La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Georges de Nantes.
Doctor místico de la fe católica

15. EN EL CONCILIO, LA SECTA TOMA EL PODER
(1963-1965)

En la escalinata de la casa San José, rodeado de los primeros hermanos.
No cabe duda que se prepara un gran y terrible combate, en las tinieblas que el demonio extiende sobre el mundo a fin de llevarlo a la perdición, y ese combate debe desembocar en la mente nuestros adversarios a la apostasía de esta elite cristiana que es un obstáculo a la revolución universal.”
(CARTA A MIS AMIGOS n°152, 16 de septiembre de 1963)

EL 16 de septiembre de 1963, la comunidad de los Hermanitos del Sagrado Corazón empezaba su vida monástica en la casa San José, “como hijos perdidos de la Iglesia[1]”. Nuestro Padre quería quedarse en la diócesis de Troyes, porque ahí estábamos honorablemente conocidos. La tarde en que llegamos, fuimos a la iglesia parroquial de Saint-Parres-lès-Vaudes[2] para hacer ahí nuestra primera visita al Santísimo y salmodiar las vísperas en la capilla de la Virgen. Era el quinto aniversario de nuestra fundación.

Mientras que fray Cristian se iba al seminario mayor de Reims para empezar ahí su segundo año de filosofía, fray Gerardo y yo permanecíamos aquí con nuestro Padre y maestro para preparar nuestra licencia de teología que obtendremos en fin de año en el Instituto católico de París, en calidad de ‘estudiantes libres’.

Rechazados a las órdenes[3] en el momento preciso en que la primera sesión del Concilio abría la Iglesia a un amor sin fronteras destinado a obrar la gran reconciliación universal, no estábamos disgustados en abandonar el seminario para alcanzar a nuestro Padre y llevar con él la vida de comunidad inspirada del Padre de Foucauld. Éste había buscado ‘descender’, permaneciendo durante un largo tiempo alejado del sacerdocio a causa del honor que se apega a él, a fin de alcanzar a Nuestro Señor, nuestro ‘Único Modelo’, en la ‘abyección’ del ‘último lugar’. Puesto que queríamos imitarlo, ver a nuestro Padre superior-fundador suspens ab officio, autorizado únicamente a celebrar Misa en la iglesia del pueblo antes del amanecer y sin canto, y nosotros, los novicios, en la imposibilidad de acceder al sacerdocio, ¿acaso no era un buen principio para una congregación que se reclamaba de su espíritu?

Si perdemos todo, somos despreciados, echados fuera, qué importa, puesto que es al servicio de Dios y de las almas, le escribía nuestro Padre el 14 de mayo de 1963 a fray Cristian. Amo, amamos tanto esta Verdad y esta Iglesia por las cuales somos odiados que este martirio es un gozo. La única preocupación para mí, es permanecer fiel a la sabiduría y a la prudencia de Dios, para ustedes, hijos míos, desposar mis pensamientos y decisiones.[4]” Descargado de todo ‘oficio’, nuestro Padre estaba libre para seguir el avance del Concilio, en el momento en que se abría la segunda sesión, y lo vimos día tras día aplicarse a ello con un ardor celoso.

“DEFENDERÉ A MI MADRE.”

“La primera sesión, si no había comprometido nada, no obstante había manifestado un espíritu de crítica deplorable, tremendo, en la Asamblea misma y sus alrededores, de prensa, radios, partidos.[5]

El clan reformista y progresista exultaba, el Padre Congar el primero, veía su gran proyecto de ‘reforma de la Iglesia’[6] volverse la referencia obligada, según la opinión del Sumo Pontífice él mismo: “Es uno de los teólogos que más ha contribuido a preparar Vaticano II y su forma de pensar está al honor entre los Padres del Concilio.[7]” Por su lado, el padre Joseph Ratzinger declaraba que la ausencia de todo texto conciliar aprobado al final de la primera sesión era la prueba de una “fuerte reacción contra el espíritu que había inspirado el trabajo preparatorio”; su amigo Hans Küng triunfaba, diciendo que lo que había sido antaño el sueño de un grupo de vanguardia en la Iglesia, “se había extendido y gracias al Concilio, había penetrado toda la atmosfera de la Iglesia”[8]. Mientras que su maestro común, el teólogo alemán Karl Rahner, hacía circular entre los Padres del Concilio un esquema pirata en vista de ser examinado por ellos próximamente.

El cura de Villemaur lo conoció por el intermediario de un seminarista romano. Después de haberlo leído, quedó espantado por la audacia de ese programa:

“La impresión que deja es terrible, es la de un suicidio de la Iglesia, una capitulación ante las otras religiones o ideologías de nuestro tiempo. Es borrar y evacuar el misterio central de nuestra fe, el del pecado, la redención por la Cruz, la salvación por la única Iglesia […]. Ya no hay exclusiva católica ni siquiera cristiana, todas las religiones son ‘pedagogas’ que permiten a los hombres hacer su salvación y concurrir a la unificación del género humano, meta suprema; ya no hay potencia diabólica, ya no hay malicia humana, ya no hay segregación de las ovejas y de las cabras. He aquí por fin revelada la religión universal, que contiene a todas las demás […]. El descaro de los autores de este esquema apresura la hora de la plena verdad. En su asamblea iluminada de lo Alto, el Concilio nos dirá si es lo mejor de una fe católica en plena evolución o el peor de los dogmas de Satanás.[9]

La Iglesia puesta en el banco de los acusados, era más de lo que el padre de Nantes podía soportar, por eso la Carta que escribía el 19 de marzo de 1963, en la que estalla su amor filial y su fe en la santidad de la Iglesia:

“El simple hecho de pensar pertenecer a la Iglesia basta para renovar la jubilación de nuestra alma, porque la Iglesia es santa, semejante a su Esposo Jesucristo de quien recibió tal semejanza que no hay nada en el mundo que sea tan bello, tan sabio, tan majestuoso que su rostro y su ser. Es nuestra Madre, y agrego: es la única Esposa, incomparable, es la única santa, sabia, sublime, dejando muy atrás en sus tinieblas decepcionantes a las falsas religiones y filosofías […].

“Sólo este amor violento que le tengo a mi Madre me lleva a desgarrar, a arrancar de su rostro y su cuerpo magníficamente ornados por Dios mismo, los oropeles infames, los velos manchados y sacrílegos con los que el Mundo y el Siglo pretenden recubrirla […]. Ahora iré hasta el fondo de mi grito. Defenderé a mi Madre.[10]

EL REVENTAZO DE LA OLA REFORMISTA.

Cuando se abrió la segunda sesión en octubre de 1963, el Padre de Nantes entendió de golpe lo que estaba en juego en el debate sobre la colegialidad que era el objeto de ello y que debía terminar en lo que el Padre Congar él mismo llamó la ‘revolución de octubre’. La constitución misma de la Iglesia quedaba por ello modificada: “Del poder personal que era el del obispo en su diócesis y del Papa en toda la Iglesia, poder dotado de una autoridad poderosa y una responsabilidad personal, la Iglesia pasa a un gobierno ‘colegial’ o de asamblea, cuyo propósito es dejar la autoridad al voto y diluir la responsabilidad hasta volverla anónima.[11]

Una fuerte minoridad resistía no obstante en la aula conciliar, y me acuerdo la preocupación de nuestro Padre de luchar con ellos con todas sus fuerzas, con toda su influencia, tratando de hacer presión en Roma con la difusión de las Cartas a mis amigos, que circulaban a escondidas, y cuya emisión no dejaba de aumentar: dirigidas a unos trecientos amigos en la primavera de 1963, alcanzaban tres mil suscritores en enero de 1964 y seis mil en septiembre.

“Es nuestro deber inviolable, escribía el padre de Nantes en la misma Carta n°156, expresar a los cuatrocientos defensores de la Tradición eclesiástica y de la Primacía pontifical nuestro agradecimiento, nuestra admiración, nuestra plena confianza.”

Los debates conciliares tomaban bajo su pluma todo su sentido: “No sabría haber autoridad, y aún más infalibilidad, sino en acuerdo con la Tradición, clama Ottaviani. Obstruye usted la Reforma que queremos hacer, le replica Frings[12], calle y obedezca porque somos la mayoría. La asamblea aplaude. Nunca se hubiera creído que semejante hora suene en el reloj de San Pedro. Dos mil años de fe católica nos habían dado a creer con confianza que la autoridad en la Iglesia es un magisterio. ¡Qué desdichados somos si mañana nos pretenden someter a una autoridad que se emancipa del control de la fe, rechaza entregar sus pruebas de ortodoxia y se reclama de la mayoría de los sufragios para imponerse! […] La Reforma ahora revienta como una ola, desborda del aula sobre los umbrales, en los periódicos, por el mundo. La Iglesia va cambiar, cambia, es cosa hecha.[13]

El tribunal supremo del Santo Oficio era en particular el blanco privilegiado de los reformadores, cuyo deseo apasionado era reducirlo a la impotencia. Alcanzarán su meta, a las vísperas del término del Concilio, cuando Pablo VI, por su motu proprio Integrae servandae, trastornará, reducirá a casi nada ese torreón de la fe, ese ministerio de la policía espiritual en su Iglesia. Pero no completamente. El 3 de diciembre de 1963, nuestro Padre escribía a los amigos de la comunidad: “Me parece que si somos una espinita en el pie de la Santa Iglesia cuando corre hacia el infiel, aunque pisoteados, somos útiles al frenar su carrera y al testimoniar nuestra desaprobación.[14]

EL GRAN DESIGNIO DE PABLO VI.

Ya no había esperanza de levantamiento sino en el Papa. Pero en Belén, el 6 de enero de 1964, en la fiesta de la Epifanía, Pablo VI, ‘Pablo extramuros’, declaraba: “Debemos asegurarle a la Iglesia una nueva forma de sentir, de querer, de comportarse.” Eso era preocupante, hasta escandaloso: no se podía formular una invitación más explícita a ‘cambiar de religión’. “Dejemos morir a esos viejos cristianos de Tradición. ¡Después haremos una Iglesia nueva!” proclamaba el cura de Chônas, en un sermón.

Nuestro Padre, él, no conocía sino una religión, la única verdadera que no cambia, recibida de su padre, el capitán de navío Marc de Nantes. Ese ‘Cristiano de Tradición’ murió el 20 de febrero de 1964, dejando a su hijo el cuidado de “proseguir su obra, continuar su sacrificio, honrar su memoria”, porque son “hombres semejantes que hubieran salvado a la Iglesia católica y a la Patria de la ruina en la que se precipitaban.[15]

El siguiente 3 de abril, al amanecer de sus cuarenta años, Jorge de Nantes rezaba esta oración:

“Para los años que me quedan por vivir, Señor, ‘dirígeme en la caridad’. Qué tu amor gane y conserve el primer lugar, qué en el fondo del corazón él sólo me recree e inspire todas mis acciones. Qué su magnanimidad me lleve siempre más lejos en la profundidad de tu misterio, sin descansar mientras no me haya perdido en el abismo de tu esplendor. Pero, puesto que lo quieres, ¡qué ese tormento de tu gloria no permanezca un secreto! Qué incendie también a mis cercanos. Concédeme la caridad fraterna y el amor filial para que al servicio de la Santa Iglesia mi Madre, sepa repetir lo que me ha sido enseñado, enseñar a mi vez lo que primero me ha nutrido, educado y arrobado, encender en la nueva generación este fuego que otros han encendido en mi corazón.[16]

En la primavera de 1964, después de una jira de conferencias sobre el progresismo en la Iglesia[17], “me marché a Roma, recuerda nuestro Padre, no para solicitar alguna ayuda o favor, sino para saber lo que se podía esperar del nuevo pontificado. Pablo VI todavía no se había declarado, se hesitaba a clasificarlo en un campo, y eso me pareció bueno. El Papa debía estar arriba de los partidos, su árbitro soberano. Lo vi, su mirada azul de acero me llamó la atención. Pero impresionado por su alocución del miércoles 27 de mayo sobre la Virgen María y la de la fiesta de Corpus Christi el 31 en Círcolo Massimo, esta conjunción del Papa, de la Virgen y de la Eucaristía derritió mis inquietudes y volví lleno de confianza en Pablo VI.[18]

Las Cartas n°173 y 174 atestiguan esta confianza. Pero la encíclica Ecclesiam Suam, publicada el 5 de agosto de 1964, obligó a nuestro Padre a ver claro, definitivamente. Era la Carta Magna del pontificado, ¡que se anunciaba llena de un reformismo congariano y un progresismo resuelto y audaz: la Iglesia dirigía al Mundo una declaración de paz general, unilateral, como un nuevo Evangelio.

“La leí, con el lápiz bicolor en mano, rojo para subrayar lo bueno, lo claro, lo tradicional, azul para lo nuevo, lo obscuro, lo incierto. Eso dio grandes placas rojas con excelente doctrina que la prensa tradicionalista citaría sin fin para consolarse a sí misma, pero el azul se extendía en zonas amplias, en verdades dominantes, sugiriendo, anunciando, imponiendo una nueva ‘praxis’, pastoral revolucionaria en una ortodoxia incambiada, ¡como si la cosa era posible! […] Discerní en esta línea de conducta del pontificado el anuncio y el programa de inmensas desgracias, de irreparables destrucciones.[19]

“Desde ese día, empecé el combate del hijo contra su Padre, del sacerdote contra el Papa: no se concibe combate más cruel.[20]

Mons. Le Couëdic celebró la encíclica con entusiasmo en la Semana religiosa de Troyes: “Ese mundo que le es caro, la Iglesia lo ha de cierta manera desposado.” El Padre de Nantes preguntó de inmediato: “¿La Esposa virginal de Jesucristo acaso se divorció de su primer marido? ¿Acaso es bígama o adultera?” Y después, “¿cómo puede conciliar esos nuevos amores con la Sagrada Escritura, el dogma y la moral”[21]?

En ese combate contra una apostasía todavía velada, nuestro Padre se mostraba un verdadero ‘monje-misionero’ y se levantaba en hijo de Elías el profeta, fundador del Carmelo y celador del Dios vivo, para destruir un ídolo más infernal que todos los ídolos combatidos por los misioneros de antaño. El Papa de hecho acompañaba el lanzamiento de su ‘gran designio’ con gestos espectaculares, ‘proféticos’, por ejemplo el depósito de la tiara, el 18 de noviembre de 1964, en signo de su renuncia a su misión temporal al provecho… de la Onu, la gran organización plutocrática, judeo-masónica americana y mundialista. De Bombay, donde fue a un Congreso eucarístico, trajo al Vaticano una estatua del dios Krishna, ¡octava encarnación del dios Vishnou! en señal de “comunión sagrada”, explicaba el 2 de diciembre de 1964, a los representantes de las ‘religiones no cristianas’, a fin de “empezar a obrar juntos para edificar el porvenir común de la humanidad”.

LA VIRGEN MARÍA, SEÑAL IMPUGNADA.

El Concilio no habló de la Santísima Virgen sino relegándola al último capítulo de la Constitución sobre la Iglesia ‘Lumen Gentium’, promulgada el 21 de noviembre de 1964. Este último lugar, ¡qué crimen contra el Espíritu Santo! El dogma de María Mediadora de todas las gracias fue rechazado, como “inoportuno y hasta funeste (damnosa)” decía ya en 1962 el cardenal Montini, ¡futuro Pablo VI! La tesis de los ‘minimalistas’ había triunfado, imponiendo una ‘manera nueva’ de culto a la Virgen: Ya no se trataba de proclamar su belleza, su gloria, su gracia, ¡sino sólo su servicio! Sus prerrogativas eran ridiculizadas, sus súplicas reveladas en Fátima sofocadas. El Padre Congar triunfaba, él quien se atrevía a escribir: ¡“La mariología, al menos la que siempre quiere agregar, es un verdadero cáncer”!

Nuestro Padre no estaba sorprendido por ello:

“Desde los discípulos de Nestorio hasta los reformistas del segundo concilio del Vaticano, la cizaña es sembrada periódicamente en la familia cristiana a propósito de Ti, oh Madre de Dios. ¡Es una necesidad ineluctable y una maldición para toda secta de ir a atacar y quebrarse contra esta piedra de escándalo de tu culto! Sus razones aparecen loables. Querían en el siglo quinto profundizar el dogma de la Encarnación, en el siglo dieciséis reconocer mejor la grandeza de Dios y la gratuidad de sus dones; en nuestros días buscan poner en mejor conocimiento el misterio de la Iglesia y los principios de su apostolado.

“¡Pero he aquí que sus espíritus contenciosos se voltean contra Ti, oh Virgen, Sede de la Sabiduría, que guarda justamente el secreto y la última palabra de esos misterios de los cuales buscan la inteligencia! Los sabios ponen en duda tus títulos más bellos, los vicarios arrancan el rosario de las manos de los niños. Es menester empezar toda reforma declarándote la guerra. ¿Por qué? ¿Pero por qué pues? […]

“Verdaderamente eres una señal impugnada, eres la ocasión de una revelación de los corazones. En virtud de una disposición providencial que no hay que demostrar ni justificar, has sido establecida guardiana, o mejor, Amparo de la Iglesia y de los cristianos. Algunas personas pueden pensar que ahora ocupas demasiada importancia, es la prueba que tu misterio y nuestra devoción obstruyen sus invenciones y sus proyectos. Si estuvieran satisfechos, contentos, saciados en la Iglesia, se regocijarían plenamente de tu gloria […]. Tu secreto por fin revelado es aquel de una Creatura olvidada de sí misma y reservada para Dios sólo, que Dios ha exaltado magníficamente.

“Tu lección nos salva de los espejismos del Anticristo que te es totalmente contrario. Tu eres la Esposa de las bodas eternas, cuando pretende reducirnos a la esclavitud de la Ciudad terrestre. Eres la Virgen fecunda ante la cual encuentran refugio los humildes y los penitentes, los buenos cristianos y los que desearían serlo, las multitudes de todas las razas, de todas las lenguas, que han creído en el Salvador y esperado en su gracia, todos los hombres de buena voluntad por fin reunidos, mientras que gruñen contra Ti y contra Jesús el tumulto del Mundo sublevado por Satanás.[22]

VISITA EN LA CASA SAN JOSE

En aquel entonces, recibimos la visita de Jacques Perret[23] en la casa San José. El escritor la relata en estos términos a su hijo Jean-Loup, encarcelado en las prisiones gaullistas por crimen de fidelidad a la Argelia francesa:

“Pasamos un día en la casa San José, casa extensa que todavía no abrita sino a un pequeño monasterio, un Padre, dos hermanos. Regla estricta, oficios conventuales de tradición: sexta, nona, completas, vísperas, oficio de la noche, laudes, rosario (no los digo en orden). Todo eso salmodiado como debe ser. Los tres dan la misma impresión que todo Solesmes[24]. Como tiene prohibido decir misa en la casa, la dice a las seis en la iglesia de la parroquia (la decía a las siete, pero como había una pequeña asistencia, el nuevo cura progresista le impuso a las seis). Entonces no hay capilla propiamente dicho, sino una especie de oratorio en el antiguo comedor. Para los oficios, revisten un manto blanco largo con capuchón[25] que me parece al menos útil contra el frío porque no hay más que una sola recamara calentada, la del trabajo. Comida en silencio, salvo la lectura (sobre algún tema aun profano pero edificante) asegurada por turnos hasta el postre en el que, en nuestro honor, hubo conversación. Claro prohibido fumar, hasta para los invitados, que tienen permiso una vez que están afuera del jardín.

Mejor dicho, si el Padre es invulnerable teológicamente, lo es también moralmente y, sobre la conducta de este pequeño ejército, el adversario le buscará cosquillas en vano, si me puedo exprimir así.

“Los hermanos que corren con él esta aventura espiritual le tienen una admiración conmovedora. fray Bruno (exmeharista[26]), que estaba en París para hacer acto de presencia en las clases de teología durante ocho días, tuvo permiso del Padre para acortar su estancia y venir con nosotros. Como cada regreso a la casa del Padre, se arrodilla en el umbral para recibir la bendición (creo que con una intención de exorcizar, después de las miasmas de la ciudad y del siglo).

“Bueno como ves, no se trata de una congregación decadente. Es austero, místico y laborioso. Con el ardor de la lucha, batalla por la fe, la victoria no es para mañana.[27]

“LA HEREJÍA ESTÁ EN EL CONCILIO.”

La tercera sesión conciliar vio al reformismo triunfar irresistiblemente en la asamblea de los Padres, al grado de quebrantar los dogmas y las estructuras de la Iglesia. La crítica del padre de Nantes tomó pues aquel tono de vehemencia que pedía la amplitud del drama.

“Porque Dios no da su gracia sino a los que luchan y toda la historia de la Iglesia ilustra las grandezas de Dios en la blancura resplandeciente de sus vírgenes, el oro precioso de sus siervos abnegados y la púrpura de sus mártires. Hay que luchar”, al ejemplo de un San Sofronio de Jerusalén oponiéndose al papa Honorio, que otro papa, San León II, y el sexto Concilio ecuménico proclamarán anatema[28].

Desde entonces, el angor Ecclesiae ya no soltó a nuestro Padre: “La piedra se ha desprendido de la montaña. Ahora rueda con un ruido de trueno ¿y pretenden pararla? ¿Se le hubiese echado así para darse la ventaja de pararla ahora? Nadie sabe, en verdad, en que abismos ira a estrellarse.[29]

Con respecto al esquema sobre la Libertad religiosa, que en el aula era motivo de un debate dramático, escribía:

“Había que procurar no recordar verdades demasiado austeras si los hombres de Iglesia eran demasiado cobardes para asumir su peso, o proclamarlas orgullosa y paternalmente a la faz del Mundo moderno, que no las acepta y que por eso se está muriendo. Pero discutir ¡nunca! La Iglesia no puede alejarse de ellas sin renegar y apostatar. Estas son esas verdades: no hay libertad sino en Dios. La perfecta libertad humana no pertenece sino a Jesucristo y, en el don divino que le ha hecho, a la Iglesia católica. Ella sola es la verdadera religión y la sociedad perfecta cuyos derechos dominan a todos los poderes y a todos los individuos creados. Es en virtud de su pertenencia a esta Iglesia divina y verdadera que todos los católicos tienen una plena libertad de culto y apostolado en toda nación y en todo Estado. Es el fundamento de un derecho familiar, social, político, internacional absolutamente y único sagrado. Las demás religiones, estando desprovistas de toda prueba histórica y de toda marca sobrenatural de verdad, no tienen ninguna autoridad propia y los que las practican, aun sinceros, no tienen por eso ningún otro derecho especial sino aquel de la verdad natural. Ni la Iglesia ni los Estados deberán conocer semejantes religiones, ni otorgarles el menor poder social, porque el error no funda ningún derecho real. Sólo las exigencias del bien común y de la paz podrán traer una cierta tolerancia que, tan vasta como sea, no será por ello una solución provisoria, siempre peligrosa para la verdadera fe, para el bien sobrenatural de las sociedades ¡y para la salvación de las almas!

“No se debe pues hablar de libertad sino a propósito de las conciencias particulares, que no pueden ser violentadas: en ningún caso se puede forzar a alguien a practicar una religión que su conciencia rechaza como mala, invenciblemente; pero no resulta que ésta pueda actuar exteriormente según su error.

“Aún más, la sociedad debe desplegar todos sus esfuerzos para traerla de vuelta a lo verdadero y enderezarla según el bien al cual Dios la llama. Declarar violente que la Iglesia pida para sí una libertad que le rechaza a los demás, es inducir en error a los espíritus, es renegar al verdadero Dios, la verdadera fe, la única Iglesia de Jesucristo para ya no juzgar las cosas sino desde el punto de vista del Hombre, puesto en el lugar de Dios, autónomo y absoluto, libre de sus creencias y de sus actos ¡sin restricción![30]

En el mismo momento, en Roma, el jesuita Martelet le explicaba cínicamente a los Padres conciliares que si querían hacer pasar ese esquema, les era menester “poner a Dios entre paréntesis” (sic) y fundarlo, no sobre la Palabra divina, sino “sobre la dignidad humana”.

Nuestro Padre emprendió un análisis igual de magistral del esquema sobre Las fuentes de la Revelación.

“La Verdad divina es un agua viva de la cual Jesucristo es el manantial histórico terrestre y el Colegio apostólico es valle de acumulación. La tradición eclesiástica, por su culto, sus dogmas, su disciplina, la conduce y a través de los siglos es su canal, único y continuo. En fin el órgano de distribución, es la Iglesia enseñante, es el Magisterio infalible, al cual no le pedimos otra cosa sino el agua de Manantial, y no el agua fétida o azucarada de sus pozos ni el vino de sus toneles. Todo el esfuerzo de los novadores consiste en atacar las coyunturas de esta Tradición, para disociar sus elementos; enseguida, proclamarán otra manera maravillosa, la modernista, de conocer la Palabra de Dios, ¡otra fe![31]

El padre de Nantes, que conservaba claro y derecho el espíritu en medio de discursos y debates confusos y contradictorios, lanzó esta formidable acusación: “La herejía está en el Concilio.”

La sesión se terminó sin la proclamación de la Libertad religiosa, tan deseada por los ‘reformistas’ para el centenario del Syllabus del cual deseaban borrar hasta el recuerdo. Pablo VI les imponía aplazar, lo que los enfureció, pero era para tomar mejor la curva y llevar a todo su mundo, los tradicionalistas del Cœtus internationalis Patrum[32] incluidos, sin ruptura, ahí donde pretendía: la proclamación solemne, un año después, por toda la Iglesia enseñante, de ese falso dogma revolucionario y masónico, fundamento concreto de su culto del Hombre.

LA IGLESIA Y EL MASDU.

Toda esa maniobra fue analizada día tras día por el Padre de Nantes, en una serie de Cartas decisivas. En ellas desenmascará la herejía del papa Montini, discípulo de Jacques Maritain, herejía “a la cual me satisfice en ponerle un nombre, como se pincha bruscamente, para inmovilizarla, una hermosa mariposa nocturna a fin de observarla”[33]: es el ‘Masdu’, Movimiento de Animación Espiritual de la Democracia Universal, “la gran Bestia”, como la llamara Jacques Perret[34].

“Hacemos profesión de alejarnos de él, de denunciarlo y combatirlo donde sea que surja… in nómine Dómini! En ello cumplimos con un deber mayor de nuestra fe que ninguna obediencia legítima puede contradecir. Nuestra obediencia a la Iglesia nunca podrá envolver, ni recomendar, ni imponer nuestra adhesión al Masdu. Son dos realidades distintas a nuestros ojos, dos misterios contrarios el uno del otro como lo son la Ciudad de Dios y la Ciudad de los demonios. San Pablo nos lo afirma (en un fragmento curiosamente omitido por S. S. Pablo VI en Ecclesiam Suam): ¿Podría haber armonía entre Cristo y Belial?” (2 Co 6,15)

“Puesto que nadie puede servir a dos maestros tan diferentes, tan opuestos, es impensable que la Autoridad de la Iglesia como tal pueda ser utilizada para hacernos adherir al Masdu, contando con la docilidad de una filial e inocente obediencia. O entonces no podría ser sino de manera ilegítima y violenta, como una infidelidad que habría que tener el valor de denunciar. La pureza de nuestra fe, la sinceridad de nuestra esperanza, todo el movimiento de nuestra caridad no pueden florecer sino en la distinción del bien y del mal en un tiempo en que todos se esfuerzan a la confusión.[35]

Esas Cartas eran leídas en Roma, como lo atestiguaba el Padre Joseph Hamon, procurador general de los eudistas. Le escribía a nuestro Padre, el 21 de junio de 1965:

“Padre, un amigo me comunicó unas hojas fotocopiadas en las cuales defiende con una rara energía la doctrina católica tradicional. Eso me interesa al grado más alto, y me suscribía con gusto a sus artículos.”

Y el religioso bretón, que había seguido los trabajos preparatorios del Concilio y aún los de las inter-sesiones, le contaba su escándalo:

“Desde el principio del Concilio, se ha visto y oído ya sea el Papa en persona, ya sea la augusta Asamblea pedir humildemente perdón a todos los impíos, a todos los heréticos, a todos los enemigos del nombre cristiano; es una verdadera penitencia pública ante el universo no católico. Se le da mil sonrisas a los observadores disidentes, se inocencia a los judíos quien por lo tanto gritaron: ‘Sanguis ejus super nos et super filios nostros’! Se le devuelve a los Turcos la bandera tomada en Lepanto; el Papa va a ver a los Árabes con todo tipo de manifestaciones de amistad; se pide la rehabilitación de Lutero, de Juan Hus, de Giordano Bruno, de Galileo […].”

“El colmo en este Concilio, según yo, es la proclamación de la libertad religiosa. Aquello constituirá, según yo, ¡un hara-kiri en regla! Semejante proclamación es la contradicción formal con las enseñanzas de los Pontífices romanos, como lo notó muy bien Fesquet, quien evidentemente se regocija (¡como los Izvestia![36]) de ver a la Iglesia romana quebrar ella misma el dogma de inmutabilidad de su enseñanza religiosa.

“Espero que volverá sobre ese punto con detalle, y con esa fuerza dialéctica, esa claridad unida a la profundidad que caracterizan sus artículos[37].”

¡NON POSSUMUS!

Para estar seguro de ganar en la sesión de clausura del Concilio, Pablo VI se fue a proclamar su nuevo Evangelio en la sede de la Onu, en Manhattan, el 4 de octubre de 1965, en la fiesta de San Francisco de Asís. Aquel día, “el espíritu de Asís” descendió en Manhattan, para darle vida al Masdu, “quimera maravillosa y viva, vagamente angélica, escribía Jacques Perret, y cuyas alas desplegadas nos mantendrán aquí en la tierra en la sombra y única ambición de nuestras dichas temporales, ayudando Dios con discreción. Extraña mutación de la paloma de San Remigio”, ¡y negación de la paloma del Bautismo de Jesucristo!

Sin reclamarse de ninguna autoridad divina, Juan Bautista (Montini) dio a oír otra voz que aquella venida del Cielo, en Betania más allá del Jordán, hace dos mil años: habló como un “experto en humanidad y peregrino de la paz.” Se exclamó: “Nunca más la guerra, nunca más la guerra! Es la paz, la paz que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad.” Y, por sus esfuerzos perseverantes al servicio de esta “santa causa”, Juan Bautista Montini dio gloria no a Dios, sino a la Organización construida sobre “los derechos y los deberes fundamentales del hombre: su dignidad, su libertad, y ante todo su libertad religiosa”.

Porque Pablo VI era Papa, y que no encontraba ningún obstáculo en su camino, se hubiera podido creer en la infalibilidad de sus declaraciones. ¡Pero no! Desde un minúsculo cantón de la Iglesia universal, le padre de Nantes elevó un firme “Non possumus’.

“No somos nosotros, es el Magisterio supremo quien le dirá a los heréticos de nuestro tiempo y, más allá de ellos, al Tentador: Non possumus! Ya se los había afirmado sobre la Colegialidad proclamada en Francia antes que fuera debatida en el Concilio, y tuve razón. Se los vuelvo a decir hoy sobre la Libertad religiosa: esa doctrina es una demencia, la razón lo prueba. Esa doctrina no es católica, el Concilio o el Papa la rechazará. Confianza: haec est victoria quae vincit mundum, fides nostra![38]

Ese ‘Non possumus’ permanece nuestro hoy, tan firme y apoyado con razones dogmáticas que en 1965, cuando nuestro Padre demostraba que los Actas de ese Concilio y los discursos de ese Papa estaban privados de la infalibilidad esperada de su Magisterio, que el uno y el otro rechazaban ejercer, mientras que se atribuían desde el principio de su reforma un carisma de inspiración apostólica, de inerrancia, de indefectibilidad, propiamente exorbitante y según el modernismo más puro[39].

LA ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN

Un árbol no para el viento en la llanura. En la cuarta sesión se asistió al planchado de la oposición tradicionalista y al aflojo liberal, que nuestro Padre siguió con angustia[40].

Con su visita a la Onu y su discurso masónico[41], el papa Pablo VI había forzado la mano al Concilio, en el que una minoridad que perseveraba en votar contra “el inconcebible esquema sobre la Libertad religiosa[42], como decía Mons. Marcel Lefebvre, antes que él mismo firme.

“He aquí pues la Iglesia feuda de las potencias temporales, y de las peores, constataba nuestro Padre al día siguiente de ese viaje. Su doctrina se encuentra fijada, no con un acto legítimo del Magisterio, sino, adelantando y forzándolo, con un discurso de Pablo VI a las naciones. La era de la libertad se abre con una violencia seglar.[43]

Guardián de la fe por su función de secretario del Santo-Oficio, el cardenal Ottaviani adhería a su vez, “como un ciego, como el ciego que soy”, confiaba el 27 de octubre de 1965. El Padre de Nantes se indignaba: “El cambio substancial de la Iglesia, esa pretendida evolución que es una revolución en la fe y las costumbres, es el Papa, el Papa sólo quien asume la responsabilidad de ello y hasta le impone al primero de sus servidores de seguirlo a ciegas. Seiscientos millones de ciegos deben seguir a un Vidente, un Profeta, ¡un iluminado![44]

Algunos años más tarde, sor Lucía se quejará igual: “¡Lo peor es que el demonio logró inducir en error y engañar almas teniendo una responsabilidad pesada por el lugar que ocupan! Son ciegos que guían a otros ciegos.[45]

“Cuando se defiende su Credo, no se puede hacerlo sino en desperados, no en carabineros. Se lucha como los legionarios franceses en camarón, sin repliegues estratégicos, sin pensar en capitular. Lo que hoy es error nunca será la verdad de mañana […]. El combate continua.” A pesar de la adhesión del cardenal Ottaviani, nuestro Padre no bajaba la guardia y más que nunca se quería ‘rebelde a la rebelión’: “Rebelde a Lutero rehabilitado y al protestantismo difuso de los cristianos modernistas; rebelde a Lamennais triunfante [en la persona de Pablo VI] y al Masdu salido de su cerebro humoso.[46]

El 8 de diciembre de 1965, día de clausura del Concilio, el Padre de Nantes escribía: “Este es el último combate de Pedro contra Pedro, de Manhattan contra Roma, del Dios-Hombre contra el Hombre-Dios y según la afirmación de San Pablo: “de Cristo y de Belial’.[47]

Con una extraordinaria penetración del pensamiento del papa Pablo VI, contradecía, palabra por palabra, el discurso que éste había pronunciado el día anterior en el aula de San Pedro:

El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La Religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podría haberse dado, [pues sí que se dio en los reinos del Beato Pío IX, de San Pío X y aún de Pío XII] pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas –y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra (sic)– ha absorbido la atención de nuestro Sínodo. 

Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- tenemos el culto del hombre.”

Y no hubo un sólo obispo para negar arrodillarse ante el ídolo. ¡No! no hubo ni ‘choque’, ni ‘lucha’, ni ‘anatema’. Salvo contra… el Padre de Nantes, porque, cual Elías, quedo como el único “hombre libre entro los yacentes”, profeta de pura fidelidad católica confundiendo a los falsos profetas del Anticristo.

UNA SEÑAL DE ESPERANZA.

Es a favor del Concilio pues que la Secta “que me honra considerándome como un temible adversario”, escribía nuestro Padre, se volvió el ama de toda la Iglesia. Pero nuestro Padre había experimentado demasiado en todas sus dimensiones el misterio de esta Iglesia a la vez humana y divina para pensar un solo instante en despegarse de ella:

“¡Estoy! ¡creo! ¡y quiero permanecer apegado a ella hasta la muerte! Nunca nada podrá, que Dios me oiga, alejarme tan poco sea de su Credo ni hacerme dudar de su autoridad, de manera a que si alguien logra separarme con violencia de su Comunión y echarme fuera, será como un cacho de carne arrancado de su carne, y permaneceré en el umbral, como los santos del Antiguo Testamento que velan en los pórticos de nuestras catedrales. Como ellos, haré todavía señas a los que pasan de entrar en su único gremio, llamaré a los infieles a encontrar la paz en su santuario del cual habré sido injustamente desterrado.[48]

En virtud de esta fe invencible en la Iglesia católica romana, iba, al día siguiente del Concilio, recurrir a la autoridad de su Magisterio infalible, como lo confiaba durante una entrevista con el periodista André Giovanni llevando su encuesta sobre ese ‘sacerdote perdido’ del cual se empezaba a hablar tanto:

Cuando no entiendo, lo digo. Cuando estoy lastimado, grito. Cuando mi Padre me desconsuela, no puedo esconder mis lágrimas. Mi Padre, es mi Padre y nuestras relaciones están selladas con franqueza.

Pero espero que a fuerzas de gritos discordantes, oiremos, si no al Concilio, al menos al Sumo Pontifice, como lo hizo en un punto preciso y esencial en Misterium fidei, imponernos en lo que nos divide, en nombre de su autoridad soberana, la Verdad divina de la cual es, él sólo, el testigo infalible… Y mire, una vez por todas, se lo afirmo: estoy sumiso al Papa. Lo amo con una profunda, con una sincera, con una verdadera caridad, sí, ¡a su Santidad Pablo VI!

Andre Giovanni. – ¿Y aún si lo condenaba?

Padre de Nantes. – Es imposible… Extendamos nuestra visión. Juan XXIII no era el primer Papa, ni siquiera de una era nueva. Era el 262° sucesor de San Pedro, y Pablo VI es su 263°. ¡Entiende usted que la religión tuvo tiempo de precisarse suficientemente para que sepamos muy claramente en que creemos, y a que nos hemos comprometido al darle nuestra fe y nuestro corazón a la Iglesia de Jesucristo!

En su oposición declarada a la Reforma, nuestra Padre ya pensaba en un Vaticano III restaurador. El programa que trazaba entonces se encontrará realizado en la obra de ‘Renacimiento católico’ que efectuará paralelamente a su combate de ‘Contra-Reforma’:

Esta vez será una ‘reforma’ de tipo Restauración, después del pasaje de los iconoclastas y de los mamarrachos. Entonces habrá que refluir una corriente formidable, para salvar al joven clero de la apostasía, las Órdenes religiosas de la anarquía moral y mental en la que se van a pique […]. El futuro Concilio deberá traer de vuelta a los cleros a los estudios teológicos serios, liberarlos de los humos del freudismo, del marxismo, del teilhardismo condenándolos sin recurso. Habrá que restaurar la magnífica liturgia que actualmente se proscribe, el canto gregoriano que el pueblo habrá olvidado. Los predicadores suscitados por el Concilio irán a todos lados para devolver el gusto de la oración, de la meditación, predicar la penitencia, enseñar el horror del pecado y el amor a Dios. Se necesitaría no menos de un concilio para hacer volver la disciplina entre los clérigos y el orgullo de la fe. ¡Los que los convencerán de volver a tomar la sotana, su crucifijo y su rosario serán grandes hombres de Dios!

¡Sí, entonces será una primavera de la Iglesia, un tiempo de renovación para la Cristiandad! […] ¡Será conmovedor, exaltante, asistir o participar a esta nueva veneración, a los ojos de los fieles y del mundo entero, de los tesoros de santidad y de la sabiduría de la Iglesia! Se pondrán inspirar, para esta reforma del clero, de los métodos de los grandes Concilios que, en nuestra presuntuosa decadencia, despreciamos. El Sumo Pontífice seguirá humildemente el ejemplo de sus más gloriosos predecesores […]. Siempre es el mismo esfuerzo, porque el hombre siempre es el mismo. ‘Stat Crux dum volvitur orbis, es el lema de la Cartuja. La Cruz permanece en pie, mientras gira la tierra y anda el mundo su carrera

Andre Giovanni. – Denos una señal indubitable, absoluta, de la verdad de sus convicciones, de la caridad de su combate. ¡Una señal de esperanza!

Padre de Nantes. – Esa señal, la tenemos todos y nos pertenece a todos, es el Secreto de Fátima. Cuando la Virgen María ha decidido iluminar a sus hijos, sólo nos queda ponernos de rodillas para escucharla.[49]


(1) CRC n° 110, “Apología pro vita sua”, octubre de 1976, p. 5.

(2) Pueblo donde se estableció la comunidad. Hasta la fecha ahí se encuentra la casa madre de las comunidades.

(3) Por el Consejo de los directores del seminario de los Carmelitas.

(4) Citado en POUR L’ÉGLISE, t. I, p. 357

(5) CRC n° 110, octubre de 1976, p. 5.

(6) Cf. supra

(7) Citado en la DOCUMENTATION CATHOLIQUE, 1964, col. 92. Revista francesa bimensual, que resume todos los actos importantes del Papa y la iglesia en general.

(8) Citado en POUR L’ÉGLISE, t. II, p. 20.

(9) LETTRE À MES AMIS n° 132 del 18 de febrero de 1963.

(10) Lettre à mes amis n° 134 del 19 de marzo de 1963.

(11) LETTRE À MES AMIS n° 156 del 31 de octubre de 1963, p. 1.

(12) Arzobispo de Cologne, cuyo teólogo privado era el padre Ratzinger.

(13) LETTRE À MES AMIS n° 158 del 23 de noviembre de 1963.

(14) Citado en POUR L’ÉGLISE, t. 2, p. 41.

(15) LETTRE À MES AMIS n° 165 del 23 de febrero de 1964.

(16) LETTRE À MES AMIS n°171, abril 1964.

(17) Del cual se encuentra un resumen en la LETTRE À MES AMIS n° 172 del 13 de mayo de 1964.

(18) CRC n° 110, octubre de 1976, p. 5-6.

(19) CRC n° 82, ‘Luché solo’, agosto de 1974, p. 1.

(20) CRC n° 132, ‘Oración fúnebre de Pablo VI’, agosto 1978, p. 2.

(21) Lettre à mes amis n° 182 del 8 septiembre de 1964.

(22) Lettre à mes amis n° 179 del 15 de agosto de 1964.

(23) 1901-1992. Escritor y periodista francés cuyo talento literario fue reconocido y celebrado por la casi totalidad de las críticas de todos los bordes. Fue enviado a México como reportero en los años de 1925 a 1930, y en España durante la Cruzada franquista. Sus convicciones católicas y monárquistas lo volvían la figura misma del ‘católico integral’ tal como la definió nuestro Padre. Eso le costó la notoriedad, y sus pleitos con de Gaulle a propósito de la guerra de Argelia fueron el tiro de gracia que lo enterraron a él y su obra en un silencio universal. El apoyo del padre de Nantes en aquellas horas dolorosas selló una amistad que nunca nada desmintió.

(24) Abadía benedictina francesa que se encuentra en la región de la Sarthe. Referencia del canto gregoriano. En el mundo hispánico corresponde a la abadía de Santo Domingo de Silos.

(25) Se trata de la cogulla monástica con la que nos había revestido Mons.Le Couëdic, le 6 de agosto de1961.

(26) Militar que servía en África y utilizaba el méhâra (dromedario en árabe) como montura.

(27) Correspondencia familiar, publicada en la CRC n° 290, marzo 1993, p. 16.

(28) Lettre à mes amis n° 188 del 12 de noviembre de 1964.

(29) Lettre à mes amis n° 184 del 25 de septiembre de 1964.

(30) Lettre à mes amis n° 185 del 1o de octubre de 1964.

(31) Lettre à mes amis n° 186 del 15 octubre de 1964, p. 4-5.

(32) Asociación juntando a los Padres conciliares tradicionalistas durante el Vaticano II.

(33) Lettre à mes amis n° 197 del 22 de febrero de 1965, p. 6. Siguieron seis Cartas sobre “L’Église et le Masdu”, en las que todo el designio de Pablo VI era analizado, explicado, denunciado.

(34) Le Monde et la Vie nos 147-148, de agosto et septiembre de 1965.

(35) Lettre à mes amis n° 199 del 19 marzo de 1965, p. 1.

(36) Cotidiano comunista de gran tirada de la ex URSS.

(37) Carta personal del 21 de junio de 1965. Aquel día empezaba una purísima amistad sacerdotal entre nuestro Padre y el padre Hamon, de la cual fuimos los testigos y los beneficiarios, y que no se desmentirá hasta la muerte de este gran servidor de la Iglesia y santo religioso, el 5 de enero de 1999. Cf. CRC n° 352, enero de1999, p. 33-35.

(38) Lettre à mes amis n° 209 del 22 de julio de 1965, p. 2.

(39) Lettre à mes amis n° 212 del 15 de septiembre de 1965.

(40) Lettres à mes amis nos 213-214, et n° 216, de septiembre a noviembre 1965.

(41) Lettres à mes amis n° 215 del 31 de octubre de 1965 y n° 218 del 8 de diciembre de 1965.

(42) “Cuenta en sus memorias el fallecido arzobispo de Pamplona, José María Cirarda, que cuando los padres conciliares entraban en la basílica de San Pedro para votar la declaración Dignitatis Humanae se encontró al obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain. Estaba pálido. Rezaba “para que Dios intervenga para impedir la aprobación de dicha declaración”. ¿Cómo podrá hacer Dios tal cosa? Pildain contestó a Cirarda: “Utinam ruat cuppula Santi Petri super nos“, haciendo caer sobre los presentes la cúpula de San Pedro.” Los Obispos Perplejos, el concilio curioso y Franco irritado, El País, Juan G. Bedoya, 20 de octubre de 2012. Recomendamos mucho la lectura de este artículo que hemos puesto en apéndice, ya que a pesar de ser de izquierda y contra Franco, es una exacta ilustración de como en el Concilio, la secta tomó el poder.

(43) Lettre à mes amis n° 214 del 15 de octubre de 1965, p. 3.

(44) Lettre à mes amis n° 216 del 11 de noviembre de 1965, p. 2.

(45) Carta de sor Lucía a la madre Martins del 16 de septiembre de 1970.

(46)Le Monde et la Vie” n° 150, noviembre 1965.

(47) Lettre à mes amis n° 218 del 8 de diciembre de 1965, p. 8.

(48) Lettre à mes amis n° 187, octubre 1964.

(49) Entrevista publicada en la revista “Le Monde et la Vie” n° 150, en noviembre 1965, reproducida al principio del tomo 4 de las Lettres à mes amis (1966-1967).