La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Georges de Nantes.
Doctor místico de la fe católica

16. EL APELO AL MAGISTERIO INFALIBLE
(1965-1968)

“¿Por qué temen, hombres de poco amor? ¿Por qué no se atreven a regocijarse de la Luz que brilla una vez más esta noche, en esta colina en medio de las tinieblas de un mundo perverso? ¿No se les avisó lo suficiente que la segunda venida de su Salvador se realizaría en los llantos y los gritos de dolor mientras que el mundo se regocijaría?… ¿Su caridad también va enfriarse, a pesar de las advertencias del Evangelio, cuando Aquél que los eligió guarda los ojos fijos sobre ustedes? ¿No saben que va disminuir sus penas a fin que no queden quebrantados? ¿No creen que han recibido la mejor parte, cuando la fe se pierde en el mundo, al permanecer mutuamente apretados y consolados, como los servidores que, hasta la última velada, esperan a su Maestro que debe volver pronto?” (Navidad 1967)

ANTES de alejarse de Roma para regresar a sus diócesis respectivas, los obispos franceses decidieron publicar una advertencia contra el Padre de Nantes. Mons. Le Couëdic los precedió, creyendo que haría callar fácilmente a ese estorboso y único oponente al Concilio mandándole que abandone la diócesis y deje de publicar las ‘Cartas a mis amigos’, bajo amenaza de cesación a divinis, es decir ya no poder celebrar la santa Misa.

EL INEVITABLE JUICIO DOCTRINAL.

Era desconocer que estaba en juego la fe católica: “Si me rindiera, le respondió nuestro Padre, no a sus razones, no me da ninguna, nadie me da una de fuente autorizada, sino a las terribles amenazas de su poder espiritual, si cediera a sus órdenes de callar y someterme a esta evolución, a esta mutación de la Iglesia, si aceptaría entrar lucidamente en esta mistificación que es la cortina de humo protectora de ella, no lo podría sin perder mi fe en la Iglesia Santa de Jesucristo […]. Para aceptar el curso de las cosas actuales, necesitaría identificar el Espíritu Santo con la pillería del partido modernista, la santidad de la Iglesia mi Madre con la fiebre de adulterio y prevaricación que reina en todos lados, el gobierno divino con la sórdida diplomacia, la demagogia universal que desborda por todos lados. ¿Eso la Iglesia? ¡Pero no puede uno admitirlo sin perder la fe!”

El Padre de Nantes le pedía a su obispo reclamar al Tribunal de Roma “la instrucción y el juicio de esta causa por el Magisterio soberano e infalible de la Iglesia que todos reconocemos filialmente”. Y concluía magníficamente:

« Nosotros no somos la Fe de la Iglesia, sino que somos su Fidelidad. No tenemos la Inteligencia de los Misterios, sino que somos la Memoria viva de ellos […]. Rebeldes a la rebelión por amor a Cristo y a la Iglesia, decididos a continuar la crítica de la crítica que roe toda nuestra fe y ensucia toda nuestra tradición, así es como querremos permanecer, contra vientos y marea, fieles católicos romanos. Y si tuviese Usted el corazón demasiado duro para hacernos reproche de ello y echarnos fuera, tendríamos todavía para consolarnos las admirables recomendaciones del gran Doctor de la gracia:

“ ‘La divina Providencia permite frecuentemente que hasta hombres buenos sean echados fuera de la comunión cristiana por los proyectos demasiado turbulentos de hombres carnales. Si soportan este desaire inmerecido con una grandísima paciencia por la paz de la Iglesia, si no fomentan ninguna de las novedades del cisma y de la herejía, le enseñan al mundo con que verdadero apego y que amor sincero hay que servir a Dios  […]. Defienden hasta la muerte y confirman por su testimonio la fe que saben predica la Iglesia católica. Entonces el Padre los corona en secreto, Él quien los ve en el secreto. Escasos son esos hombres, sin embargo los ejemplos no faltan: y hasta son más numerosos de lo que se cree.” (San Agustín, Liber de vera religione, 11)1

El obispo no encontró ahí nada sino “razones que no son razones”. Su argumento esencial, vuelto desde entonces el del ‘pacto conciliar’, era “que un sacerdote sea cual sea, no puede pretender tener razón contra toda la Iglesia enseñante, y muy precisamente contra el Episcopado de Francia en su totalidad.” Su carta del 26 de diciembre se concluía con una medida de entredicho: ya no teníamos derecho de presentarnos a la santa Mesa.

Mons. Roserot de Melin, ex vicario general, que nos honraba de su amistad, intervino y obtuvo un compromiso. Nuestro Padre aceptó someter en adelante sus escritos a la censura episcopal. En cambio, le era prometido, garantizado el examen doctrinal por la Santa Sede de todos sus escritos pasados: “El juicio del Santo Oficio y la decisión del Sumo Pontífice tendrán una gran consecuencia, se regocijaba: por él sabremos si me equivoqué sobre el derecho o sobre el hecho, si lo que combatí en el movimiento actual es declarado malo pero imaginario, o al contrario real y bueno.2

Al someter sus demostraciones, sus gritos, sus anatemas contra el Masdu al Tribunal supremo de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en realidad era la obra de los reformadores que defería a este Tribunal.

“¿Por qué no haber llevado el asunto de manera todavía más brutal? se interrogará. Por horror al cisma y hasta en sus apariencias. También por compasión de la Iglesia, por la lentitud de los espíritus y la debilidad de los ánimos. Inmediatamente después del Concilio, estábamos solos, infinitamente solos, sin ningún obispo en el mundo, sin ningún teólogo, un jefe de movimiento, un periodista, un filósofo conocido. Todos nos culpaban, y trabajaban en desprender de nosotros a nuestros amigos y de mí a mis hermanos ¡aún bajo nuestro propio techo! El mundo todavía no podía cargar semejante yugo, en verdad aplastante. En Roma, reconfortando el integrismo universal, los grandes vencidos de la Curia se preciaban de pronto volver a tomar las riendas y devolver el orden y la fe. ¡Increíble ilusión de personas que tenían contra ellos a los Actas del Concilio que habían aprobado y al Papa que habían elegido!3

CESACIÓN ‘A DIVINIS’.

Una tregua prosiguió en la que nuestro Padre comentó el Credo católico romano en una serie de Cartas redactadas de febrero a julio de 19664: “En los estrechos límites de una libertad controlada, ¿qué podía hacer yo de más útil sino recordar las certitudes inmutables de nuestra fe? Se me dejó comentar el Credo, no obstante a condición que la enseñanza de la verdad eterna no parezca refutar demasiado los errores de esta generación perversa e incrédula.5” Mons. Le Couëdic censuraba meticulosamente lo que no le parecía conforme a las nuevas orientaciones conciliares. Por ejemplo, al rechazar toda expresión del “desprecio de las creaturas”. Hubiera sido pues necesario borrar del Misal las innumerables oraciones invitando a ¡“amare caelestia et contemnere terrestria”! En verdad, los simples títulos de esas Cartas erigían cada vez los artículos de un manifiesto de Contra Reforma católica, interrumpido en el momento de desarrollar el último sobre el Pueblo elegido de Dios y la Iglesia católica, porque Mons. Le Couëdic no le dejó tiempo para ello. Quebró la tregua, condenándolo a ya no celebrar la santa Misa en la diócesis de Troyes sancionándolo con una cesación ‘a divinis’. ¡Seis meses después de un Concilio que debía abrir una nueva era de paz, amor y libertad!

El motivo de esta cesación está hoy en día puesta bajo una vasija: para introducir su causa en Roma, nuestro Padre había redactado una ‘Súplica’ dirigida al cardenal Ottaviani, pro-prefecto del Santo Oficio. Mons. Le Couëdic habiéndola leído, la juzgó inaceptable y rechazó transmitirla por vía jerárquica. La verdad es que veía claramente a que grado nuestro Padre tenía razón, y creyó quitarle de encima a Roma una situación estorbosa. El Padre de Nantes se vio obligado a enviar por correo esta súplica, al igual que el paquete de las Cartas a mis amigos, objeto del litigio.

Nacimiento en la primera capilla de la Casa San José.

Nacimiento en la primera capilla de la Casa San José.

LA CAUSA INTRODUCIDA EN EL SANTO OFICIO.

Sin embargo el motivo de esta ‘Súplica’ había sido admitido por el cardenal Lefebvre, arzobispo de Bourges, al término de una tentativa de conciliación que había tenido lugar en el arzobispado de Bourges, el 30 de abril precedente. Acreditado por el cardenal Ottaviani, el prelado, miembro asesor del Santo Oficio y presidente de la Asamblea de los obispos de Francia, había tratado de convencer al Padre de Nantes de aceptar una solución de compromiso, afirmando que no se presentaba ante él como un juez, sino como un padre, “propenso a reconciliar y a buscar los senderos de la paz”. En vano: el Padre de Nantes pidió, respetuosamente pero firmemente, un juicio canónico de sus escritos: “Quería que la bondad de un Padre se manifieste en la sentencia de un Juez.” El cardenal le dijo entonces: “Cæsarem appellasti ? Ad Cæsarem ibis.” (He 25, 12) ¿Has apelado al Cesar? ¡Al Cesar irás! No podía acertar mejor, dándole a nuestro Padre el papel de San Pablo, que de verdad actuó en medio de nuestro generación6.

El 16 de julio de 1966, el Padre de Nantes acababa la redacción de su Carta al cardenal Ottaviani, en la que se hacía el portavoz de la “larga, ardiente, innumerable queja” de los católicos para quienes “se les cambia la religión”. ¿Y qué reclamaba? En la desorientación de los espíritus, –sor Lucía de Fátima hablará de la “desorientación diabólica”–, “ha llegado la hora para la Iglesia de Roma, Madre y Maestra de todas las Iglesias, de operar con potencia y decisión una obra indispensable de discernimiento de los espíritus. Hay que ir hasta la raíz de todos los males por los cuales sufrimos: el principio de todo este desorden es un error sobre Dios.”

El Dios del reformismo es un ‘Espíritu’ que “infunde el desprecio y el odio a todo lo que ha sido y permanece hoy en día la Iglesia católica romana. Le vuelve a sus adeptos insoportable y hasta impronunciable toda condenación o hasta toda crítica de los enemigos de la Iglesia y de sus errores. Tiene en particular horror un documento, el Syllabus, un papa, San Pío X, un evento celestial, Fátima […]. Este Espíritu cambia a la Iglesia en un Pueblo sin fe definida, sin vitalidad sacramental, sin fuerza moral, un Pueblo que pronto ya no tendrá sacerdotes ni religiosas, ya no más monjes ni misioneros, ya no más convertidos ni defensores animados por una fidelidad exclusiva y absoluta.

“La pregunta más urgente de nuestro tiempo, y es implacable, es saber Quién es ese Espíritu, Quién lo envía, y de que índole es la llama que enciende en el corazón de los cristianos.7

Traspasando escandalosamente su derecho, Mons. Le Couëdic se negó en transmitir esa ‘Súplica’ a su destinatario. Para no quedar atorado, y prefiriendo mucho más la gran luz y la publicidad de los debates que empeñan la fe integral de la Iglesia, nuestro Padre decidió publicarla.

“¡Querían ahogar el asunto! No le hice caso y publiqué mi requerimiento al cardenal, a fin que mi grito no se pierda en el desierto.”

Al castigar al Padre de Nantes con una cesación a divinis, el 25 de agosto de 1966, Mons. Le Couëdic esperaba una vez más verlo abandonar esta diócesis inhospitalaria, para poder continuar a celebrar el Santo Sacrificio de la misa. Burlando ese cálculo, nuestro Padre se sometió a la injusta sanción: “No apelo y me someto puntualmente a esta sanción. Desde el principio me prohibí discutir los motivos, contestar la justicia y aún más apelar a la opinión. Esta pena disciplinaria y no doctrinal, no hiere más que a mi persona, y sólo indirectamente a mis amigos y nuestro combate. Le contestó pues a las centenares de cartas que no dejan de llegarme: gracias por sus oraciones, sus alientos, sus dones que provén a nuestras crecientes necesidades materiales… pero confórmense con eso. No nos dejemos desviar, aún por la defensa de nuestro honor o de nuestros derechos los más caros, de la acción esencial y sagrada que hemos empeñado para el triunfo de la Santa Fe.8

¡El proceso romano permanecía lo principal! Pagado de esta manera a un alto coste, porque esta crucificante cesación lo seguirá hasta su muerte, su causa era introducida ante la Congregación por la doctrina de la fe. Tendrá la prueba, el año siguiente, que el Santo Oficio se puso a trabajar a partir de ese momento, “con su impresionante método secular que no deja nada al azar y que juzga todo según la Regla de la Fe”, puesto que el cardenal Lefebvre le escribirá el 23 de abril de 1967: “En la Croix-Valmer donde estoy en convalecencia, recibo una carta del cardenal Ottaviani, diciéndome que el voluminoso legajo de susCartas a mis amigoses actualmente el objeto de un estudio minucioso.9” ¡Así, el Santo Oficio, que los reformadores habían querido a todo coste reformar, era llevado volens nolens a juzgar según la fe al oponente a la Reforma!

En la espera, éste recobraba toda su libertad para “proclamar sin descanso, como una confesión de fe católica, que el Masdu es, en lo político, un sueño absurdo y criminal, y en lo religioso, una apostasía, una negación de Jesucristo. Lo proclamo para no dejar mi alma ni la de mis amigos caer en la tentación. En cuanto al amanecer de Pascua de ese Viernes Santo, sólo el Padre conoce su tiempo y su gloria. Nosotros, recemos y luchemos.10

“DIOS HABÍA ACEPTADO LA VICTIMA.”

En septiembre de 1966, Pablo VI le otorgaba la comunión a Barbarina Olson, presbiteriana, para su boda celebrada en Asís, ¡sin antes requerir que abrazara la fe católica y se confesara! Sobre el momento, nuestro Padre no se la quiso creer: “Si es cierto, habrá que concluir que Roma perdió la fe.11

La duda sobre la fe y el aflojamiento moral habían entrado en la enseñanza y la práctica de la Iglesia, llevándose consigo a cleros y fieles por los senderos resbalosos de la corrupción de las costumbres. Ante el espectáculo de la Iglesia ‘en estado de reforma permanente’, el Padre de Nantes, en vez de lamentarse o rebelarse, se esforzó en explicar, viendo en esta crisis una réplica pasmosa de la del arrianismo en el siglo cuarto. Lo mostró en una serie de estudios, ‘Del arrianismo y del Masdu12, que le valió miles de nuevos lectores.

El 6 de octubre, nuestro Padre terminaba la primera parte de la Carta introduciendo esta serie, cuando un telegrama le informó sobre la muerte de su hermano menor, Bruno.

“Y un momento perdí de vista el resto del mundo, ya no viendo sino la cara, la cara hermosa y querida de mi hermano menor que acababa de fallecer, al amanecer del día de su santo, lejos de mí […]

“Este hermano, este amigo, era de los suyos. Totalmente de acuerdo con nosotros, quería con toda su alma que siga, con sabiduría pero con fuerza y sin desamparar, este combate por la fe. A causa de sus hijos. Era su preocupación lancinante. Temía una sola cosa por ellos, la depravación de sus almas por los educadores modernistas […].

“Quiso hacer más, y debo decirlo a causa de la inmensa deuda que resulta de este sublime y pesado secreto […]. Se había ofrecido, y Dios había aceptado la víctima […]. Dos años de ascensión espiritual, y siempre acompañando, apoyando nuestro combate dramático…

“En agosto pasado, afortunadamente, estaba conmigo cuando tuve que anunciarle a mi mamá que algunas sanciones terribles iban a caer sobre nosotros, y la prensa ya echaba nuestro nombre en comidilla a la opinión. Al salir, me dijo: ‘¿Qué podemos hacer?’ y me acuerdo haberle contestado: ‘Nada, sino rezar, y consolar a mamá.’ Cuando ya no se puede actuar, sólo queda rezar y sufrir, es todo el secreto del Evangelio. Rezar, Penitencia, la dos palabras caras a la Virgen María, erraban todavía en sus labios cuando la muerte vino por él en la serenidad de una admirable mañanita de otoño, día de su santo.13

TORMENTA POSTCONCILIAR INFLADA CON VIENTO CONCILIAR

“Aquí, fundamos una comunidad monástica y misionera. Es una obra larga, austera, sobrenatural. Es nuestro esencial. La Contra Reforma es su guarda flanco; más ruidosa, la única conocida por la muchedumbre, nos absorbe en este momento pero es secundaria en importancia y de necesidad pasajera. Es como la obra del soldado que protege al labrador… Si, al participar con su esfuerzo familiar y parroquial, apostólico o caritativo, a la supervivencia de los verdaderos hogares de Cristiandad, a la reconstrucción de una sociedad católica, quiere usted proteger esta obra esencial contra las tentaciones y las dificultades del momento, entonces usted es de los nuestros.”
(8 de diciembre de 1969)

A partir del mes de noviembre de aquel año de 1966, cuarto centenario del Catecismo romano, fruto del concilio de Trento, un nuevo catecismo era simultáneamente puesto en obra por los obispos de Francia, y lanzado en Holanda. Frutos del concilio Vaticano II, catecismo del Masdu, substituían al acto de fe católica una revelación inmanente, evolutiva al igual que un libre diálogo entre las religiones, cuyo objeto era la fe en el hombre. El Padre de Nantes dio una respuesta pronta y aguda14, fue el único, porque en la prensa tradicionalista, nadie quiso creer lo que revelaban de ello los grandes periódicos: “El catecismo de papá queda condenado… El nuevo será completamente diferente. Será hasta revolucionario.” (Paris-Match) Habrá que esperar un año, y demasiado tarde, para que las cosas se muevan.

Un año después de la clausura del Concilio, en enero de 1967, el Padre de Nantes hacía las cuentas catastróficas del año transcurrido:

“He aquí acelerado el proceso de autodestrucción de la sociedad cristiana, previsible desde el discurso de apertura del 11 de octubre de 1962, previsto y anunciado desde la primera publicación de la encíclica Ecclesiam suam que es su Carta Magna. Advertí: Si abren la esclusa, si desencajan la piedra, ya no pararán la carrera torrencial de los elementos desatados, o difícilmente, ¡y a qué precio! Pero no escuchan a los ‘profetas de desgracia’. Se ha jugado con la fe, con las costumbres, con la vida de la Iglesia, y nos estamos perdiendo. Han puesto los principios, tendrán las consecuencias y todos tendremos que beber el cáliz hasta las heces […]. Cuando acabe el plazo y que, rompiéndose en sollozos de sangre, los pobres hombres buscarán quién los ha abusado, descarrilado, traicionado, no quiero que puedan hacer subir su muy justo odio hasta Jesucristo ni su ira contra la Santa Iglesia, sino que solamente contra los falsos cristos y los falsos profetas de esto tiempos de ilusión.15

Cien discursos de Pablo VI ilustraron esa nueva fe en el hombre, por ejemplo el elogio que hizo el día de la Epifanía de 1967, de la China comunista y sus Guardias rojos:

Quisiéramos darle a conocer a la juventud china con qué emoción y qué afección consideramos su aspiración presente hacia ideales de vida nueva, laboriosa, próspera y de concordia. Quisiéramos también hablar de paz con los que presiden hoy a la vida de la China continental. Sabemos cuánto este ideal humano y cristiano es aquel mismo del pueblo chino […]. Les mandamos nuestras felicidades a la China tan alejada de Nosotros geográficamente, pero tan cerca espiritualmente.”

Después de conocer este discurso, nuestro Padre no hesitó en escribir: “¡Revelación de los corazones! Esta concordia de Pablo VI y de Mao, de los novadores en la Iglesia y de los Guardias rojos, los perros rabiosos de Asia, revela y precipita la discordia entre civilizados, entre católicos. ¿Para qué disimularlo? ¿Cómo negar más tiempo que existe entre este Papa, este Concilio, esta nueva Iglesia y nosotros una especie de excomulgación permanente?16

El siguiente 7 de marzo, el Consejo permanente del episcopado francés publicó una advertencia, repercutida de inmediato por la prensa: “El Padre Jorge de Nantes afirma el mismo ‘que existe entre este Papa, este Concilio, esta nueva Iglesia y nosotros (él mismo y su adeptos) una especie de excomulgación permanente’. No es necesario tomar en cuenta lo que afirma y desarrolla en sus cartas; y no se debe hacerlas circular.”

Pero nuestros obispos evitaban citar el contexto, a saber el elogio por Pablo VI de la China de Mao y de los Guardias rojos. Esta omisión valía una confesión…

Este combate de ‘Contra-Reforma’17, –llamado así por primera vez en la Carta del 6 de enero de 1967–, había tomado el aspecto dramático “de un duelo a muerte, muerte espiritual por supuesto, entre el Papa del Masdu, el Anticristo disfrazado en Cordero”, y el oponente declarado a la Reforma y Revolución conciliar, persistiendo en este sendero raro, peligroso, pero dictado por la fe, “que amonestar a las personas constituidas en dignidad por sus opiniones contrarias a la fe o desconcertantes, por sus lemas y sus costumbres, contrarias a la piedad y escandalosas para el pueblo cristiano, por sus leyes y preceptos nulos y sin valor, por su ilegitimidad, arbitrariedad, abuso de poder o fraude. Pedir así amparo de los obispos a los Obispos, del papa al Papa, es necesario, arriesgando a vees la vida, siempre bajo la amenaza de excomulgaciones mortales, pero sin por lo tanto dejar de reconocer en sus Personas, más allá de sus actitudes reprensibles, el sagrado Magisterio, la Autoridad infalible de Jesucristo18

Nuestro Padre podía reclamarse del ejemplo de San Pablo actuando así con San Pedro en Antioquía, “enfrentándole en circunstancias en que su conducta era reprensible19.

Paseo de comunidad.

Paseo de comunidad.

‘POPULORUM PROGRESSIO’ O LA INMENSA REGRESIÓN DE LOS PUEBLOS.

El 26 de marzo, el día de Pascua de 1967, Pablo VI publicaba su encíclica Populorum progressio, fijando en términos sin equívocos el objetivo de su reforma humanista: “el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres”, porque “el hombre no es verdaderamente hombre, más que en la medida en que, dueño de sus acciones y juez de su valor, se hace él mismo autor de su progreso, según la naturaleza que le ha sido dada por su Creador y de la cual asume libremente las posibilidades y las exigencias.

“Esta encíclica es una acto de fe en el hombre”, proclamaba Montaron en Testimonio cristiano. Está escrito, contestaba el Padre de Nantes: “Maldito el hombre que confía en otro hombre.” (Jr 17, 5)

“Ni conforme al genio latino, ni explícitamente católica, este análisis de la situación social mundial, sacado por Pablo VI de la escuela progresista francesa, es: materialista, por su ausencia total de medida de las realidades políticas; dialéctico, por su preocupación exclusiva en oponer las aspiraciones de los pueblos indígenas a las fuerzas de opresión capitalistas; ateo, por su reducción modernista del hecho religioso en simples superestructuras heredadas del pasado; anticristiano, por la demasiado evidente desvalorización del milagro cristiano y la potencia civilizadora incomparable de la Iglesia en el mundo. Sobre semejante análisis, ¿cómo podríamos edificar otro programa de salvación sino aquel de la Revolución comunista? Sin embargo es la ambición del Papa. De acuerdo con los marxistas sobre el análisis de la crisis mundial, pretende proponerle a los pueblos la síntesis de un nuevo cristianismo, capaz de colmar todas las aspiraciones de los hombres, más allá y mejor que el comunismo.20

Así, por medio de ese ‘Mein Kampf del Anticristo21’, los “errores de Rusia” mencionados el 13 de julio de 1917 por Nuestra Señora de Fátima, se extendían hasta en la Iglesia, el año mismo del cincuenta aniversario de las apariciones ¡a favor de la enseñanza pontifical! “La visión de Pablo VI atiza las llamas de este incendio que devora a nuestro planeta, escribía nuestro Padre. Es Lamennais, el visionario, en el trono de San Pedro.22” Es literalmente la advertencia del tercer Secreto, que en aquel tiempo nuestro Padre no conocía, pero que la situación mundial le ponía por decirlo así frente a sus ojos. En la encíclica marxista del Papa, no se encontraba ninguna mención del imperialismo comunista, esclavista y propagandista del odio, ¡no más que del bendito nombre de la Virgen María!

Sin embargo, unos días más tarde, Pablo VI anunciaba su intención de ir a Fátima para el aniversario del 13 de mayo de 1917. “En Fátima, el 13 de mayo, anunciaba nuestro Padre, se enfrentarán las visiones de la tierra con la revelación del Cielo.23

PROFANACIÓN DE FÁTIMA.

“Con los ojos clavados en la pequeña pantalla, con el corazón torcido de angustia, el rosario en los dedos y murmurando con la muchedumbre de nuestro hermanos, allá, su Ave María doloroso, esperábamos el evento del siglo”, contará nuestro Padre. ¡Ay! La decepción estuvo a la medida de la inmensa esperanza.

No es en peregrino devoto de la Reina del Cielo, sino en “experto en humanidad” que el papa Pablo VI fue a Fátima. ¡No quiso dejarse fotografiar con Salazar, despidió amablemente a sor Lucía que le pedía hablar a solas, ni siquiera fue al lugar de las apariciones! ¿Qué fue pues hacer allá? ¿Recitar ante un millón de personas el rosario? ¡Por supuesto que no! sino lo que nuestro Padre llamó ‘Letanías sortílegas a los hombres’:

Hombres, Les decimos en este instante supremo, muéstrense dignos del don divino de la Paz. Hombres, sean hombres.

Hombres, sean buenos, sean sabios, sean abierto a la consideración del bien general del mundo. Hombres, sean magnánimos.

Hombres, aprendan a ver su prestigio y su interés, no como siendo contrarias, sino como siendo solidarios con el prestigio y el interés ajeno.”

Hombres, no piensen en proyectos de destrucción y muerte, de revolución y subversión; piensen en los proyectos del bien estar común y de colaboración sincera.24

En esa tremenda homilía, observaba el Padre de Nantes, el Papa le pidió no a Dios ni a la Virgen Santísima, sino a los hombres, el milagro de la paz y del renuevo cósmico esperados como una maravillosa gracia que se otorgarán a ellos mismos. No con ‘Oración y Penitencia’, sino con una nueva revelación en virtud de la cual el Cielo lo había alentado, él, el Papa, a llamar no sólo a los católicos, sino a todos los hombres, a construir la paz. En efecto, de regreso a Roma la misma tarde, Pablo VI declaraba:

En Fátima, hemos interrogado a Nuestra Señora sobre los caminos que seguir que llevan a la paz, y se nos ha respondido que la paz era un fin realizable.25

La respuesta… de los eventos no tardó en llegar.

LA GUERRA EN EL CERCANO ORIENTE.

Dos días más tarde, el domingo de Pentecostés cristiano, 15 de mayo de 1967, el estado de urgencia era proclamado en el Cario, los blindados egipcianos subían a las fronteras. El secretario de las Naciones-unidas, U’ Thant, retiraba a los cascos azules y el presidente egipciano Nasser cerraba el golfo de Áqaba. El Estado hebreo, atorado en un torno, amenazado de ser aniquilado por el djihad, tomaba la ofensiva. Al amanecer del 5 de junio, el ejército israelí atacaba en fuerza y llevaba una guerra relámpago que, en seis días, conducía su vanguardia al canal de Suez y a la punta sur del Sinaí, a Jericó y a lo largo del Jordán, al norte hasta las afueras de Damas. La ciudad de Jerusalén, la antigua Sion, era reconquistada. El 15 de junio, día de Pentecostés judío se despertaba en una Tierra completamente recuperada por un pueblo cuya exaltación mesiánica estaba en su paroxismo después de la angustia del peligro, la fiebre de los combates y la increíble victoria.

Nuestro Padre escribía: “Al día siguiente de este 13 de mayo en el que Pablo VI creyó recibir del Cielo la certeza que ‘la paz era un fin realizable’, dejaba de serlo.” Desde entonces, el Medio Oriente es una polvorera.

“Ahora Israel va cargar su victoria fácil como un yugo pesado.” Nuestro Padre explicaba: “De ahora en adelante el tiempo trabaja para el campo árabe. Las instancias internacionales no tienen la autoridad necesaria, es flagrante, para imponer una solución justa y razonable. Además, no hay ‘solución justa y razonable’. No serán, como de costumbre, más que el conservatorio del desorden. He nos aquí pues metidos en un asunto semejante al del ‘pasillo de Dantzig[26]’ del cual salió la Segunda Guerra mundial. La tercera ya está aquí, ahora, a tiro de escopeta […]. Será por haber permanecido ciegos, endurecidos, a los verdaderos ‘signos del tiempo’ que nos daba a entender nuestra fe cristiana [en primer lugar: Fátima]. Pero la apostasía de la gente de Iglesia habrá hecho su obra de suicidio.27

EL AÑO DE LA FE: EL áRBOL SE CONOCE A SUS FRUTOS.

Para acabar de desorientar a los espíritus, Pablo VI abría el 29 de junio de 1967 un ‘año de la fe’, con motivo del diecinueve centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo. Como al mismo tiempo el Papa suprimía la Profesión de fe del Concilio de Trento y el Juramento antimodernista impuesto por San Pío X, nuestro Padre escribió una admirable Carta mística, comentando la palabra del profeta Oseas: “Sponsabo te mihi in fide. Yo te desposaré en la fe.” (Os 2, 22)

“Esta fe de la Iglesia rechaza toda mezcla de error y toda solicitación de herejía, cisma o apostasía que resiente, según el lenguaje bíblico, como un adulterio espiritual, como una idolatría. Tal es la fidelidad de la única Esposa del Señor, que no solamente guarda su palabra y define su pensamiento, asistida en esta tarea por el Espíritu Santo, sino que aún que echa fuera y condena todo lo que contradice esta fe en el lenguaje y las invenciones de los hombres que seduce el Espíritu de Satanás […]. Una fe ‘liberal’ no es ni sincera ni recta, su esperanza diverge con las voluntades divinas, su caridad ya no es sino crimen y adulterio.

“Y esta es claramente la pregunta crucial de este ‘año de la fe’, decretado por el Sumo Pontífice, que se abre hoy. En el día triplemente nefasto del 11 de octubre de 1962, los Pastores de la Iglesia han decidido ya no condenar a los cismáticos, heréticos y ateos ni sus cómplices […]. Esta reivindicación del modernismo, que le prohíbe a la Iglesia el derecho a pronunciar anatemas, vuelta decisión ‘pastoral’ de ‘la Iglesia en estado de Concilio’, es una declaración de poligamia espiritual, digamos la palabra, de adulterio […].La misma Iglesia que profesa la fe de su Esposa, también tolera, admira y deja expandirse en el corazón de sus hijos, las semillas de error y de cisma de Lutero y Calvino, Lamennais y Teilhard. Horror…28

Horror del hombre de Dios ante esta idea de ‘apertura’ o prostitución sagrada, y ante el espectáculo de sus estragos espantosos.

“Supongan que todo anduviera mejor en la Iglesia, escribía de nuevo el 25 de agosto de 1967 [primer aniversario de su cesación], que el Concilio manifiestamente haya sido como una nueva Pentecostés, marcada pues con un regreso en masa de cismáticos y protestantes, musulmanes, budistas y paganos, con un retroceder general del comunismo en nuestros viejos países de Cristiandad, y claro primero en Italia, con un movimiento de conversión en medio del pueblo judío.

“Supongan que los viajes y los discursos mesiánicos del Papa hayan cambiado el clima internacional, parado las guerras, apaciguado los fanatismos raciales y los odios revolucionarios de unos, despertado el espíritu de justicia y caridad de los otros.

“Imagínense que nuestros obispos hayan vuelto del Concilio más atentos a la doctrina y accesibles a las exigencias de nuestra fe, más fieles a la residencia en su diócesis, más dedicados a su rebaño y especialmente a los pobres; que sus sacerdotes se hayan sentido más apoyados, mejor comprendidos, y que incendiados por las doctrinas conciliares con una alegría, con un orgullo nuevos, se hayan entregado con un celo acrecentado a la oración y a la penitencia, al ministerio del culto, al catecismo y a las predicaciones, a la visita a los enfermos y a la dirección de las almas.

“Imagínense que después del Concilio hombres políticos conocidos y filósofos, grandes escritores, grandes sindicalistas, hayan vuelto públicamente a la religión, que celebres pecadoras se hayan enmendado, que una fuerte corriente arrastre la juventud y la elite hacia los seminarios, los monasterios y los conventos, que las escuelas y las obras católicas se hayan vuelto panales zumbadores, que las misiones decuplen sus esfuerzos, apoyadas por las fervientes limosnas de los ricos países católicos.

“Imagínense, supongan el renuevo, la expansión, la radiación de la Iglesia al día siguiente del Concilio. Les pregunto, ¿qué acogida hubieran recibido mis Cartitas fotocopiadas? ¿Qué interés tendrían ustedes a sus ‘injurias’? ¿Qué estima y qué afección pudieran ustedes resentir hacia un sacerdote en cesación que se obstinaría en una crítica parcial, mal intencionada, de todos y de todo, y permanecería, como un figo estéril, apartado de la gran labor de evangelización de los pobres? ¿Tendría dieciséis mil lectores? No tendría si quiera cien, no tendría ninguno. Sería el primero en disgustarse de mí mismo, de mi soberbia, de mi ceguedad obstinada. En mi endurecimiento, me pondría a temblar al pensar en la muerte y en el infierno… La respuesta del Sumo Pontífice y de los obispos a mis criticas atroces, la única que sea decisiva, sería las alegres cuentas de este ‘nuevo salto adelante del Reino de Cristo’ (Juan XXIII, 8 de diciembre de 1962) que debía marcar la entrada en la nueva era del más grande de los Concilios y de los Pontificados más extraordinarios. Eso se nos era anunciado, prometido, garantizado. Y es lo contrario que ha llegado.

“La santidad de los hombres no llegó a la cita ni las milagrosas gracias del Espíritu Santo. La reforma abrió para todos el tiempo de las vacaciones largas y sus regocijos, ‘efímeros, falsos, vergonzosos y desordenados’, para hablar el lenguaje de la Imitación (liv. 3, cap. 12). Satanás se pasea libremente en la Iglesia. Pervierte a las monjas y a las nonas, como en el buen tiempo de Lutero. Se comulga mucho, ¡claro de pie! pero ya no se confiesa. La predicación es en todos lados herética, mundana, socialista. El culto es profanado. El otro día, en Holanda, un sacerdote celebraba la misa de matrimonio de dos homosexuales y su obispo lo excusó […].

“Así, víctimas o cómplices de esta ‘nueva forma de sentir, querer y comportarse’ (Pablo VI, Belén, 6 de enero de 1964), todos los católicos, hasta los mejores, se acostumbran a una religión que ya no es la de Jesucristo ni de la de los santos. Cuando se la recordarán, de repente se darán cuenta que la han perdido y no podrán nada más. Así es como todos caminan, bajo la bandera del Papa y del Concilio, hacia la Gran Apostasía;

“Cierto, estamos conscientes que llevamos la lámpara de nuestra fe en manos torpes, la llama del amor a Cristo en almas frágiles. Pero conservamos el tesoro de la Tradición que nos ha sido confiada, para transmitirla fielmente a la generación que viene. Es porque creemos en la Iglesia que permanecemos en ella, luchamos a cara descubierta contra los falsos hermanos. Es porque creo en la indefectibilidad de la Sede apostólica que me dirijo al Sumo Pontífice para pedirle encarecidamente de poner un término a la Revolución postconciliar.29

LA CONTRA-REFORMA INELUDIBLE.

Después de haberla anunciado varios meses de anticipo, el Padre de Nantes redactó y envió una ‘Carta a su Santidad el papa Pablo VI’, el 11 de octubre de 1967, para el quinto aniversario de la apertura del Concilio. Esta Carta, que empezaba con estas palabras: “La soberbia de los reformadores”, fue publicada en los dos primeros números de La Contra-Reforma Católica en el siglo XX que sucedía a las Cartas a mis Amigos, en octubre y noviembre de 1967. Era una nueva pieza de convicción “para el gran proceso que llegará sin falta”.

En contra de la sutil ‘fenomenología’ desarrollada por el Padre Congar a propósito de las ‘verdaderas y falsas Reformas en la Iglesia’, “sólo hay dos tipos de reforma en la Iglesia. Una es clásica, es una obra de luz, de justicia, de santidad. Consiste en la condenación de los errores y la corrección de los abusos de los hombres de Iglesia. Trae de vuelta a éstos a la Verdad y a la Ley de Dios enseñadas por la Tradición. La otra es la de los viejos cismáticos y heréticos. Es la reforma de los novadores modernistas de hoy. Tiene la intención de refundir las instituciones de la Iglesia y trastornar sus tradiciones a la merced de las concepciones y deseos de los hombres de Iglesia o del mundo actual. Desde el día en que el Concilio se empeñó sin debate ni advertencias en este sendero de mala fama, se le violentaba y todo lo que siguió de su acción permanece por ello tachado, sin duda, de nulidad.30

“El gran pecado de la Iglesia moderna, es la Reforma… Pero nuestra fe permanece inquebrantable: el Espíritu Santo, Alma increada de la Iglesia, rebosa sus energías divinas en Vuestro magisterio y él de los obispos católicos, Alma creada de la Iglesia; y esas energías harán retroceder infaliblemente la invasión de herejía, de cisma y de infidelidad de la segunda Reforma como antaño lo hicieron ante la otra, del siglo dieciséis.31

En un siguiente número, nuestro Padre mostró como, en el siglo dieciséis, “es la sucesión de dos acciones, de hostilidad a la Reforma impía de la Iglesia y de ardor a la santa reforma de los hombres de Iglesia que le mereció en fin, por la gracia de Dios, el hermoso nombre de Restauración católica”.

En la espera de verla renovarse en nuestro tiempo, ¿qué hacer?

“Continuar hasta el martirio y hasta la victoria la obra de Contra-Reforma cuya primera labor es la conservación de la fe en la Iglesia católica. El Papa tiene, se ha dicho, buenas razones de recusar esta labor. Los obispos parecen no tener ni el sentido ni la virtud para ella. Todos se dan el pretexto de su gran ‘Reforma’ para dejar perderse la fe, quebrantar la moral, arruinar la disciplina y manchar el culto divino. ¡Entonces! rechazamos esta odiosa ‘Reforma’, arrancamos esa máscara y le decimos a nuestros Padres y hermanos: no hay Reforma alguna contra Dios, no hay pretexto alguno para oscurecer su Palabra y su Ley ni para trastornar la Iglesia. Anatema a los novadores. La Contra-Reforma es una obra de necesidad de salvación para cada una de nuestras almas y para la Iglesia, como en el siglo dieciséis. Es de ella que saldrá, si Dios quiere, la Restauración católica esperada.32

Sin embargo nada podía sanar a Pablo VI de su ceguedad.

NUEVA HEREJIA EN LA CIMA.

El 1º de enero de 1968, en la fiesta católica de la Circuncisión de Cristo, Pablo VI sustituía una ‘Jornada mundial de la paz’, lanzando este mensaje: “Sí, la paz es posible porque los hombres, en el fondo, son buenos, están orientados hacia la razón, hacia el orden y el bien común…”

Nuestro Padre leyó eso en La Croix33 del 3 de enero. Telegrafió, el 5 de enero de 1968, su indignación al cardenal Ottaviani, prefecto del Santo Oficio:

“Desconcertados texto discurso atribuido al Santo Padre. – La Croix 3 de enero. – Subtítulo: La paz es posible porque los hombres son buenos. – Sorprendidos de negación práctica demonio, pecado original, redención, necesidad de fe y gracia para salvar orden humano, – espantados del naturalismo, mesianismo temporal e indiferentismo religioso atribuido al Magisterio supremo, – escandalizados por silencio sobre agresión comunismo perseguidor, acción traidora contra el mundo libre, y agravación condiciones de defensa cristiana Sur-Vietnam, – suplicamos a Vuestra Eminencia desmentir o intervenir para honor de Santa Iglesia e infalibilidad de la Sede apostólica.”

¿Qué creen que pasó? Cuarenta y ocho horas después, nos llegaba la noticia de la renuncia del cardenal Ottaviani. Me dirán: es una coincidencia, no puede ser un telegrama del Padre de Nantes, sacerdote desconocido, en cesación, quien hizo renunciar al cardenal. No se dejen engañar: el Padre de Nantes era conocido y hasta escuchado por el cardenal Ottaviani34. Cuando éste leyó el telegrama, debió reconocer que nuestro Padre tenía razón y que el Papa le imponía maneras de ver político-religiosas que todos sus predecesores, semejantemente asistidos por Dios, habían condenado con autoridad. Pero en vez de intervenir ante el Papa, prefirió renunciar: “Por supuesto que es una solución, escribía nuestro Padre. Pero el Enemigo tenía desde entonces campo libre. Y la Iglesia romana amenaza ruina si abandona la custodia fiel de su fe católica.35

No haciendo caso de las advertencias de Nuestra Señora de Fátima, ni siquiera acusando recibo a la carta que el padre de Nantes le había enviado, el Papa conducía en efecto la Iglesia a la “ruina”, y el mundo con ella y por ella. Esta afirmación de la bondad natural del hombre era contraria a la fe. Implicaba una doble negación: del poder ejercido por el demonio sobre los hijos de Adán desde el pecado original quien quebró la unidad del género humano, de un lado, y del misterio de la Redención, por otro lado, que lo redime y recrea la unidad de la familia de los hijos de Adán y Eva ¡cierto! pero por gracia y convirtiendo las inteligencias y los corazones a la ley de Jesucristo.

Se entiende que Ottaviani haya renunciado. No le es dado a todo el mundo de amonestar al Papa. Sólo nuestro Padre tuvo ese valor.

ADHUC SUB JUDICE LIS EST.

Llamado bruscamente al obispado de Troyes el Viernes Santo 12 de abril de 1968, supo que el Santo Oficio lo convocaba en mayo para la instrucción de su Juicio: “Temor y estremecimiento, fuerza divina y alegría…” todos los sentimientos sacados en el Corazón de Jesús que, en su meditación de los Días Santos, nuestro Padre había comparado a “David vencedor de los Filisteos, soltando su coraza… pero aún hoy y mañana no quiero conocer aquí en la tierra sino al Héroe de la Verdad, nuestro orgullo, y la Víctima purísima del Calvario, nuestra paz, nuestra reconciliación.36

La paz y la reconciliación se harán, a condición que el combate permanezca leal, al abrigo de toda calumnia o excomulgación arbitraria: “En las terribles divisiones en las que nos hundimos, un lazo jurídico asegura la realidad y la unidad visible de la Iglesia, debe permanecer encima de toda contestación: todo cristiano bautizado que profesa la fe católica y reconoce como Pastor al Papa y los obispos unidos a él, es miembro de la Iglesia […].

“A todos pues, respeto y obediencia, caridad y confraternidad, según las leyes y preceptos de nuestra Santa Iglesia, en todo lo que se ajusta a la reverencia y sumisión debida a Dios. El resto, que nos divide, ‘el litigio permanece entre las manos del Juez’ […]. Nada está resuelto. No resolvamos nosotros mismos el lazo de la caridad fraterna. Lastimaremos en vez de sanar. Si es una gracia de conversión para nuestros hermanos, es cierto que pasa por nuestras advertencias y debates, pero aún más por la sentencia del Sumo Pontífice y de un Concilio… Recemos pues para que por fin se declaren. Porque las decisiones de ese Magisterio Infalible trae consigo una gracia de salvación para los buenos similar a su poder de condenación de los malos.37


(1) Carta del 19 de diciembre de 1965, citada en la Carta a mis amigos n° 220 del 6 de enero de 1966.

(2) Ibíd. p. 11.

(3) CRC n° 110, p. 7.

(4) Lettres à mes amis nos 222-230.

(5) Lettres à mes amis nos 231 del 16 julio de 1966, p. 5.

(6) Cf. Il est ressuscité n° 61, septiembre de 2007, p. 18.

(7) Carta al cardenal Ottaviani, pro-prefecto de la Sagrada Congregación por la doctrina de la fe, del 16 de julio de 1966, publicada en la Lettre à mes amis n° 231.

(8) Lettre à mes amis n° 234, p. 3. Durante dos años, nuestro Padre se abstuvo de celebrar Misa, aún en privado, hasta el día en que eminentes canonistas le dijeron que tenía derecho a ello, en nuestra capilla, “para la consolación de su alma y el bien de su comunidad”. Era el 8 de diciembre de 1968.

(9) Archivos de la maison Saint-Joseph.

(10) Padre Jorge de Nantes, en Écrits de paris (Escritos de París), de mayo de 1968, este artículo figura en apéndice del tome 4 de las Lettres à mes amis.

(11) Lettre à mes amis n° 240 del 6 de enero de 1967, p. 3.

(12) Lettres à mes amis nos 235-242. Tal en el siglo IV°, el arrianismo… en el siglo XX° el Masdu.

(13) Lettre à mes amis n° 235 del 23 de septiembre de 1966, p. 6-7.

(14) Lettre à mes amis n° 237. Un nuevo catecismo en Francia y en Holanda.

(15) Lettre à mes amis n° 240 del 6 de enero de 1967, p. 1.

(16) Ibíd. p. 5.

(17) Ibíd. p. 8.

(18) Ibíd. p. 6.

(19) Ga 2, 11.

(20) Lettre à mes amis n° 245, abril de 1967, p. 6.

(21) Liber accusationis I, 1973, p. 32.

(22) Ibíd. p. 10.

(23) Ibíd. p. 16.

(24) Citado en la Lettre à mes amis n° 246 del 13 de mayo de 1967, p. 8.

(25) Ibíd. p. 6.

(26) Uno de los castigos infligidos a la Alemania derrotada al final de la Primera Guerra Mundial, fue la de aislar una pequeña porción de su territorio del resto del país dejando entre los dos el pasillo de Dantzing bajo la pertenencia de la Polonia. En 1939 será el pretexto ideal para que la Alemania Nazi le declare la guerra a Polonia.

(27) Lettre à mes amis n° 249 del 13 julio de 1967, p. 2.

(28) Lettre à mes amis n° 248 del 29 de junio de 1967, p. 2.

(29) Lettre à mes amis n° 250 del 25 de agosto de 1967.

(30) CRC n° 1, octubre de 1967, p. 12.

(31) CRC n° 2, noviembre de 1967, p. 11-12.

(32) CRC n° 4, enero de 1968, p. 9-10.

(33) Cotidiano católico francés, de tendencia liberal y de izquierda.

(34) Cf. supra, p. 90.

(35) CRC n° 4, enero 1968, p. 14.

(36) Página Mística n° 3, “Mi David, vencedor de los Filisteos”, abril 1968, p. 17-19.

(37) CRC n° 8, mayo de 1968, p. 1.