicamente la ortodoxia de la Reforma de la Iglesia, le parecía bueno dar testimonio de una exacta sumisión a las decisiones disciplinarias de la jerarquía, aún arbitrarias, siempre y cuando éstas no asestaran más que a su persona. Además, a ojos de nuestro Padre, era importante no desviarse de la acción esencial y sagrada que había emprendido para el triunfo de la Santa Fe, para la sencilla defensa de su honor y sus derechos personales.

LA INSTRUCCIÓN DEL PROCESO

Durante dos años, no se filtrará nada del minucioso y voluminoso expediente de las Cartas a mis amigos a la cual se consagró el Santo Oficio. Pero en abril del año 1968, el procedimiento se acelera: nuestro Padre es convocado ante el Santo Oficio, al revés de las costumbres seculares del secreto hacia las personas cuyos escritos son el objeto de un examen. Parece ser que nuestro Padre se había beneficiado del nuevo dispositivo de la carta apostólica Integrae Servandae dada motu proprio por el papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965 según la cual la Sagrada Congregación de la Fe no podía condenar a los autores de los libros que examina, sino después de haberlos escuchado, dándoles la posibilidad de defenderse.

La primera audiencia de instrucción aconteció el 25 de abril de 1968. Fue abierta por Mons. Paul Philippe, secretario del dicasterio. Le pidió a nuestro Padre que prometiera guardar el silencio más absoluto sobre su proceso. Rechazo del acusado, molestia del secretario. Finalmente, nuestro Padre propuso limitar el secreto al tiempo del proceso, hasta su desenlace. El incidente se cerró. Nuestro Padre burló la trampa de un juramento que le hubiera retirado toda posibilidad de poder hablar de su propio proceso… y de comentarlo.

Después, la audiencia se prosiguió en presencia de tres consultores, “teólogos sabios, benevolentes, sin debilidad.” (CRC n° 24, septiembre de 1969, p. 4), además conocedores expertos de los debates conciliares. Se trataba de los Padres Gagnebet y Duroux, dominicos y del enigmático jesuita, el Padre Dhanis, adversario encarnecido de Fátima.

La materia del examen era precisa: “Se debía poner en causa la idea de ‘Contra Reforma católica en el siglo veinte’. La jerarquía habiendo proclamado la Reforma de la Iglesia, ¿acaso se podía apoyar doctrinalmente en un tradicionalismo que le era ferozmente contrario y oponerse prácticamente a la realización autoritaria?” (ibíd.)

Los debates abordaron primeramente las doctrinas de nuestro Padre desarrolladas a lo largo de sus Cartas a mis amigos y fue rápidamente evidente que poseía la fe católica. En respuesta a una seria de preguntas hechas para ponerlo en dificultad, nuestro Padre tuvo la sabiduría de evitar tomar posición en nombre de un sectarismo estrecho o en nombre de una manera de pensar amplia con la cual hubiera sido posible, después, llevarlo a través de la brecha abierta hacia las aperturas del Concilio Vaticano II.

Esta primera parte terminó, pues, en ventaja para el acusado. A partir de ahí, los consultores no podían diferir más el objeto principal de esta causa: las acusaciones llevadas por el padre de Nantes contra los autores de la Reforma conciliar y el primero de ellos: el Soberano Pontífice.

“De acusado me volví acusador. Mis examinadores se convertían pues en defensores, hasta en acusados. En virtud de nuestra fe católica exacta y firme, me elevé contra los presupuestos dogmáticos de una Reforma llamada pastoral. Los consultores, no habiéndome sorprendido a mí mismo en error, buscaban refutar mis críticas de la nueva religión reformada […]. Y de ahí salieron discusiones confusas. Sobre el sentido de las palabras y el impacto de los eslóganes conciliares o pontificales, el acuerdo estaba lejos de realizarse. Colegialidad, Iglesia sierva, libertad religiosa, apertura al mundo, ecumenismo, paz, cultura, etc. Era una logomaquia.

“Entonces mis examinadores perdían claridad, objetividad, la seguridad del eterno catolicismo. Su calma, su certeza le cedían a la impaciencia, a la agresividad. Esos sabios se hundían hasta las botas en el fango de los equívocos, ambigüedades y confusiones conciliares en los cuales, al parecer, ya no salían de su asombro. Para salirse de apuros, me acusaban de ver las actas del Concilio y los discursos de Pablo VI a través de las interpretaciones de los demás. Oponían los textos promulgados a todo el aparejo de las discusiones y comentarios que los habían preparado y continuado. Apoyaban un Concilio irreal contra el para y el post Concilio.

“La especie de campo de batalla que recorríamos galopando era, a sus ojos maravillados, la obra de una nueva y radiosa Ciudad humana en construcción. Querían creer en el espejismo. Para mí era, a simple vista, las ruinas de la Ciudad Santa, devastada por un ciclón. Si evocábamos tal acto, tal discurso, me hacían probar el azúcar y la tisana de ellos; no sentían el arsénico que lo envenenaba. […]

“Para ellos qué importaba el universo entregado a la demencia. Sólo me juzgaban a mí, el insolente, puesto que yo solo lo había pedido, reprobaban mi oposición conservadora, todavía más criminal que la otra, la revolucionaria, a la cual traía refuerzo, para el mayor daño de la Autoridad romana. Traté de volver a presentar alguna de mis pruebas. Inútil. No se aclara en veinte horas, lo que centenas de teólogos astutos volvieron inextricablemente confuso en cinco años de bizantinismo conciliar. […]

“Ya no tenían nada más que decirme sino su convicción, su humana, desesperada persuasión de grandes personajes secretamente preocupados y apenados como nosotros. Las copio tal como las anoté de una volada; conjuraciones que son declaraciones: “Sí, el Masdu existe, pero no en el Concilio, no en las actas del Papa, no tenga miedo… Vaya ud. contra Cardonnel, no le diremos nada, pero contra el Papa no… A la larga, se lograrán resolver las aberraciones, los desórdenes postconciliares, pero ténganos confianza, el Concilio es obra del Espíritu Santo… No, el Papa no es herético, no puede serlo… No, no hay herejías en el Concilio, no puede haberlas… En vez de criticar, debería usted con todo su talento y su influencia mostrar que no dijeron, que no quisieron decir lo que se les hace decir…”

“Pobres admirables teólogos romanos ¡cuánto quisiera compartir su buena fe! Pero en cuanto lleguen a creer que me han llevado a imitarlos o convencido de su autoridad, sabrán que tan sólo estaba midiendo el abismo que los separaba del resto de la Iglesia y hasta del Papa. Yo quedé dolorido, pero inerte al llamado: “Díganos simplemente que acepta el Concilio y que confía en el Santo Padre, con una adhesión pura, sencilla y sin reserva, ¡no se le pedirá nada más!” –me decían.

“Había que acabar con ello. Le dicté al escribano italiano: ‘Est, est. Non, non. – ¿Qué quiere decir eso? me preguntó el presidente. – Eso quiere decir que lo que es, es y permanece, independientemente de mis acusaciones. – ¿Persiste pues usted en sus críticas de las Actas del Papa y del Concilio? – Sí.’-respondí” (CRC n° 24, septiembre de 1969, p. 5).

El sumario llegaba a su término. El demandante fue invitado a leer y contrafirmar el proceso verbal que había levantado el escribano eclesiástico. Pero éste, que era italiano, manifiestamente no había entendido nada. Los jueces y el acusado estaban de acuerdo: este documento sin valor era inadmisible. ¿Qué hacer? ¿Quién sabría, en tres días, redactar un informe preciso, exacto, integral, ¡y sobre todo imparcial! de esas largas horas de sutiles debates teológicos? Sumamente perplejos, los jueces le confiaron este trabajo… al acusado, que redactó un proceso verbal que aprobaron y firmaron los consultores.

Y el asunto fue enviado al siguiente 1º de julio, fecha en la que los cardenales, miembros de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe darían a conocer su decisión.

LA NOTIFICACIÓN DEL 10 AGOSTO DE 1969

El procedimiento llevado a cabo por el padre de Nantes llegará aparentemente a su término con la publicación, en la edición del 10 de agosto de 1969, de L’Osservatore Romano de una notificación, difundida por diferentes agencias de prensa entre las cuales la AFP: “Notificación respecto al Señor Cura de Nantes: Al pedido del Padre de Nantes, la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe ha examinado sus escritos y, después de haberlo escuchado dos veces, el 6 de julio de 1968 y el 23 de mayo de 1969, ha juzgado su deber pedirle subscribir una fórmula de retractación de sus errores y de sus graves acusaciones de herejía presentadas contra el papa Pablo VI y el Concilio. Después de los dos primeros rechazos opuestos por el Padre de Nantes a esta demanda, la S. Congregación para la doctrina de la fe trató una última vez, el 11 de julio de 1969, de convencerlo a someterse a la decisión oficial del Dicasterio romano competente al cual había sido el primero en apelar.

A esta demanda solemne que le era dirigida, el Padre de Nantes contestó, fecha 16 de julio de 1969, con rechazo categórico. En ella recusa el derecho de la S. Congregación para la doctrina de la fe de exigirle una sumisión, y confirma sus posiciones anteriores concerniendo el Concilio, el aggiornamento de la Iglesia, al episcopado de su nación, lasherejíasde Pablo VI y el llamado dirigido al clero romano en vista de su deposición canónica. La Sagrada Congregación para la doctrina de la fe no puede sino tomar nota de este rechazo opuesto a su legítima autoridad, al constatar con una extrema tristeza que al rebelarse de esa manera contra el magisterio de la jerarquía católica, el Padre de Nantes descalifica el conjunto de sus escritos y de sus actividades por los cuales pretende servir a la Iglesia, aunque da el ejemplo de la rebelión contra el episcopado de su país y contra el pontífice romano él mismo. Reunidos en congregación ordinaria, los cardenales de la S. Congregación para la doctrina de la fe han decidido publicar la presente notificación, y el Santo Padre ha dignado aprobar esta decisión.”

Esta notificación agobiante para la reputación de nuestro Padre, evocaba errores que se le habrían pedido retractar varias veces, y su rechazo a someterse a la autoridad de sus jueces, su rebelión general… ¿Qué pasó en realidad entre el 1º de julio de 1968 y el 10 de agosto de 1969?

EL ULTIMATUM

El padre de Nantes fue convocado nuevamente el 1º de julio de 1968 en el palacio del Santo Oficio. Desgraciadamente, no hubo sentencia alguna, pero se le pedía que se retractara lisa y llanamente de sus críticas al Papa, al Concilio Vaticano II y a los obispos franceses, jurando a todos una obediencia plena e incondicional. Así pues, no se tomaba en cuenta la instrucción del proceso que se había llevado a cabo dos meses atrás. El juicio doctrinal tan reclamado no era tenido en cuenta, en cambio, se exigía de él una sumisión sin límites, ‘musulmana’, acompañada de una amenaza aterradora: el rechazo de una retractación general de su parte sería sancionado con la excomunión.

Nuestro Padre, solo ante sus consultores, sumido en un abismo de perplejidad, disponía de un plazo de cuatro días para dar a conocer su decisión, cuatro días durante los cuales vivió la alternativa más dramática, bajo la mirada de Dios, su Maestro y su Juez, sin poder pedir consejo a nadie, salvo a Mons. Marcel Lefebvre, en aquel entonces superior general de la congregación de los Padres del Espíritu Santo, con quien pudo entrevistarse. Esperaba de él la más segura de las directivas: “Le avisé a mi augusto interlocutor de mi firme resolución de firmar. Me interrumpió firmemente: ‘No puede. No tiene derecho a ello.’ Estaba claro, era formal y fue motivado de inmediato con las razones más invencibles que apoyaban la autoridad y el ejemplo de aquel que escuchaba: ‘Nosotros mismos se lo hemos escrito en su tiempo al Sumo Pontífice: la causa de todo el mal está en las Actas del Concilio. Sea firme en la verdad.’ ”(CRC n° 24, septiembre de 1969, p. 6)

Mons. Lefebvre le recomendó a nuestro Padre lo que su consciencia sin duda debía reprocharle al no haberlo realizado unos años antes, a saber rechazar hasta el final las Actas del Concilio presentados al voto de los Padres. Se sabrá más tarde, que tras haber animado valerosamente a la minoría que se opuso durante los debates conciliares a la Reforma, Mons. Lefebvre capitulará aceptando firmar todo, incluso la declaración sobre la libertad religiosa, hecho práctico de apostasía. Eso explicará más tarde muchas cosas, empezando por el hecho que Mons. Lefebvre se abstuvo de acompañar a nuestro Padre para encarar con él a sus jueces durante la segunda entrevista fijada el 5 de julio en el palacio del Santo Oficio.

Nuestro Padre volvía pues, con el alma en paz, al Santo Oficio para que le entregasen una simple fórmula de retractación, corregida y aprobada personalmente por el Santo Padre. Debía, primeramente, declarar someterse “a todas las actas doctrinales y disciplinarios de S. S. el Papa Pablo VI y del Concilio ecuménico Vaticano II ”. En segundo lugar, debía retractarse de “las graves acusaciones […] contra las actas del Sumo Pontífice y del Concilio” y “desmentir la acusación de herejía presentada contra el papa Pablo VI y la conclusión aberrante” que había sacado de ella “sobre la oportunidad de su deposición por los cardenales.” En tercer lugar, debía prometer obediencia “según las normas canónicas” a su obispo y al episcopado francés. En fin, en cuarto y último lugar, debía comprometerse “a hablar y escribir siempre con respeto en cuanto a las actas y a las enseñanzas del Papa, del Concilio y de los Obispos”.

“Ahí, mi deber se presentó claramente. No había habido sentencia doctrinal sobre mis escritos, sino que los cardenales lo hacían creer infligiéndome como una sanción la retractación y la sumisión que debían normalmente seguir a la condena. Prestarme a semejante parodia de Magisterio sería hacerme cómplice, contra la Iglesia, de la injusticia de los hombres. Declaré pues que no podía subscribir en conciencia a ninguno de los tres primeros artículos; en cambio podía aceptar el cuarto que concernía el respeto de las personas y no incumbía más que la forma, discutible -convengo en ello- de mis escritos.» (CRC n° 24, septiembre 1969, p. 7).

Nuestro Padre se despidió de sus interlocutores que lo amenazaron con la excomunión y con la condenación eterna… Apenas fuera, volvió atrás y se comprometió nuevamente, por escrito, a guardar un riguroso secreto sobre todos estos acontecimientos hasta su conclusión. Nuestro Padre pensaba en todo y mostraba que su amor por la Iglesia era su único guía en todas las decisiones que debía tomar, solo, en todo este drama. En efecto, al guardar el secreto, esperaba conjurar una excomunión que parecía desde entonces ineluctable, “no para mí ni para las pobres almas destrozadas de los fieles, sino para la Iglesia. Mi excomunión, pensaba yo, hubiera tenido como efecto indudable canonizar con una especie de infalibilidad subsecuente y con una necesidad irrevocable a ese maldito Concilio como toda palabra caída de la boca del Papa actual” (ibíd.).

Y así, durante casi un año, nuestro Padre se quedó sin noticias de Roma. Y sin duda, los cardenales de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe se hubieran contentado con gusto de este statu quo si el episcopado francés no difundiese al mismo tiempo catecismos nuevos inspirados por el Fonds commun obligatoire. Nuestro Padre había mostrado su carácter escandalosamente herético obligándose a lanzar una verdadera Cruzada nacional para denunciarlo, que llenaba los auditorios por doquiera que pasara.

“Esta campaña sonaba el despertar de la opinión. Nuestros obispos se veían confundidos, se sentían perdidos. Había que imponerle silencio… Esperaba que la sabiduría y la prudencia romanas demorasen indefinidamente la sanción. Sin duda fue necesaria una fuerte presión del episcopado francés queriendo quebrar nuestra Cruzada. Entre él y nosotros, el Papa tuvo que escoger y fue el ultimátum.” (citado en Pour l’Église, t. II, p. 340).

Fue primeramente el intermedio del 23 de mayo de 1969 al cual alude la notificación del 10 de agosto del mismo año. “Cuando se me envió al cardenal Lefebvre que se muestra hombre de doctrina en Roma y garante de todos los desbarajustes en Francia, para hablarme de sumisión, le pregunté ante todo si se obstinaba en apoyar con su autoridad el nuevo catecismo y la Nota pastoral francesa; con su respuesta afirmativa, lo recusé como mi juez y enviado del Santo Oficio. ¡No hay que exagerar! (CRC n° 24, septiembre 1969, p. 7).

Pero un nuevo ultimátum siguió, el 11 de julio, del cardenal Seper. El nuevo prefecto de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe intimaba al padre de Nantes a firmar en el lapso de tres días la fórmula de sumisión absoluta y de retractación general, la misma que se le había presentado el precedente año. Nuestro Padre no opuso un “rechazo categórico” como se afirma en la notificación, sino una profesión de fe católica magnífica fechada 16 de julio de 1969 y en nombre de la cual, precisamente, le era imposible aceptar tal cual, sin previa enmienda y en un sentido católico, los cuatro artículos de la fórmula que se le pedía firmase.

La respuesta del Santo Oficio no se hizo esperar y tomará la forma de este comunicado de prensa lapidario que canaliza “una cascada de mentiras evidentes”.

MENTIRAS Y DIFAMACIONES

Es mentira lo de los pretendidos errores del padre de Nantes acerca de los cuales se le habría reclamado una retractación durante las entrevistas del 6 de julio de 1968 y 23 de mayo de 1969. En efecto, ningún error doctrinal pudo ser relevado en contra suya por los tres consultores, como de hecho lo había previsto el cardenal Lefebvre ya en 1966 y como es atestiguado por el texto mismo de la fórmula de retractación que se le intimó a que firmase cuatro repetidas veces. Si se le imponía retractar sus “graves acusaciones […] contra las Actas del Sumo Pontífice y del Concilio […] y desmentir la acusación de herejía presentada contra el papa Pablo VI”, este texto oficial del dicasterio, corregido y aprobado personalmente por el papa Pablo VI, no menciona el menor error doctrinal en contra del padre de Nantes.

Es también mentira la pretendida rebelión del acusado en contra de la autoridad legítima de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe. Durante la sesión del 6 de julio de 1968, nuestro Padre no había formulado más que un simple rechazo: el del texto y no de la Autoridad que se le imponía, una desobediencia a un orden particular, pero ciertamente no una rebelión en contra de toda orden venida de arriba. En cuanto al ultimátum del 11 de julio de 1969 del cardenal Seper, nuestro Padre respondió no con un acto de rebelión, sino con una profesión de fe católica que la notificación calla deliberadamente y que manifiesta, al contrario, su sumisión y su obediencia, pero en justos límites, a la jerarquía apostólica en la inmensa extensión de sus poderes.

Resulta también una calumnia contra la Iglesia y contra el mismo padre de Nantes y su obra. “Es sobre estas acusaciones vagas y sin prueba que este comunicado me atrae la atención de toda la Iglesia […] como un sacerdote deshonrado. Además el autor colectivo de esta difamación se quita de encima la responsabilidad. Si le creemos, no es el árbitro quien asume la responsabilidad de esta decisión singular, inaudita, sino el jugador amonestado: el sacerdote rebelde se descalifica pretendiendo servir a la Iglesia y rebelarse al mismo tiempo. […] Detracción o falso testimonio, el poder de daño de esta imputación oficial es incalculable […].

“El terrible Santo Oficio, antaño, definía los errores sobre los cuales condenaba a sus autores si los reconocían y los mantenían. La fe del pueblo estaba aclarada y las almas quedaban sosegadas. La dicha Congregación reformada declaraba a su víctima descalificada calumniándola mundialmente sin citar sus errores. La detracción es muy dura pero sus pruebas muy débiles.” (CRC n° 24, septiembre de 1969, p. 8).

Calumniado… pero no condenado

Al calumniar al padre de Nantes ante la opinión pública, la notificación anuncia urbi et orbi a toda la Iglesia y al mundo entero que un sacerdote denuncia las ‘herejías’ de Pablo VI y le recuerda al clero romano que acata la responsabilidad de deponerlo. Pero resulta de esta notificación que este sacerdote no está ni excomulgado, ni interdicto, ni condenado a una suspensión de un mes o de un año. Nada. Ninguna sanción canónica. Y subrayamos que la ‘descalificación’ que el acusado se hubiera infligido a sí mismo y que el cardenal Lefebvre ya había previsto en 1966… no es una. Lo que el Señor consejero Echappé tuvo a pecho en hacer notar a sus auditores.

“La ‘decisión’ de la Autoridad suprema, prosigue nuestro Padre, se vuelca en indecisión. El recuerdo de la grave acusación, gravísima, la más grave que sea posible articular en contra de la más alta autoridad de la Iglesia zozobra en una ‘tristeza extrema’ ¿y cuál? ¡La que manifiesta la persona así atacada al ver descalificados con una acusación semejante los escasos escritos y trabajos modestos de un sacerdote, su acusador!” (ibíd.)

Cierto, el padre de Nantes era calumniado, pero no condenado. Era implícitamente, pero necesario reconocer que el autor de los escritos que fueron el objeto de un estudio minucioso por parte de los consultores del Santo Oficio se encontraba en la verdad mientras que aquel que esos mismos escritos criticaban estaba en el error. A partir de ahí se planteaba, tal como lo confesó la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe que finalmente cumplió con su papel, la cuestión de la acusación del Papa en vista de un juicio.

LOS LIBELOS DE ACUSACIÓN

En enero de 1970, el teólogo de la Contra Reforma constataba pues que no habría “enderezamiento de la Iglesia y salvación más que en la medida en que Pablo VI cambiara o fuese cambiado.” Pero no quería precipitar las cosas y prefería apelar al Auxilio de Dios, a su Fidelidad y a su Misericordia para que tocara el corazón del Sumo Pontífice o que lo quitara de su Sede, “antes de tres años”.

Pasaron los tres años durante los cuales la Iglesia continuó hundiéndose en la apostasía, sin que Dios se dignara cambiar el corazón del Papa, ni quitarle su carga para entregársela a otro que fuese más digno. Por ello Nuestro Padre concluía: “Es necesario que aceptemos ahora realizar con la ayuda de Dios lo que Dios no quiso hacer sin nosotros. Rezar, suplicar, gemir por la liberación de la Iglesia, ni siquiera sufrir a causa de ella sino por ella tan atrozmente no basta. Tenemos que intentar la última diligencia posible, que está en nuestras manos, que es nuestro deber. Tenemos que ir a Roma para hacerle tomar conciencia al Papa en persona de la herejía, de cisma, de escándalo de los cuales es, él, el primer Autor y responsable.” (CRC n° 64, enero n°1973, p.1). El Señor Echappé hace notar que nuestro Padre “no se equivoca de vía jurídica. Aquí sabe perfectamente lo que hace. Sabe perfectamente lo que pide al que acusa que lo juzgue. Y lo hace en plena coherencia con su lectura de la historia del derecho complejo de la deposición.”

Tal como lo había anunciado, nuestro Padre fue a Roma a llevar un libelo de acusación refiriendo doscientos treinta y siete acusaciones al Papa justificando una severa amonestación, con al centro la acusación principal respecto a la proclamación de la libertad religiosa y del ‘culto del hombre’, el 7 de diciembre de 1965. “La decisión os pertenece, declara nuestro Padre dirigiéndose a Pablo VI. Seguís siendo el Vicario de Jesucristo en la tierra. Juzgue Usted mismo y, si he mentido, excomúlgueme. Usted sabe que no miento. Si dije la Verdad ¡excomúlguese de esta Comunidad santa que habéis traicionado!” (Líber 1, p. 21)

El 10 de abril de 1973, día de su venida, Nuestro Padre recibió, por toda respuesta, una barrera de policías italianos en civil y gendarmes armados que le prohibieron el acceso tanto al Palacio Apostólico como al Santo Oficio, pues el Papa no quería recibirlo. ¿Por qué? “Única y absolutamente porque no quería recibir el Libro […]. Pablo VI no tiene ninguna curiosidad de saber lo que contiene ese Libro. Lo sabe por toda la materia de mi proceso en el Santo Oficio entablado contra mí, por petición mía, de 1965 a 1969. Y sabe, por el desarrollo de ese proceso, a que conclusión desembocaría en el suyo, ¡si acaso fuese abierto!”

En noviembre 1973, prosiguiendo hasta su término su recurso canónico, nuestro Padre distribuyó con fray Gerardo el Libro de acusación a todos los cardenales y sacerdotes de Roma, y para información a todos los miembros de la Curia romana, para que el Papa se viese intimado por su propio clero a responder a las graves acusaciones que este libro contiene. Desgraciadamente, esta distribución no suscitó ninguna reacción por parte de ningún miembro de ese clero.

El 6 de agosto de 1978, Pablo VI entregaba su alma a Dios sin haber retractado nada, ni abjurado públicamente de ninguna de sus herejías u obras. Tras el breve pontificado de Juan Pablo I, subirá al trono de San Pedro Juan Pablo II. Su primera encíclica Redemptor hominis mostró que el Papa polaco reivindicaba toda la herencia de Pablo VI al punto de hacer suyo el culto del hombre. Nuestro Padre tomó la decisión de volver a emprender su combate de Contra-Reforma católica. Eso lo llevará a la redacción de un segundo Libro de acusación que tratará de entregar el 13 de mayo de 1983. Su objeto fue demostrar el mecanismo infernal, por el cual Juan Pablo II pretendía justificar el ‘nuevo humanismo’ proclamado por su predecesor Pablo VI en el Concilio, con una síntesis hegeliana entre el mundo moderno y su filosofía atea, por un lado, y la religión católica por otro. Mons. Hamer, en aquel tiempo secretario de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe rechazó recibir el Liber con el motivo de que las acusaciones eran injustificadas y gravemente injuriosas. Asimismo pedía que nuestro Padre se retractara de todos sus ‘errores’ y acusaciones de herejía llevadas contra Pablo VI y el Concilio Vaticano II… oponiéndole la embustera notificación de 1969 y la misma fórmula de retractación que la había precedido. Nuestro Padre dio un no rotundo.

En 1993, el tercer Libro de acusación contra el autor del pretendido Catecismo de la Iglesia Católica en el que nuestro Padre detectó doce herejías mayores. Lo llevó a Roma el 13 de mayo y pudo esta vez entregarlo en manos de un cierto Mons. Caotorta de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, significando que “este Libelo de acusación pide canónicamente la apertura de un proceso por herejía, en los más breves plazos, bajo pena de prevaricación.” Pero nunca hubo tal proceso. Tal como se lo explicó Mons. Sandri, asesor de la secretaría de Estado, a fray Bruno durante una entrevista en Roma, el 21 de mayo de 1993, 8 días después de la diligencia de nuestro Padre: “Si hacemos lo que nos piden, eso quiere decir que todo esto tiene un fundus veritatis, un fondo de verdad. Si empezáramos a examinar, eso ya quisiera decir que tienen razón.

CONCLUSIÓN

Nuestro Padre abarcó todos los aspectos teológicos, históricos y sobre todo canónicos de la cuestión del Papa herético, y supo llevar solo, a partir del año 1966, sin ningún apoyo humano, pero con una fuerza sobrenatural increíble, sacada de su “fe católica incambiada, incambiable, no negociable a causa de su perfección divina”, un proceso contra Pablo VI y, más tarde, contra Juan Pablo II. Ni uno ni otro se dignaron a responder a las amonestaciones que les dirigió nuestro Padre y ningún error doctrinal pudo serle reprochado y mucho menos demostrado al acusador.

Su silencio confirma el prevaricato y estos tres libros de acusación por herejía, cisma y escándalo de nuestro Padre permanecen para siempre como tres piedras de tropiezo en los ‘gloriosos’ pontificados de esos dos Papas que no obstante han dejado a la Iglesia como a “una ciudad medio en ruinas.” Esos Libros los condenan al igual que todos los Papas que les sucedieron en la Sede de Pedro y que se solidarizarán con sus enseñanzas…

Al menos que se dignen, por fin, volverse hacia Nuestra Señora de Fátima que prometió el Triunfo de su Corazón Inmaculado, pero con la condición de responder humildemente a sus pequeñas demandas: la consagración de Rusia que se convertirá, la aprobación de la devoción reparadora de los primeros sábados de mes y el reconocimiento de la recitación del rosario como oración litúrgica.

Fray Pedro Julián de la Divina María