La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Georges de Nantes.
Doctor místico de la fe católica

8. PRIMERAS CONTROVERSIAS

PARA defender la verdad, no basta la inteligencia, para ello es necesario el don de Consejo. “La sabiduría llega insensiblemente a los que escuchan a sus maestros, y del niño nace el hombre, del seminarista el sacerdote a lo largo de los años, según la providencia de los dichosos encuentros, al azar también de las tentaciones y de las trampas que una prudencia adquirida, un principio de caletre personal permiten evitar. Hoy, me acuerdo de algunos eventitos en los que debí escoger, de improviso, mi camino entre otros, de derecha y de izquierda.1

ENTRE PAPISMO E INTEGRISMO.

La derecha católica, “postrada desde la depuración sangrienta que la había diezmado, dispersado, decapitado, y la espoliación de la prensa que la había privado de toda posibilidad y entonces de toda libertad de expresión”, alzaba de nuevo la cabeza. Un día de 1946, Georges de Nantes recibió la visita de Georges Grasset, mandado por la Cité catholique que Jean Ousset acababa de fundar. Quería “invitarme no calurosamente sino directamente y fuertemente a adherir a ella”, lo que Georges de Nantes no podía aceptar por tres razones:

“La primera asesta la pretensión de la Cité catholique a una doctrina de acción integral enteramente sacada de la enseñanza de la Iglesia, para la restauración de la sociedad cristiana.” Toda la pregunta estaba en saber cómo, habiendo puesto principios, se bajaría a las consecuencias prácticas tomando audazmente partido en la actualidad:

Les digo que bajarán de su estratosfera hasta la vista del terreno de aterrizaje, obstruido con muchísima gente, pero en el momento de tocar tierra, para impedir la perdida, arrancarán los motores y volverán a las nubes, y una vuelta más, y eso sin fin

¡Por supuesto que no!

¿No? ¡Pues bien! estaré contento de volver a verlo cuando concluirán, en nombre de Jesucristo, la reprobación de la Resistencia, la condenación del m.r.p y la rehabilitación obligada del Mariscal Pétain.”

Otra objeción, correlativa: la ‘doctrina social de la Iglesia’ sola no da ni el medio ni el poder de resolver esos conflictos.

Se puede al menos, me respondió firmemente, juntar a los católicos en una plataforma de amplio acuerdo, en vista de una acción cívica, ¡sin exclusivas partisanas!

Entonces, les predigo que tendrán cara de corta-montañas, pero serán rápidamente y para siempre liberales impenitentes, claro en práctica, ¡pero no en teoría! como León XIII, y llevarán, poco a poco a vuestra nata católica a unirse a todos los partidos en el poder ¡hasta e incluso a los más anti-franceses y a los más subversivos!”

Última objeción, y de las tres la más preocupante, en el clima del tripartidismo que reinaba entonces: “Afirma usted que las encíclicas de los Papas contemporáneos son el fondo y el todo de vuestra ciencia, y no expondrán nada que les sea contrario o solamente extranjero […]”

Eso supuesto, “reclutan petainistas de ayer, maurrasianos de anteayer, adversarios resueltos de la democracia cristiana que en este momento comparte el poder con los comunistas y los socialistas, los cuales la han encargado de la justicia, de la depuración, por lo cual se ha llenado las manos de sangre inocente. Imagine que un día esa buena sociedad les tenga miedo, y quiera derribarlos. ¿Cree usted que les será difícil obtener una encíclica, un radio-mensaje, un motu proprio pontifical, que los apuntará y que los condenará más o menos claramente? ¿Del tipo de la carta de León XIII sobre la Adhesión a la República o de las alocuciones lloronas de Pio XI contra el paganismo de Maurras? ¿Qué harán entonces? ¿Sumisión ciega, y desaparición deseada por el Papa? ¿O rebelión y recurso contra el Papa mal informado al Papa bien informado? Esa cascara de plátano habrá bastado para hacerlos caer…’2

¡Qué clarividencia! ¡qué madurez en este joven de veintidós años! La continuación de la historia verificó esas advertencias.

En otra ocasión, es él, Georges de Nantes, quien visitó al Padre Luc Lefèvre en la sede de ‘La Pensée catholique’, clandestinamente.

“El Padre Lefèvre me parece anciano, la cara frescote como polveada. ¡Tontería de juventud! ¡No podía tener sesenta años ya! ¡apenas cincuenta! Tiene lentesotes que le achican los ojos, al interior; pelos blancos. Sin embargo la mirada es dulce, la voz ahogada. Sus maneras son corteses, su palabra meliflua y solemne. Una buena, buenísima sonrisa… Estoy transportado de satisfacción. Me introduce en su despacho estrecho donde las filas de libros, las pilas de libros, de documentos y papeles amontonados, reducen el espacio como en una cursiva de submarino. Me ruega que me siente mientras que, sin maneras, coge su viejo cigarro y lo vuelve a prender con sus dedos blandos con uñas amarillas de fumador profesional […].

“Estoy deslumbrado, ¡vaya! Quiero admirar en todo este sacerdote que se levanta para defender nuestra fe en gran peligro de un nuevo modernismo, y por la sobrevivencia de nuestras tradiciones, nuestras ideas, nuestra escuela de pensar tres veces decapitada, por la condenación de la Acción francesa, por las violencias del Frente popular y de esos rojos-cristianos, ahora por las matanzas y proscripciones de la Liberación, ¡ese ‘régimen de matadero’, como se atrevió a llamarlo el Padre Panici desde lo alto del púlpito de Notre-Dame! Antes de irme, lo abrazo, y, poniendo su boro en el cenicero, me bendice. El gesto le es inacostumbrado; en mi misticismo de cuatro pesos, eso me ofende. Vuelvo al seminario, me cuelo sin tropiezo… y esperaré con impaciencia el número 2 de La Pensée catholique.

“Y, las cosas se echaron a perder. En medio de artículos notables, un cierto estudio de exégesis bíblica me preocupó. Cómo, en 1946, ser tan ignorante, ¡peor! ¡refractario a la exégesis moderna, y así desconsiderar La Pensée catholique desde su principio! Me abrí de eso a uno de mis profesores [el Padre Vimal], quien se carcajeó de esa resurrección del integrismo. ¡Era La Sapiniere de Benigni que se equivocaba de época! ¡Y me enseñó lo que era esa sociedad secreta, el Sodalitium pianum, que se encargaba de espiar y denunciar a Pio X los sacerdotes y los hombres de ciencia sospechados de modernismo! ‘Y tienen los pantalones, de Nantes, de escoger por signo de unión… ¡un cedro! ¡Vea pues, en la portada! ¡Ese es un cedro que se parece mucho a un pino! ¡Aunque así sea, no será un renacimiento, ¡creame! sino más bien, y soy amable, una reacción malhadada que terminará de perder el pontificado de Pío XII asimilándolo a lo que hay de más cerrado y más retrograda en Roma y en París!’ ”

Hubo un segundo encuentro, que se puso agrio: “Y eso por más que me defendiera protestando que era un discípulo ferviente, que querría solamente ahorrar a nuestra obra, dije nuestra obra, magnífica, algunas equivocaciones que, desde mi punto de vista, me parecían catastróficas… Duramente se me replicó que Saint-Sulpice era una fábrica de liberalismo, de galicanismo, de jansenismo desde siempre, y ahora precisamente de modernismo. Era un arreglar de cuentas que de pasada me asolaba. Las pasé negras sobre mis venerados sulpicianos. Debía reconocer, en ese flujo de acusaciones, demasiadas verdades que me eran crueles. La hora avanzada me impuso cortar, en plena tormenta, y huir, y también correr para no llegar tarde a la lectura espiritual. Fue en toda verdad, la segunda y última vez que me entretuve con el Padre Lefèvre.

“La vida, la suya, la mía, pasó […]. ¿Cómo no lamentar que la derecha católica francesa tuviese por consejero y amigo eclesiástico, parisiensísimo, un hombre semejante? Bendigo al Cielo por no haber tenido confianza en el integrismo, visto a través dé él. Y de haber vuelto sabiamente a mis maestros de Saint-Sulpice para ya no alejarme de ellos, no sin luchas por lo tanto.3

En esas ‘luchas’, vamos a ver al joven seminarista pintar su raya contra una segunda ‘Reforma’, ya a la obra en la Iglesia de Francia y peor que la de Lutero.

La Salette

Durante un pelegrinaje a la montaña de La Salette, 19 de septiembre 1946.
Georges de Nantes està de pie, el tercero a la izquierda

CON EL PADRE CALLON,
EMPIEZA “EL GRAN DRAMA DE TODA MI VIDA”.

1946-1947: “A punto de llegar al puerto, mi barca estuvo muy a punto de hundirse. Eso empezó con la primera clase de teología dogmática”, dada por el Padre Callon, “profesor experimentado y universalmente estimado, que debe enseñarnos los difíciles tratados de la Gracia, de la Predestinación, del Sobrenatural, del Infierno y del Demonio… todos dogmas que debemos creer sin buscar tanto a entender, pero que levantan tantas preguntas, tantas objeciones”.

Director espiritual de las ‘vocaciones tardías’, les predicaba la renuncia a sus convicciones de derecha.

“En dos años, el mal estaba hecho y sin remedio. Los había elevado tan alto, tan alto que, el viento soplando a la izquierda y nuestros aeronautas místicos habiendo perdido la tierra de vista, se dejaron todos llevar, sin la menor atención ni malicia, hasta lo más lejos de sus ideas conservadoras o reaccionarias, en las locuras izquierdistas y otras utopías demócratas-cristianas que lucían en aquella época.

“Más tarde, en la fiebre depuradora de 1945, supe que nuestro Padre Callón era un viejo furioso demócrata-cristiano, discípulo de Marc Sangnier, admirador apasionado de Aristide Briand, amigo de Francisque Gay –cuyo hijo acababa de abandonar el seminario– , participante de los encuentros franco-alemanes de Bierville antes de la guerra. Y, ¡horror! esa pasión por Alemania había atravesado la guerra, la derrota de Francia y su ocupación, solamente envuelta de silencio. A algunos de sus dirigidos les enseñaba, en junio de 1941, sacados de los cajones inferiores de su biblioteca, números flamantes de la revista alemana Signal en la que se veía, en magnificas fotos a color, el joven ejército del gran Reich lanzarse en largas columnas de blindados ocres por los inmensos campos de trigo maduro de Ucrania invadida… ¡Y jubilaba! ¡y hacía admirar a sus hijos espirituales esa caballería teutónica de nuestra grandiosa Europa nueva!

“Claro, su tono cambió a partir de la Liberación, pero su fervor sillonista se trasladó al partido de Georges Bidault en el que volvían a la superficie todos sus amigos demócratas-cristianos, compartiendo el poder con los socialistas y los comunistas, rabiosos por vengarse de la derecha nacionalista, maurrasiana y petainista, que había complotado contra la República, instituido su ‘Revolución Nacional’ abominada, y dominado el país por la fuerza durante cuatro años. De esa gente, la sangre, las lágrimas corrían ahora, ¡no era sino justicia!

“El Padre Callón era, como lo entendí demasiado tarde, un hombre de influencia, más que de palabras.” Traducid: aquel hombre no tenía palabra… Impresionante descripción:

“Una palabra, horrible de ordinario, pero que en mi cabeza no tenía más valor sino entomológico, se me había ocurrido al final de la observación. Era una arañota negra, arrinconada en su guarida escondida, un pie sobre alguna hebra de su telaraña a donde llegaba la información, y de donde salían sus impulsiones hacia todos los lugares vitales del seminario […]. Es él, representando siempre los papeles secundarios, quien tenía y retenía la esencia, la tradición secreta, el alma oscura e inviolable de la compañía de Saint-Sulpice, y si era trigueño, jorobado, con una mirada, un rostro y una voz daban mala impresión, era así pues que lo habían esculpido, y contorneado cincuenta años de pasión jansenista, galicana, mennaisiana, drefusarde y sillonista, en fin semi-modernista.

“¿Fui a atacar a esa bastilla? ¡no, a ese templo, a esa influencia! Si hubiera sabido, hubiera tenido cuidado. Pero me imaginaba la araña sin veneno y entré en su tela en mosca inocente, curioso de lo que iba aprender ahí.”

EL TRATADO DE LA GRACIA.

“La introducción de su primer discurso magistral nos hizo admirar la importancia de la inmensa materia que teníamos que estudiar en ese único año. Fue breve. Todos, pluma o stylos levantados sobre nuestros cuadernotes nuevos, estábamos listos para salir en esta carrera donde no quisiéramos dejar escapar nada. El primer tratado sería aquel de ‘La Gracia’. Las plumas dibujaron el título en letras grandes, mientras que el Padre Callón empezaba su tema con una voz brumosa, a un ritmo meditativo. Lo oigo ahí, en aquel instante. Puntúa to-das-las-sí-la-bas, separándolas las unas de las otras; no es desagradable; eso da a pensar, y se tiene el tiempo de escribir todo a placer:

“ ‘La gracia, fueron sus primeras palabras, es algo o es alguien. No es algo, como un cu-chi-llo que ten-drí-amos en el bolsillo. Entonces es alguien…’

“Les ahorro lo que sigue del discurso iniciándonos a las profundidades del misterio de la gracia. Cabe en pocas palabras. Si la gracia no es un objeto, puesto ahí, que se posee, que se puede perder, y volver a encontrar, entonces es alguien, indivisible, inagarrable, que no nos podemos apropiar. Ese alguien, claro, no puede ser un hombre, un ángel; es Dios. ‘La gracia, escribíamos bajo su dictado, sin quedar aturdidos ni murmurar, es Dios en nosotros.”

“Y, entró en el debate teológico, llevándonos siempre copiando sus decires como palabras de Evangelio. Esa explicación de la gracia era la de los Padres griegos, que admiraba él con un fervor comunicativo, mientras que los padres latinos y, a su escuela, Santo Tomás de Aquino, ¡oh! lo decía a lamentos, ¡sintiendo en el alma de ofenderlos! hacían más bien de la gracia un objeto, sí, una cosa, que llamaban con una palabra abstracta: el ‘don creado’. Para ellos, en efecto, esa cosa era necesaria y preliminar al acogimiento de Dios en nosotros, que llamaban entonces: el ‘don increado’. Había que acostumbrarse a esas distinciones escolásticas, si queríamos entender todos los pleitos y finalmente las divisiones que se harán en Occidente sobre esas cuestiones. En esa perspectiva, latina, lo importante será saber si estamos ‘en estado de gracia’ o no, si poseemos ‘el don creado’ o si lo hemos perdido. ¡Porque la vida divina en nosotros dependería de eso! Los Griegos no entran en esas argucias y esas controversias insolubles. Para ellos, la gracia, es Dios sim-ple-men-te. ¡Es Dios-en-no-so-tros, sin nin-gu-na con-di-ción! Es el hombre quien es hecho Dios. Tal vez la escolástica llega a una mayor claridad e infinitas precisiones, ‘pero me parece, nos confesaba con un tono de confiado abandono, casi de connivencia, para mí, la visión de los Griegos más bella y más consolante’.

“Así corrió tranquilamente la primera clase, que otras siguieron semejantemente. Copiábamos, y después nos aprendimos; lo recitamos, fuimos más o menos bien notados. Y por el trigésimo cuarto o quinto año, el Padre Callón hubiera llevado una vez más a sus sesenta alumnos al subdiaconado y al feliz final de su estancia en Issy-lès-Moulineaux… si, por desgracia, no había yo tropezado con sus primeras palabras que hubiera querido entender: ‘La gracia, es al-go-o-es-al-guien.’ Qué diosa Razón o qué espíritu hondero me había susurrado, a medida, el contrapunto burlón y descarrilador: ¡No, no es algo! ¡pero tampoco alguien! y sobretodo no es Dios. Porque si estoy en estado de gracia, ¡así de bonito mi cuate! ¡por lo tanto no estoy en ‘estado de Dios’! Los Griegos tienen sin duda razón, Dios no está lejos del hombre en estado de gracia, pero sabemos que Dios está en todos lados […].

“Quince días bien contados, rumiaba eso. En fin, tuve la idea de ir a controlar la enseñanza del Padre Callón en la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, y la luz cayó sobre mí en palabras tan sencillas que, primo, fui vuelto al Doctor angélico para siempre, y secundo, me encontré repletó del total desprecio, para nada afectivo sino intelectual, hacia ese miserable Callón que abusaba de nuestra cándida imbecilidad. La gracia, enseñaba Santo Tomás, evidentemente no es un objeto, ni una persona. En términos filosóficos: no es del orden de la substancia; entonces es del orden del accidente. Es una manera de ser sobre agregada a nuestro ser natural… y aún tiene esto de totalmente propio que no es sólo una perfección fortificando o realzando alguna potencia particular o facultad del ser espiritual, sino que es un don ‘entitativo’, a saber un perfeccionamiento de la substancia misma del ser, alcanzándola en su naturaleza, en su principio radical de acción, en su raíz. De manera en fin que el hombre o el ángel se encuentra por ese ‘don creado’, capaz de aprovechar y de gozar de Dios mismo (uti et frui), haciéndose así para él ‘don increado’ cuán misterioso y magnífico, para ser conocido y amado por él en el tiempo y en la eternidad.

“Ese torrente de claridades, ¡era demasiada felicidad para mí sólo! Lo dije, eso se repitió. El mes de octubre no se había acabado cuando el seminario estaba por ello lanzado en una fiebre cuarta o quinta de la cual nadie podía presagiar la evolución. El drama estaba abierto, y me estremezco, al narrado de esta primera escena, de angustia al pensar lo que ahora debo revivir… ¡Qué Dios me perdone! tenía veintidós años, y estaba totalmente inconsciente.4

¿ESTABA YO LOCO?

¡Algunos no dejarán de afirmar que sí! Pero Georges de Nantes veía dibujarse detrás de esta confrontación, como lo escribirá más tarde, “el anuncio de una perversión inmensa de toda la Iglesia, y hasta los primeros gérmenes de lo que podría volverse un día la apostasía del clero.5

“De memoria de sulpiciano, no se tenía recuerdo de una oposición declarada entre maestro y alumno sobre una tesis filosófica, o interpretación de un dogma […]. Y he ahí que mi oposición a la enseñanza del Padre Callón, lejos de resorberse, se endurecía, de un capítulo al otro de este tratado de la gracia empezado tan extrañamente. La brecha no dejaba de ampliarse, haciendo todo acuerdo, por consiguiente toda paz imposibles.”

Sorprendente actualidad de la controversia: “Si la gracia es Dios que se da, así, misteriosamente, maravillosamente, al hombre, si es el Espíritu Santo, el Amor, quien se pone en nosotros y nos santifica por su sola Presencia,… entonces, esta gracia no tiene nombre, es indiscernible, no tiene definición, ni naturaleza, ni límites, ni condiciones. No supone nada en el hombre, no encuentra ningún obstáculo que lo pare, no pide ninguna disposición ni esfuerzo particular. Así la cuestión de ‘la salvación de los infieles’ estaba solucionada de golpe y porrazo, el Espíritu Santo sobrevolaba todas nuestras fronteras y no hacía diferencia de raza, de clase, de religión o de sexo, dándose a todos gratuitamente.

“¿Y el pecado original? ¿Y el bautismo? ¿Y el estado de gracia, el pecado, venial o mortal, y la confesión? Ya no quedaba sino un solo criterio, era la experiencia íntima del fuego del Amor, de la paz y la alegría que dispensa el Espíritu a quien quiere con una generosidad que no pertenece a ningún hombre de controlar ni someter a sus estrecheces. Divina Presencia, embriaguez del corazón, en eso se podía resumir la teología de la gracia del Padre Callón, supuestamente recibida de los Padres griegos.”

Todo el iluminismo que prevalecerá en el Concilio, veinte años más tarde, está ahí. Y de Nantes ya está en la brecha:

“Encogido en mi esquina, a media altura, un poco en diagonal, la Suma teológica de Santo Tomás sobre mi pupitre, en vez de escribir todo lo que enuncia el viejo sí-la-ba tras sí-la-ba, yo descubría en el Doctor angélico ese mecanismo delicado de la naturaleza y de la gracia por el cual una creación nueva se opera en el hombre, como un injerto de energía divina sobre el tronco del aparato humano, solicitando su libre consentimiento, su oración, su cooperación, para entrar más en él y disponerlo, o santificar, en todas sus partes o facultades espirituales.”

Se tomó la costumbre. A la salida, el ‘contra-curso’ tenía lugar en la procura de libros, de la cual de Nantes era el responsable con “dos íntimos cofrades, procuradores como yo (¡ah! ¡qué nombre predestinado!).”

CONSECUENCIAS EN SERIE

Sobre ‘La predestinación’, “lo más insoluble de todos los problemas teológicos […], Callón nos llevaba a pasitos a su solución, cucha para llorar. Dios, decía él, es Omnipotente y Soberanamente Maestro de todas las cosas. Nada se le escapa pues y no hay espacio de libertad fuera de él. Pero puede crear uno, retirándose ‘¡de alguna manera!’ de una parte de sí mismo, borrándose y cavando ‘¡por decir así! en él un ‘no man’s land’, un espacio de libertad para el hombre, a fin que éste pueda salvarse por sus propias palancas y por sí mismo… Sin lo cual, ya no sería más que un objeto, un títere que Dios echaría al infierno o llamaría al Cielo arbitrariamente. Ese ‘no man’s land’, prohibido a Dios, abierto al hombre, me reía de él solito. ¡‘No God’s land’, ¡¿pues?!”

De todas maneras, Dios no echa a nadie al infierno: “¡Dios era demasiado bueno! y el hombre demasiado débil, demasiado ciego para que semejante pena, ¡eterna! pueda justamente sancionar algún instante miserable por placer o alguna loca rebelión… ¡Ah, ese! ¡no era el parecer de Santo Tomás, ni de ningún doctor de la Iglesia, al contrario! ¡ni de ningún santo.6

El conflicto se envenenó. “Corrió el rumor: ‘¡De Nantes quiere meter a todo el mundo en el infierno!’ ” Y él, no pensando más que en la verdad, protestaba: por su enseñanza deletérea, Callón “hace todo lo necesario para que muchos sacerdotes y, a través de ellos, a causa de ellos, por su culpa, muchedumbres de pobres pecadores se vayan al infierno por no haberse cuidado de él, por haberse dejado caer en mil faltas mortales hasta la impenitencia final. Responsable primero: ¡Callón!

“Si, proseguía yo, a los cuarenta años de edad (¡ay! eso no esperó sus cuarenta años), los sacerdotes que formó encuentran alguna mujer atractiva, o provocadora, y se dejan seducir, ¿qué es lo que los retendrá al límite de la tentación, de colgar los hábitos para irse con ella? Los discursos de Callón nos serán una incitación al pecado, sin ya no ser retenidos por el temor del infierno. Sobre eso fui profeta exacto… porque no invento ninguna palabra de lo que narro aquí de mis dichos de 1947… por ello tiemblo aún con el mismo pasmo. Agregaba que esas treinta o treinta cinco generaciones de seminaristas no serían movidas como las precedentes por el sentimiento de su deber de curas, por el mismo celo pastoral, para levantarse de noche al llamado de los moribundos, aún menos al llamado de sus familias suplicando que vengan, que fuercen las barreras para acercarse del impío, del masón, del divorciado y, si es posible, salvarlo in extremis del infierno eterno. Ahí también, ¿fui falso profeta?”

Esa enseñanza también sonaba el toque de agonía de las misiones:

“¡Porque en fin! según Callón, ni los Chinos, ni los Esquimales, ni los Patagones necesitan que corramos a ellos y los llamemos encarecidamente a convertirse a Cristo, ¡si no hay infierno! y si Dios está desinteresado a tal grado de su propia obra, ¡Cristo crucificado! ¡la Iglesia y sus sacramentos! ¡para querer salvar así bien a todos los hombres sin distinción de religión!7

¡No cabe duda, el concilio Vaticano II ya estaba en germen en la enseñanza del Padre Callón, y la Contra-Reforma católica en la crítica del seminarista Georges de Nantes! Instintivamente, este último se siente apuntado a “cada banderilla lanzada contra esos famosos teólogos de la Contra-Reforma católica [del siglo dieciséis], dominicos y jesuitas, a los cuales era reprochado en particular de haber obtenido de Roma la condenación de un cierto Baïus, ¡del cual ninguno de nosotros jamás había oído hablar!” De Nantes no se tardó en inquirirse a las buenas fuentes, las de su ‘incomparable amigo’, de los ciento diecinueve errores de Michel du Bay condenados por San Pío V en 1567: “Callón era baïanista, ¡a cien por ciento!” a la escuela del Padre de Lubac.

DUELO TEOLÓGICO

“Haciendo del hombre en su condición presente un ser mutilado que aspira a la perfección de su naturaleza original, nos persuade a pasitos que Cristo debía venir, que la gracia nos debía ser dada para colmar un déficit de ser del cual no éramos responsables y que deberíamos, si no era compensado por el orden sobrenatural cristiano, imputar en injusticia al Creador […]. Dios se debe, y nos debe, por el simple hecho que nos creó así”, satisfacer nuestro ‘deseo natural’ de divinización.

“Levanto la mano bien alto; completamente jorobado, encorvado sobre su cuaderno que leía poco a poco allá abajo, no ve o no quiere ver mi mano levantada. Trueno los dedos, un poco fuerte, más fuerte, muy fuerte: sigue sin oír nada, pero su voz se turba, y se quiebra. No podía disimular su miedo. Y lanzando los ojos llenos de dulzura cierto, pero alocados, en diversas direcciones:

¿Qué pasa? ¿Al-guien quiere hacer una pre-gun-ta?

“Y como los cofrades me designaban con el brazo…

¡Ah! ¡De Nantes, ah sí! ¿Qué pasa?

-Pasa que interpreta Santo Tomás de mala forma.

¿Ah, usted cree? ¿Usted mismo, lo ha leído bien?

-Creo que sí.

¡Ah mire! Podremos debatir de ello después de la clase…

-No, ahora mismo. Santo Tomás quiere decir que si tenemos una necesidad vital de beber, es necesario que en ese mismo orden de las cosas, natural, Dios haya creado también el agua indispensable a nuestra vida. ¡Pero por lo tanto no tiene el deber de traerle a todo sediento, perdido en un desierto!

Por supuesto, pero hablamos en general…

-¡Yo también!

Entonces no veo…

-Sin embargo es sencillísimo. Santo Tomás enseña que si tenemos un deseo natural de ver a Dios, es que hay un Dios y que ese Dios es el objeto real de nuestra facultad espiritual, capaz de asirlo y que lo desea tan fuerte. Entonces Dios puede darse a ver al hombre. Lo puede, gracia suprema, pero sería la herejía de Baïus inferir por ello que lo debe, y que lo hace forzosamente.”

“Y él meneando la cabeza como ante un frenético que conviene calmar con la dulzura:

Sí, veo que no entendemos las cosas exactamente de la misma manera. Pero, si me permite, aclararemos es punto a continuación.’

“Y continuando con un ton de autoridad: ‘Tomen su Tanquerey, página 135…’

“Ruido de páginas que se hojean; murmurios en todos los bancos… No es la buena página. Chalendar interviene:

Padre, creo que es la página 185.

“Y Callón formándose a este parecer, humildemente: ‘¡Ah, sí! es eso; me equivocaba de página. Hay que confesarlo, me equivoqué. Siempre hay que confesar humildemente cuando nos hemos equivocado como es el caso; se lo agradezco.’

“Y helo ahí salvado; lee Tanquerey en latín, lo traduce en una clase vuelta a la normal, donde nunca se pasa nada. En ese momento suena el reloj; ding dong… y él, se pone a juntar sus cosas, diciendo:

Volveremos a ello mañana…, y metiendo su reloj en el bolsillo: El Padre de Nantes me plantea ahí una dificultad que no esperaba, y que habrá que aclarar…’

“Los alumnos están estupefactos: Se levanta, ¡se va…! Uno de ellos, cerca del escritorio, le hace observar: ‘Pero, Padre, son la y cuarto, nueve y cuarto que acaban de sonar.’ Es un apodado Yot, para nada cortés. Y agrega riéndose: ”¡Todavía tiene tres cuartos de hora!’

“El desdichado se creía exento, tanto esta esgrima lo había abatido, trastornado. Estaba en un estado lamentable y lo permaneció el resto de la hora en la que tartamudeó lo que se constreñía a leer en su cuaderno. Estaba, yo, espantado de su ahondamiento. Lo que había yo dicho era tan cierto que ya no había nada que hacer para atenuar ese golpe mortal. ¿Qué sería pues el mañana? ¿Acaso habría un mañana?8

 

LA MANIOBRA BAJA DESCUBIERTA.

“Al mismo tiempo, los alumnos cuyos nombres iban de la L a la Z tuvieron que hacer su disertación de teología moral y escoger un tema sobre ello en una lista hecha por el Padre Callón. Mi elección se paró de entrada sobre ‘El deseo natural de ver a Dios’.”

El Padre Vimal le procura el policopiado choncho firmado de Joseph Chavasse, teólogo leonense, que trataba ese tema de manera magistral, conciliando “un ‘natural‘ tan fuerte que hubiéramos casi afirmado inútiles desde entonces la gracia y la predestinación divinas, y sobre eso, un ‘sobrenatural‘ tan gratuito, creador y novador, que hubiera importado poco la debilidad del terreno humano en el que se instauraría”. ¡Genial! ¡Ay! De Nantes no fue bien notado. Apenas el promedio. Motivo: “No se le pide resolver por usted mismo cuestiones controvertidas, porque todavía no es, ¡hum! capaz de semejante discernimiento al cual le es menester el habitus teológico.9

¡La injusticia era flagrante, pero el Padre Callón tampoco podía distinguir al insolente que denunciaba sus herejías! No obstante el profesor de dogma contestado fue reemplazado por su superior, el Padre Beaufine, quien se encargó de enseñar el curso sobre la Eucaristía. “Que un superior se expusiera a enseñar cualquier curso era inacostumbrado. Pero así se puso un término a nuestra polémica, cambiando de aire. De un día al otro, el pleito cesó por falta de objeto, por falta de combatientes, a tal grado que hubiéramos creído haberlo soñado.”

Y es gracias a ese mismo Padre Beaufine que el Consejo de los directores admitió a Georges de Nantes al subdiaconado, ordenación que marcara el fin de su tiempo de seminario en Issy-les-moulineaux. Pero esta admisión fue un verdadero milagro. No solamente a causa de serias oposiciones en el seno del Consejo, sino también en razón de una tempestad que se elevó en el alma del impetrante, y por la cual casi abandona todo. No se puede leer sin estremecerse el relato de la trampa ignominiosa que le puso su confesor, el Padre Lesourd, ¡dándole vergüenza de sus pecados pasados recitándoselos de memoria! ¡Cuando lo había absuelto sin dirigirle la menor monición…!

“¿Entonces, estoy perdido? ¡No! Esa voz que conducía amorosamente mi fulgurante carrera en este laberinto, me sopló las palabras que necesitaba para salir de ese apuro, las más sencillas, mientras que le daba vuelta a la chapa: ‘Se lo agradezco, Padre, voy a pensarlo y pedir consejo.‘ Me vuelvo a ver, fuera, libre de irme pero tal vez también… de quedarme.”

Corre hacia el Padre Beaufine, pero la inquietud taladra esta consciencia delicada:

“Mejor dicho que me niego a inclinarme ante el veredicto de mi juez espiritual y que busco otro, de comodidad, que se someta a mi voluntad… Y que voy abusar de la amabilidad de mi querido Padre superior para llegar a mi fin: ¡ser sacerdote! como un medio de ganarle a un destino contrario, no para oír de él lo que es la voluntad de Dios. Si mi plan debía funcionar, he ahí al menos lo que estaré tentado de reprocharme hasta el fin de mis días, habiendo perdido de pasada mi inocencia y mi paz. Si fallaba, ¿iré aún a otro lado, perseguir mi propia voluntad contra todos? ¿me aceptaré vencido por Dios mismo y rechazado por la Iglesia al segundo, o décimo jaque?

“Pero la vocecita contradecía, recordándome que en ningún instante de mi vida había imaginado otro camino, ni resentido la menor turbación o disgusto por esta vocación que no era mía, en mí, soberana y encantadora […]. Finalmente, todo eso, lo voy a encomendar entre las manos de un verdadero Padre; ya estoy en su antesala.”

Toca a la puerta del Padre Beaufine que no quiere oír nada de los pecados pasados, perdonados: “Me deja entender que el obstáculo principal habiendo sido derribado en el Consejo y mi demanda afortunadamente aceptada, ‘a pesar de algunas oposiciones vivas con las cuales había que contar‘, ya no debo volver sobre mi decisión […]. ‘No, no, mi querido Georges, se exclama como ya no aguantando, la verdadera, la única razón que se podría elevar en contra (y entiendo bien que quiere decir: que se ha elevado contra usted en el Consejo… pero eso permanece secreto), sería su maurrasismo. Pero habría que ponerse de acuerdo sobre las palabras. ¡Porque hay palabras asesinas!‘ […].

“Ese derrapón voluntario, de mi camino personal, de tan poco interés, en el área de la ideas me libera de un peso espantoso. ¡Ah! ¡es todavía pues la misma pasión, el mismo sectarismo que me persigue bajo la máscara del director espiritual, hasta en el ministerio sagrado de la confesión. Lo que está en cuestión, es el hombre de derecha, el discípulo de Maurras, el fiel del Mariscal Pétain, el seminarista impregnado de Santo Tomás y no de Lubac y de Teilhard, ¡el devoto de Pío X que todavía no es ni santo ni beato sino difamado, execrado, aborrecido! Y no de Pío XI, de su Acción Católica, asesina, izquierdista y gaulliste[…]! Ah, si por ello que querían, por la banda, correrme, o más bien llevarme a retirarme de mí mismo por razones de consciencia incontables y obediencia a algunas presiones secretas de mi director, no debía ceder. El Padre Baufine, pues, en el Consejo, debía haber trabado la mecánica de esta guillotina, salvándome de una perdida segura; no quería que fuera para verme traer ahí mi cabeza, por escrúpulos de consciencia.”

La crisis no había durado más que un día “y todo estaba restablecido en mi vocación de siempre, para siempre…” Sin embargo le quedara de ello el sentimiento agudo de su indignidad. “Desde ese día el horror de mí ya nunca me soltará.10

Las Páginas místicas lo atestiguan:

“Aspiro inmensamente al descanso porque soy débil y cobarde. Me rio que me imaginen fuerte y tan seguro de mí que cabalgaría las nubes en una loca soberbia… ¡Si supieran que cada mañana debo mendigar a la Iglesia el óbolo necesario de sus oraciones y de sus sacramentos!11

¡Descanse en paz, mi querido Padre!


(1) Mémoires et Récits, t. II, p. 269.

(2) Ibid., p. 270-273.

(3) Ibid., p. 274-279.

(4) Ibid., p. 281-289.

(5) CRC no 6 (suppl.), marzo 1968, p. 18.

(6) Mémoires et Récits, t. II, p. 291-297.

(7) Ibid., p. 304-305.

(8) Ibid., p. 317-319.

(9) Ibid., p. 323-329.

(10) Ibid., p. 337-342.

(11) Página mística no 47,  ¿Qué os procura el bautismo? La vida eterna ”