La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Georges de Nantes.
Doctor místico de la fe católica

7. “EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA”

DESPUÉS de dos años de filosofía, los seminaristas se volvían los ancianos, se instalaban en el Gran edificio e ingresaban ‘Teología’. Ahí, ya no es la razón filosófica que manda, sino la Revelación divina explicada por la Iglesia. “Ya no era un labor, sino un recreo y, mejor dicho, ¡una contemplación permanente! […] Estábamos a la escucha de la Iglesia y, por ella, de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, Dios él mismo.1

EL DOGMA DE LA FE CON EL PADRE GUILBEAU.

A partir del día de Todos los Santos, el nuevo y joven profesor de dogma, el Padre Guilbeau, empezó el tratado de la Santísima Trinidad. Antes de abordar su parte especulativa, fue necesario entenderse sobre la definición de las palabras, cuyos debates dogmáticos de los siglos pasados habían dado las definiciones: naturaleza, substancia, hipóstasis, persona

“Al final de la clase, es una costumbre sulpiciana, los alumnos pueden hacerle preguntas al profesor. Cuando llegó mi turno, le pregunté al Padre Guilbeau cómo esa misma palabra de persona podía evocar dos ideas tan diferentes que parecían opuestas, y hasta contradictorias: la que nos había enseñado aquella mañana, que venía de una tradición filosófica más que milenaria, caracterizando el individuo humano por su incomunicabilidad, y la que había sacado anteriormente de la tradición eclesiástica, de los Padres griegos, de San Agustín, que definen a las Personas divinas como relaciones puras, ‘relaciones subsistentes’. ¿Acaso ‘subsistencia’ y autonomía no eran términos inconciliables con ese don total, esas ‘procesiones’ que constituyen a las tres Personas en Dios?

“Guardaba silencio. Tuve miedo de haberlo lastimado y balbuceé disculpas.

No, no, me respondió, no estoy seguro de la respuesta que quisiera darle. Es difícil. ¡Es el punto oscuro, el misterio! Tal vez habría que decir que ese don particular, esa relación que es la propiedad de cada una de las Personas divinas, son precisamente incomunicables a las otras Personas. El Padre no puede dar su paternidad, el Hijo tiene él sólo la filiación… ¿Entiende? Una pura relación puede tener por perfección de ser tan personificante, si me puedo explicar así, que basta para erigir a cada persona ante las otras de manera propia inconfundible…”

“Hablaba lentamente, con la prudencia de aquel que no recita, sino que avanza en la verdad asegurando cada uno de sus pasos. Entendía bien, y sin embargo, insistí:

¿No es perjudicable designar con la misma palabra, en la sociedad humana, el ser independiente, celoso de sus derechos, diciéndose soberano, y en la sociedad divina esas Personas que son y se quieren toda relación, don sin reserva de la una a la otra, pura paternidad, filiación, amor? ¿Acaso no debería haber coherencia, analogía, de una esfera a la otra? ¿Las personas humanas no deberían definirse a imagen y semejanza de las Personas divinas en vez que al opuesto de su admirable perfección?

“Me escuchaba, como inopinadamente sorprendido en esta pista en la que corría yo como un niño irreflexivo.

No sé que contestarle, me dijo en fin. Voy a estudiar ese punto.”

“Admiraba, estupefacto, a este humilde dejando parecer los límites de su saber. Ya era para mí una impresionante lección.

Le hablaré de ello pronto en algunos días…”

“Pero se enfermó, y hubo que llevarlo al hospital de Clamart y operarlo de urgencia. Fuimos a verlo en grupos pequeños, durante su convalecencia, pero su estado empeoraba. Cuando llegó mi turno con otros que le hablaron primero, me miró amablemente y me dijo: “No lo olvido, estoy pensando Es una pregunta muy interesante, pero difícil. Es sin duda la llave…”

“Sonreía, con una mirada de allende en su rostro que el sufrimiento había burilado como un Cristo. Tuve el presentimiento que nunca tendría de él la respuesta a esa pregunta, una pregunta vuelta suya en su diálogo de moribundo con la Santísima Trinidad. Algunos días más tarde, vio lo que buscaba.

“Ese es el drama con el que fui introducido a la teología verdadera. Su peso en gracia no ha dejado de crecer con el tiempo, a medida que esta pregunta hizo brotar en mí una inmensa novedad metafísica y una teología total que desde hace cuarenta años no han dejado de iluminar mi espíritu.2

El fruto de ello será una síntesis extremadamente osada, pero fecunda, parlante y bella: la persona se define no por su autonomía substancial, sino por sus relaciones, y ante todo la primera de todas, su ‘relación de origen’, constitutiva de su dependencia fundamental y amada. El signo de la verdad de esta ‘inmensa novedad metafísica’ es la solución liberadora que aporta a la oposición que la teología tradicional latina erige entre los dos grandes Misterios cristianos de la Santísima Trinidad y de la Encarnación del Verbo:

“Descubría en mi definición universal y analógica de la persona como relación de origen, harmonías y convergencias maravillosas entre los dos Misterios, ¡una continuidad perfecta! El Verbo era, por el hecho preciso de su razón propia de Hijo en el seno de la vida trinitaria, capaz de darse una naturaleza humana según su pura y simple personalidad de Hijo único de Dios… Y después, de Dios al ángel, del ángel al hombre, la noción de persona definida así se mostraba en todos lados reveladora de la más profundo singularidad, inagotable y sagrada de todo ser espiritual, según los dogmas y la moral de nuestra fe católica, como en frente de la razón filosófica la más ceñuda y según los deseos del existencialismo personalista más moderno.3

Tal es la magnífica ley de la existencia que apareció al ojo de águila del joven filósofo y teólogo Georges de Nantes, fundiendo, regenerando, uniendo mística, moral, política, sobre estos lazos vitales, estos nudos fecundos de paternidad y filiación, de amor conyugal, de familia, de nación, de profesión y finalmente de caridad, por el Espíritu Santo y la Iglesia, en el Corazón mismo de Cristo que quiere ser todo en todos para llevarnos todos al Padre, origen y fin. Esas sublimidades hacían las delicias de sus contemplaciones místicas, echando fuera las falsedades del subjetivismo moderno: derechos humanos, dialéctica del amo y del esclavo, personalismo pretendido cristiano.

LA TEOLOGIA MORAL CON EL PADRE HAMEL.

Los seminaristas volvían a encontrar, en teología moral, a su querido Padre Hamel: “No me puedo acordar de él sin reírme. Con una risa silenciosa, del fondo de la garganta y cerquita de la emoción, sin poder reprimirla. Ay de mí si su cara serenísima de Normando me vuelve a los ojos, o si una de sus malicias a la mente… ¡durante la misa!”

Algunos episodios relatados con un arte consumido vuelven esa risa comunicativa. “Le gustaba sorprender y divertir finamente a la galería. Un día, el Padre Masclafier iba a París. En la calle alcanza al Padre Hamel que, con su breviario bajo el brazo, se dirige tranquilamente hacia la estación del metro Petits-Ménages, actualmente Corentin-Celton bonito como el hormigón. Cortés, el Padre Masclafier le ofrece un boleto. Pero nuestro prestidigitador se lo devuelve:

Gracias, ¿para hacer qué? ¿Usted paga el metro? Qué chistoso… ¿Yo? No, nunca.

¿Pues cómo le hace? ¿Está inscrito?

Oh no, no vale la pena.

¿Lo dejan pasar?

¡Claro! ¿No se sabe el truco?

“Y este querido cofrade cayendo en el garlito se informa de ello…

¡Oh, es muy sencillo! Mira a los ojos al taquillero y le dice: ¿Qué tal? y lo deja pasar

“Y agrega con cara de bobo incapaz de otra cosa:

Ni que fuera tan complicado…”

“Masclafier, desconfiado, lo sigue pues de cerca cuando llegan al torniquete. Lo ve levantar ligeramente su breviario e intercambiar una mirada de connivencia sin decir nada, ¿o entonces qué contraseña? ¡y, sin pagar! pasa. Él, no se atreve hacer lo mismo, da su boleto y alcanza a su director espiritual:

Ya ve, es sencillísimo.”

“La historia da la vuelta al seminario. ¡Otro desmán del Padre Hamel! y todos de morirse de risa, sin que nadie encuentre la llave de esta segura mistificación. La prueba, ¡ninguno de nosotros se atreverá a tratar el sistema! Sabremos el secreto más tarde y nos reiremos una vez más con toda el alma. ¿No han adivinado? Sin embargo es muy sencillo. El Padre Hamel iba a París cuando, ya en el malecón, se da cuenta que se le olvidaba su breviario. Vuelve atrás, habiendo avisado humildemente de la cosa al taquillero. Volvía al metro tranquilamente cuando un pichón lo había alcanzado. En menos tiempo que se necesita para decirlo, nuestro mistificador había armado su desmán y todo el seminario había caído en la red como nuestro buen Padre Masclafier! Sin embargo sus ardides y bromas no siempre le salían tan alegremente en todas las circunstancias y durante el año, tuve con él algunos agarrones que permanecieron legendarios.”

Porque “el fruto de las aventuritas de mi tercer año con el Padre Hamel es más grande de lo que se imagina uno. Un sacerdote no es echado en la vida sacerdotal como un niño expósito. Permanece el hijo espiritual y el discípulo de los directores de seminario que lo formaron y a los cuales está así ligado por mil recuerdos, enseñanzas y consejos, afecciones también, a veces amonestaciones. Y los Padres que le dejan la herencia más duradera y más fuerte son ciertamente aquellos con los que tuvo algunos buenos agarrones, donde la afección trae la estima, y las ingratitudes pasajeras un reconocimiento sin fin.4

Los capítulos siguientes ofrecen una maravillosa ilustración de esa verdad universal: “Aún no podía entender únicamente por los libros. Necesitaba primero la enseñanza oral de maestros, de iniciadores.”

EL HEBREO CON EL PADRE CAZELLES.

“La gran novedad de este tercer año fue para mí el estudio del hebreo en curso facultativo. Todos los que tuvieron esa suerte seguramente se acuerdan de su emoción al abrir su Biblia hebraica con caracteres tan bellos, tan majestuosos que ornaban miríadas de puntos, líneas, señales misteriosas. Ese impacto de la desorientación lingüística, ya lo había sentido, niño, durante mis primeras clases de griego. ¡Qué encantadores los caracteres griegos todo en elegancia y preciosidad, qué rígidos y claros son los romanos! ¡Pero los hebreos están llenos de poder y de gracia! Ese impacto se inflaba más con la impresión sagrada de entrar como cosa natural en esta gran y temible religión mosaica de donde sacamos nuestra primera savia, nuestras raíces. Mascullaba, con embriaguez sus primeras palabras: ‘be-réshît bara èlohîm ét hashmayim we–ét ha’arèç”…

“¡Inolvidable iniciación sagrada! El Padre Cazelles, ese sabio, no desdeñaba dirigir estos balbucidos de cada nueva generación en la que esperaba encontrar algunos reclutas para la ciencia a la cual consagraba toda su vida… Paralelamente, después de los Libros históricos, aquel año nos enseñaba los Profetas. Era apasionante leerlos, no de corrido, en lo intemporal, sino en su orden cronológico tomando en cuenta su contexto político y religioso, todos manifestando el pensamiento, la voluntad de Dios sobre su Pueblo elegido: ese gran designio que lo lleva con bendiciones y maldiciones, desvíos y regresos, amor e iras, siempre con más misericordia, al Mesías prometido, al Reino esperado. El Padre Cazelles andaba lentamente escavando el sentido literal, sin ahorrarnos ninguna objeción, ninguna dificultad. Y nuestros conocimientos rudimentarios del texto original, en su pobre vocabulario hebreo, aleatorio, fácilmente simbólico, siempre dependiente del rico concreto de un vivir de día a día, ya nos era una gran ayuda para aclarar y saborear el primer sentido, original, de tantos textos litúrgicos nunca entendidos bien. Estaba en efervescencia continua durante esos cursos, anotando todo y oscureciendo mi Biblia de Crampon con notas marginales…”

El Padre Cazelles discernía en Georges de Nantes un alumno abierto a las nuevas vías, científicas, repudiando “definitivamente el integrismo y el modernismo, despachando las dos cosas, aquí la razón elevándose en maestra y enemiga de la fe, y ahí una fe mal entendida, despreciando la inteligencia científica y huyendo la lección directa de los textos revelados.

Me encontraba conducido in medio Ecclesiae, en ese hermoso centro del gran río milenario de la santa e infalible tradición de la Iglesia saciándonos con la Palabra de Dios, viva y verdadera.5

CON EL PADRE GAUTIER, LA HISTORIA TOMA UN SENTIDO.

Las clases de historia con el Padre Gautier “agasajaban mi insaciable curiosidad, pero lo que contaba y revivía, él, estaba tan lejos de mí que mi admiración de ello permanecía fría y formal”, hasta el día en que evocó “el repentino ímpetu del orden cluniacense en plena anarquía feudal de los últimos tiempos carolingios”. ¡Qué impacto!

“909, 911 nunca más saldrán de mi memoria.”

En 909, “Guillermo de Aquitania, Conde de Mâcon, tuvo la idea nueva de obsequiar el nuevo monasterio y sus tierras en don perpetuo a la Santa Sede, substrayéndolos así a las codicias, usurpaciones y opresiones de los señores de los parajes, de los obispos, ¡y tal vez algún día del rey mismo! Acción política genial inspirada por un sentimiento fuertísimo de la supremacía universal del Pontífice romano, gracias a la cual Cluny va tomar el frente del renacimiento benedictino en toda la Cristiandad y volverse, para el año mil, ese bosque de pilares y columnas que sostendrán el prestigioso edificio del orden feudal y real, más que francés, menos que imperial, europeo.”

En 911, el tratado de Saint-Clair-sur Epte cambiaba a Rollón y sus vikingos devastadores en corderos por el don de la Normandía en feudo perpetuo, “iniciativa de Carlos el Sencillo llena de audacia, después de que, no sin la maravillosa ayuda de Nuestra Señora, el duque Roberto los haya derrotado en plena Beauce mientras que el obispo de Chartres levantaba bien alto la preciosa reliquia de la ‘Camisa de la Virgen’ ¡y que una tormenta acababa la dispersión de los paganos! De resultas, Rollón, repitiendo el gesto de Clodoveo, pidió el bautismo para él y todo su ejército, ¡entrando así por la gran puerta en la comunidad francesa! […]

“¡Así pues había nacido el orden católico y francés que estábamos aún, después de mil años, defendiendo, conservando, y soñando de restaurar y extender en el mundo! Era como un hombre volviendo a encontrar en un valle perdido los hogares devastados de sus ancestros.”

En efecto, Cluny está situado ‘Entre Chônas y Glux’, título de un capítulo ardiendo de entusiasmo de sus Memorias y relatos: “A partir de 909, la Historia me habla, me corresponde y me llama, me alumbra y me ayuda. Cluny está en el camino de Chônas a Glux, el de nuestros traslados infantiles, entre el castillo de mi padre y el de mi abuela. Su historia es la de mi universo; pasando apercibí sus campaneros salvados de la ruina. Y por dicha, la gran idea de sus abades de leyenda, Odón, Mayeul, Odilón, pertenecen a la visión que me fue inculcada de nuestro orden católico y francés, como su clave de arco.6

Sus cofrades ellos mismos parecen haberlo entendido puesto que apodaron a de Nantes ‘Hildebrand’, nombre del monje cluniacense quien, vuelto Papa con el nombre de Gregorio VII, fue la clavija maestra de la Reforma del clero en el siglo once y el heroico defensor de los derechos de la Iglesia y su libertad ante el emperador de Alemania Enrique IV.

“¿Acaso parecí estar demasiado entusiasta del prestigioso cluniacense? ¿No había más bien irritado un cierto laicismo latente en varios de mis cofrades que venían de liceos o secundarias, a lo mejor aún de seminarios menores, en los que Canosa les había sido contado a la gloria del emperador laico oprimido por el clericalismo de un monje fanático, al aplaudir con toda mi alma esta tesis gregoriana de la soberanía pontifical sobre todo orden humano, episcopal tanto como imperial? El caso es que durante un tiempo fui disfrazado con el apodo, que no me era más que demasiado glorioso, de Hildebrand. ¡Y que San Gregorio VII me lo perdone, no logré resentir por ello ni estorbo ni vergüenza!7

Mismo “entusiasmo vibrante por San Bernardo” arrastrando “una nueva oleada de bromas, para nada malvadas pero burlescas […]. ¡Esa mística del Cantar de los cantares, esas Cruzadas, esa persecución de la herejía, esa tenacidad contra Abelardo, esa rabia contra Pedro el Venerable juzgado demasiado tibio”, parecían desuetos a los cofrades, y los dejaban fríos, “cuando con todas mis insaciables sedes bebía del cántaro, con avidez, esa vida, ese ardor, palpitando con esos santos entusiasmos, con esas iras, con esa poesía mística, sin dejar caer una sola gota de ello, y con ello alimentando mi joven existencia! Ahí oí una lección para hoy pero, en nuestro clima nuevo de 1946, parecía el único.

“Desde aquellos lejanos años, recorrí mucho, con felicidad, esa cuna de nuestra cercana Cristiandad, de La Chaise-Dieu à San Dionisio, de la Gran Cartuja a San-Remigio de Reims, de Cluny a Fontenay y a Claraval. En sus solitudes, en lo profundo de sus bosques jubilosos de hayedos y robles inmemorables, evoqué sus antiguas reglas y costumbres. Bajo las bóvedas bajas de las iglesias romanas que construyeron en los pueblos que aún existen, todo igual como en su época, me sentí ligado a través de las generaciones a los fundadores de nuestra Iglesia y de nuestra monarquía tan cristiana, y adoptado por ellos, mi hogar en su hogar […]. No vivo mil años atrás como por ello me echaban pullas mis cofrades. Vivo de esos mil años que construyeron mi universo – y el suyo, ¡ay! que los deja indiferentes al menos que les sea extraño y enemigo –, y que le merecieron de Dios y de su Cristo sobrevivir. De ahí saco toda mi sabiduría, a sus ciento cincuenta verdades y bondades, bellezas humanas y cristianas, o por decir mejor monásticas y monárquicas.8

¡YA CONTRA LA REFORMA!

“¿Es necesario evocar, después de ello, un año más tarde, el impacto contrario, tan vivo pero doloroso que sentí”, cuando el mismo profesor contó Lutero?

“De esos cursos tampoco perdí una palabra, ninguna inflexión de voz, y de ello no olvidé nada. Mi odio de ese monstro de soberbia y sensualidad, la una y la otra sin frenos, sin querer capitular la una ante la otra, y volviéndose entonces contra la fe, contra la ley, contra el sacramento de Cristo para tallarse para sí un reino… ¿Acaso hay algo más asqueroso, más escandaloso, más catastrófico para el genero humano? Así la voluptuosidad la más abyecta, la más solitaria, y la soberbia bárbara del individuo prefiriéndose a todo el orden humano y divino que contesta y sueña con pulverizar, ¿iban a instalar su matrimonio de la mano izquierda ahí donde, durante siglos, habían reinado la castidad, la humildad y la dulce amistad fraterna?

“Había conservado intactos, enriquecidos con lecturas constantes mis recuerdos, mis admiraciones, mis amores a los santos Hugo de Cluny, Bernardo y Norberto, Bruno y Francisco, Tomás, Buenaventura… No podía abarcar sus pléyades luminosas. Y he ahí que este monje grosero, licencioso, mal hablado y con palabras vergonzosas, haciéndose maestro del Evangelio y único juez de la fe y de la disciplina, ¿iba manchar todo, volcar todo, sin que nada se oponga a él victoriosamente?

“¡Nunca, no nunca más la Cristiandad gozaría de la paz, de la unidad, de la pureza de las costumbres y de la claridad de los dogmas, sin división, sin contestación, sin guerras sangrientas y persecuciones! De ello sentí en el momento la mordida del odio contra este hombre inmundo levantado contra todo un mundo para arruinarlo en nombre de una salvación ilusoria. Desde entonces no he renegado nada de ello. Fue muy necesario que mi indignación interior se calme, que mi odio contra este herético muerto desde hace cuatro siglos, de sofocante se vuelva solamente vehemente.

“Celebrábamos en ese entonces, en nuestro mundo vuelto anglosajón, el cuatro centenario de su muerte, el 17 de febrero de 1546. Lo que había dicho de la Alemania pasada a su Reforma, se volvía la triste, la nauseabunda realidad de nuestro mundo liberado, de 1946: ‘Si quisiéramos pintar Alemania, habría que hacerla como una marrana; pero puesto que ahí estamos, hay que llevar su pena.

“¡Ah! no, nunca me resignaré a vivir bajo la Ocupación de semejante barbaría proclamada evangélica, nunca preferiré su caos absurdo, su cruel fanatismo y su hipocresía de piedad mezclada de vicios, a la pura verdad y bondad y belleza de nuestro orden católico y francés…9

EL VERDADERO DISCIPULO.

Las vacaciones, durante el verano de 1946, fueron la ocasión de poner en obra este apego al orden católico y francés, primero por un ‘campamento en Forez’, con los niños aprendices vidrieros de Veauche, encabezado por un sacerdote del Prado. Aventuras y encuentros sabrosos, contados con una sorprendente precisión después de tantos años10. Apostolado sencillo y fructuoso, en el cuadro de esta institución donde se practicaban jovialmente las consignas del santo fundador: “Entre más somos pobres, más somos útiles al prójimo. Entre más estamos muertos, más damos la vida. Hay que volvernos un buen pan.”

Era una costumbre, como ‘deber de vacaciones’, componer un sermón que pronunciar para el regreso a clases, en el refectorio “en plena comida, ante un auditorio, compuesto por, el cuerpo profesoral al completo, que no perdía ningún bocado, ninguna frase. A la derecha y a la izquierda, las mesas de nuestros queridos cofrades comiendo con un gran ruido de cubiertos. ¡Había que despulmonarse para hacerse oír, y alcanzar el arte perfecto para ser escuchado! Era una manera divertida e instructiva de hacer nuestras clases de elocuencia sagrada sin perdida de tiempo. En la noche, al principio de la ‘lectura espiritual’, el superior daba su juicio, esperadísimo y a veces agriamente discutido […].

“Una lista de temas era fijada en junio, y cada uno podía escoger. Uno de ellos me conquistó. Era la palabra de San Pedro a Nuestro Señor, cuando todos lo abandonaban después del discurso sobre el Pan de Vida: ‘¿Señor a quién iríamos? Tú tienes las palabras de vida eterna, y nosotros sabemos y creemos que tu eres el Santo de Dios.’ Pero me vino a la mente tomar esta palabra magnífica para dirigirla a la Santa Iglesia, nuestra madre. El Padre superior pareció sorprendido por ello, claro era sorprendente pero consintió a ello tan pronto.11

De regreso a Chônas, después de la colonia pradosiana, “me puse a trabajar en ello lo que no me pidió ninguna pena.

“¿Pero por qué diablos haber transferido a la Iglesia de hoy las palabras de fidelidad heroica del Apóstol a Cristo abandonado por todos en la tarde de Cafarnaúm, en el recodo de su vida pública? Este recuerdo me vuelve; lo había olvidado demasiado por la atención que daba a esa continua felicidad en la que estaba en aquellos tiempos de estudiar, de rezar, de vivir en ese magnífico seminario. Todo no iba de lo mejor en aquellos años de 1945–1946. Cómo sabré evocar esta raja que se volvió quebradura y estuvo a punto de volverse en fractura dramática cuando, justamente, la palabra de San Pedro me fue una luz sobre lo que debía pensar, decir y hacer.12

La raja se produjo después de una dura altercación con el Padre Lesourd, su director espiritual en lugar del Padre Rabeau; y la quebradura vino con Mons. Ancel al término de la cual Georges de Nantes dejo “de ser del Prado, y él mismo de conocerme”. Esos golpes sigilosos y esas intimidaciones crearon “un sentimiento vago de inseguridad personal y de instabilidad general, muy contrarias a lo que en el mismo momento”, esos padres de Saint-Sulpice se esforzaban de inculcar a sus alumnos “sobre la Santa Iglesia, roca de la fe, columna de verdad, monumento de fidelidad a su divino Fundador. Es durante aquellos años de 1945-1946 cuando vi a casi todos mis cofrades deslizar en el progresismo y el reformismo, sin que se den cuenta de la alteración de su carácter ni del desvanecimiento de sus convicciones anteriores. Se imaginaban que avanzaban en santidad y entraban más en el espíritu de la Iglesia, a medida que pensaban menos por sí mismos y aceptaban todo. No me sentía absolutamente solo pero peligrosamente en punta, ante las tempestades cercanas.13

¡OH SANTA IGLESIA CATÓLICA!

“Y heme ahí ante mi papel, en la inmovilidad de las grandes jornadas de calor y de solitud de Chônas. El seminario está lejos. Escribo…”

Conservamos en la Maison Saint-Joseph el manuscrito de este memorable sermón, premonitorio: “Mostrar que le debemos a la Iglesia esta fe llena de confianza y aliento que los Apóstoles le dieron a Jesús.

1. Confianza que renuncia a las seguridades humanas. Como San Pedro creyó a pesar de la incredulidad general, nosotros también tengamos confianza para resistir al pecado y a la tentación de recelo.

2. Valentía para volverse cada día más hijos dignos de la Iglesia; entreguémonos valientemente a la salvación del mundo. Conclusión: Satanás ya es echado fuera por los sufrimientos y las humillaciones de la Esposa de Jesucristo.”

“Es como una carta a mis Padres y a mis cofrades que pronto deberé declamarles desde lo alto del púlpito. Sé lo que les quiero decir: Son la Iglesia, queridos hermanos míos y Padres míos. Tuvimos algunos pequeños y grandes pleitos, no sé la gravedad que les atribuyen. Veo bien que mi porvenir se juega en este momento. Pero se juega también el vuestro. Están en plena evolución hacia otra cosa, y no sé si no nos perderán y no están perdiendo con nosotros a la Iglesia, al menos nuestra Iglesia de Francia. Pero eso no cambia nada a la substancia de los bienes que tenemos en divina herencia. ¿Oh Iglesia católica, a quién iría, a quién iríamos? Sois Vos quien tenéis las palabras de vida eterna. Y sabemos, y creemos que sois la cosa de Dios, la obra del Señor, su Esposa bien amada, su santuario.

Volveré pues al seminario, sabiendo que encontraré ahí aún muchos obstáculos y que sin duda les daré todavía mucho pesar, que les causaré muchas preocupaciones, que los lastimaré mucho todavía. Sepan, al menos sepan hoy que aquí, y aquí sólo donde la Providencia me guio, cerca de vos, en este seminario, es para mí el camino de la Vida eterna.14

Al opuesto de algunos cofrades con ideas avanzadas, que “salían con pena de sus vacaciones y se daban cara de arrastrar los pies para volver entre nosotros”, Georges de Nantes no tenía el sentimiento que el seminario era un sitio irreal o facticio. “Esa idea siempre me pareció impertinente: si lo real ya no es real, ¿dónde estará lo real? El seminario mayor de Issy era en efecto el lugar ideal para entrar en relaciones íntimas y frecuentes con el Cielo y sus habitantes, ya es mucho, casi tan asiduamente que en un monasterio. Como también con el pasado de la Cristiandad y sus multitudes humanas por los estudios que proseguimos ahí sin tregua, y tal vez mejor que en las escuelas superiores; en fin con esos dos o tres cientos jóvenes y sus directores sulpicianos cuyo carácter, ideas, aventura espiritual atentamente observados, durante cuatro años constituían una materia amplia y particularmente rica, con reflexiones instructivas y sabrosas sobre la naturaleza humana y las maravillas infinitas de la gracia. ¡No había ahí de que aburrirse, y ahí nada facticio!15

CONTEMPLACIÓN EUCARISTICA.

Lo mejor que queda de su cuarto y último año en Issy-les-Moulineaux fue el estudio del tratado De la Santa Eucaristía. Discípulo ferviente del Padre Chevrier, –“¡Oh Verbo, oh Cristo, qué bello sois, qué grande sois!”– y del Padre de Foucauld, incansable adorador de Jesús-Hostia, Georges de Nantes no podía sino adherir con dicha a la exposición de este ‘Misterio de fe’ del cual vivía desde su joven edad.

Sin embargo la explicación rigorosamente tomista de la transubstanciación lo dejó con hambre:

“El Padre Baufine repite palabra por palabra a Santo Tomás. Todos los accidentes, forma o figura, color, sabor, estado liquido del uno, solido del otro, no pueden subsistir en semejante cambio de substancias sólo si encuentran un cierto apoyo y una cierta cohesión el uno en el otro, o más bien todos en el más considerable de ellos, del cual podríamos imaginar, no obstante con prudencia, que se vuelve de ellos un substituto de la substancia desaparecida, una casi-substancia, que juega el papel de ello sin serlo verdaderamente. Baufine transpira con este esfuerzo y no quiere esconderlo. Este accidente mayor es, enseña Santo Tomás, la cantidad o, si nos atrevemos a avanzar más adelante, la materia en la medida en que no es nada más que una potencia de ocupación de un cierto espacio, permitiendo la localización estable de un objeto constante en su ambiente. En lenguaje escolástico, la quantitas dimensiva

“La palabra soltada, se para un instante para permitirnos asimilar esta difícil noción. Pero espera que nadie levantará la mano y que saltará el obstáculo sin tropiezo. Porque evidentemente esta cantidad, que ya no tiene forma específica ni substancia portadora, ¡el pan, el vino dejando de ser! y que no obstante persiste a sostener las otras cualidades o especies del pan y del vino desaparecidos, ¿ella misma, quién la retiene de hundirse en la nada? ¿quién o qué le da de ser aún y de sostener el resto? Es ahí, prosigue Baufine, que Santo Tomás hace intervenir la Omnipotencia divina. A partir del momento en que el pan y el vino dejan de ser, el conjunto de los accidentes del uno y del otro, mantenidos ligados por su materia localizadora, no persisten en el ser más que por la mano de Dios, o sea: por milagro… Se enjuga el sudor: Ahí está, todo queda dicho.”

El querido profesor confiesa él mismo no entender, pero cree lo que la Iglesia enseña16. Entonces, de regreso a su celda soleada, en aquel precioso día de mayo de 1947, Georges de Nantes escribe lo que era su contemplación –no hay mejor palabra– de este misterio “¡tan sencillo, tan luminoso, tan maravilloso!

“Era como una visión intelectual. Del Verbo divino salían en todas las direcciones del universo, pero de toda eternidad, rayos de pura luz, que eran cuantas palabras creadoras haciendo surgir de las tinieblas, y hasta sacar de la nada, campos de trigo rubiosos, viñas cargadas con pámpanos al infinito. ‘¡Sean vino, sean pan!’ decía el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne, y de las banastas a la prensa, de vid en vasija y en tonel, el rayo de luz pareciendo moverse a medida, eso se volvía vino, y vino de misa en el bello cáliz de oro, mientras que ‘esto’ era hecho por las manos del hombre y la muela de los molinos, harina, pan y hostias en fin sobre mil y mil patenas…

“Anoté, tan pronto, en mi cuadernito, que ese rayo de luz, Palabra creadora, no era una imaginación poética o mística, sino la realidad metafísica primera, principal, el acto constitutivo del ser: ‘Dice, y las cosas son…’ Si vendría a callarse y esta Luz a apagarse, esas mismas substancias, pan, vino, carne, sangre, y todas las otras desaparecerían, volverían a la nada de antes del Origen. El Origen, es Él, ¡Dios el Verbo! Así la relación creadora que es la obra divina misma, Palabra salida de la boca divina, es anterior a la substancia y a los accidentes de las cosas, y más real, más estable, definida y localizada que la materia, la famosa materia signata quantitate de este pagano de Aristóteles. Esta ‘relación constituyente’ mantiene al ser completo de la creatura, según el beneplácito del Verbo divino, en tal esencia y en tales accidentes…

“Es ese rayo de luz, portador de ser, quien de la boca del Verbo da su materia y su forma, su substancia y sus accidentes a ese pan como a ese vino que el sacerdote considera, sobre los cuales extiende las manos en señal de sacrificio y que va consagrar por la fuerza de las palabras que ese mismo Verbo divino, Jesucristo, le mandó decir en su Nombre para que operen por su virtud y omnipotencia creadora…

“ ‘Hoc est enim Corpus meum Hic est enim calix Sanguinis mei…’ dice el sacerdote con una voz vuelta soberana por el Orden divino. Con esta palabra sacramental, una junción se hace entre diversos rayos de luz creadora salidos del Verbo Encarnado, y los seres que los acaban se acercan hasta fundirse los unos en los otros: su propio ser escapa a las hostias cuya substancia desaparece, siendo cogido y absorbido por el Cuerpo de Cristo, y del mismo modo el ser del vino se entrega en su desnudez de creatura a la substancia de la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre. La fuerza de este cambio reside en la Voluntad creadora, su cumplimiento en el rayo de luz original que es toda Palabra salida de la boca de Dios; la mutación ordenada se produce en las esencias o naturalezas, del Cuerpo que sucede al pan, de la Sangre que se substituye al vino. Eso ya es un cambio total según Aristóteles, pero para el cristiano permanece estable esta relación de origen, constituyente, y la pura existencia que es su término, entregada a través de todo cambio aun substancial a obedecer a su único Creador. Y esta divina Voluntad de Jesucristo manifiesta suficientemente su intención cuando, echando el pan, echando el vino, le ordena a su Cuerpo, a su Sangre, de no obstante conservar y revestir sus accidentes o especies para parecer lo que en esta ocasión quiere ser para nosotros, como nuestro pan por su carne, como nuestro vino por su sangre, en una manducación y una fusión de seres inefable, llena de amor.17

Compuesto por semejante doctrina, no es en vano que escribirá en nuestra regla diez años más tarde: “Que la fragancia de la Eucaristía los impregne a tal grado que ninguna acción, tan alejada de su vida de ermitaños que sea, pueda despojarlos de ella.” (Art.16)

El seminarista de veintitrés años creía entonces “que semejante esplendor metafísica arrobaría fácilmente a toda la Santa Iglesia, aumentando la devoción hacia la Presencia eucarística y el santo deseo de la comunión frecuente a Jesús”18. Quería al Padre Beaufine porque “transfundía en nosotros, en el gota por gota de sus cursos”, todo junto su amor a la “divina María” y su adoración de la Santa Eucaristía19.

El Padre Osty era, él, “un apasionado de Pablo, Apóstol de Cristo.”

SAN PABLO CON EL CANÓNIGO OSTY.

Descripción pintoresca de dicho canónigo: “¡Qué hombre poco común! ¿De dónde le venían esa atracción, ese entusiasmo que suscitaba, esa alegría que encendía hasta en las caras más gruñonas desde el momento en que aparecía entre nosotros? ¿Acaso era su humanismo erasmiano, poniéndolo de acuerdo con la Naturaleza en todas las temporadas? O bien sus orígenes lozerianos, no sé. Es cierto que todos aquellos que nos descienden en nuestras orillas del Rhône, desde los rudos confines de la Margeride y del Vivarais, están rellenos de inteligencia viva, de fuerza de carácter, de poesía y de bondad. Era el primero de una larga serie de grandes Cevenols con los que tendré en mi vida la dicha de tratar […].

“Su enseñanza versaba, aquel año de 1946 donde hemos llegado, sobre las Cartas de San Pablo de las cuales acababa de publicar una nueva traducción, muy elegante, en las ediciones Siloé. No obstante su portada era vulgar. A los que se sorprendían de ello, se excusaba graciosamente: ‘El niño es mío, decía, y me da gusto que os agrade; es mi editor quien lo ha envuelto en pañales, ¿qué quiere que haga? ¡Su gusto no es el nuestro!’ Así se acomodaba de las pequeñas y grandes contrariedades de la existencia… Entonces, tomaba a su ‘niño’, lo abría a la página en la que habíamos llegado y, sin ningún apunte, yendo y viniendo como un actor sobre esa estrada amplia que llenaba con su presencia, leía, versículo por versículo, el texto de San Pablo y haciéndonos el sabio comentario, en una explosión espontanea, rápida, esmaltada con bromas exquisitas, su voz áspera y cantante manteniéndonos bajo el encanto y aún más su inteligencia brillante que no nos dejaba respirar. Agreguen que tenía singulares chuscadas de gestos, ojeadas, y hasta algunos sobresaltos de las carrilladas y enfaldadas de las alas de la nariz como eso se admira en los jóvenes conejos, que nos hacían llorar de risa hasta en los desarrollos más serios. En fin, era un placer del cual no hubiéramos dejado escapar una sola gota.

“Eso no hubiera sido más que vanidad de un profesor prestigioso, si ese flujo de palabras y esa mímica impagable no hubiera servido a uno de los hombres más extraordinarios de la historia universal, uno de los más grandes creadores de ideas y aventuras, y uno de los místicos más seguros de todos los tiempos. El ‘Padre Osty’, como lo llamábamos sin que tuviera por lo tanto nada de un religioso, ni la ascesis visible ni el encogimiento de la atención sobre su vida interior, no era de esos biógrafos que comenten el error de asimilarse y dejarse igualar al personaje que cuentan. Él, al contrario, distanciándose de él, se oponía a él, como el pintor con su tema. Era Saulo de Tarso, el furioso perseguidor de los Cristianos vuelto el Apóstol de Cristo cerca de los Gentiles, de quien se hablaba, y de ninguna manera de sus estados de alma de él, el canónigo Osty, del cual nunca sabríamos nada. Durante un año, nos haría visitar a San Pablo al paso de ataque, tantas maravillas había que descubrir de él, como un arqueólogo hace revivir la Roma antigua o Pompeya para un grupo de gente de cualidad. Solamente, ¡todo está en la manera! No me imagino otro moderno más que un Erasmo o un Tomás Moro, para penetrar tan adelante en el arte del retrato, en la comprensión de la obra y el conocimiento íntimo del genio.

“Iba directo a lo esencial. Leía su texto y debatía libremente de su traducción ante nosotros, como un primer chorro, pasando así de las palabras a los objetos. Bajo su impulso, el texto hablaba un lenguaje nuevo; confesaba su secreto, como olvidado y repentinamente encontrado. Ahora bien no era como cuando nuestro Frère Bruno traduce tan precisamente el Corán que no subsiste ahí nada de la leyenda mahometana con la que se disfraza desde hace trece siglos.

“¡Al contrario! El Padre Osty, a medida que íbamos, nos daba a conocer en detalle, y sin discusión posible, la vida del Apóstol, año por año, sus increíbles labores, sus viajes, sus debates teológicos, sus arrebatos en la afección como en la cólera, ¡santas afecciones, divinas cóleras! Era un contacto directo, y decisivo, de cada uno de nosotros con este ser de carne y de sangre, de vigor, de voluntad, de corazón ardiente y de especulación, fuera de serie. Era necesario que el profesor fuera también, ¡fuera de serie! Bajo el forzamiento de la ciencia, ya no había medio para dudar de la certitud de los eventos, así como los más grandiosos como los minúsculos que sacaba de su texto griego original, como en las batidas se le levantan de los matorrales todo tipo de caza que se echan literalmente a las piernas. Tan ciertos el manto y los rollos de las Escrituras olvidados en Tróade, como la resurrección por el Apóstol en ese sitio, del joven adormecido en el borde de la ventana y caído en el patio. Tan ciertas las éxtasis como las lapidaciones, y la increíble odisea del Apóstol, viejo prisionero de Cristo, sobre el mar desatado durante el invierno del año 61, como la aparición de Jesús, fulminante, sobre el camino de Damasco al joven Saulo de Tarso treinta años antes, sí, ¡el año 31!

“Ninguna hesitación, ningún escepticismo, ningún reduccionismo racionalista en nuestro Padre Osty, ocupado solamente de la verdad. Cuando el texto está ahí, en sus matices, en sus detalles que no se inventan, sus embrollos de encuentros, de sentimientos, de confrontaciones de ideas, de topes de caracteres, de eventos inesperados de los cuales ya no tenemos la llave, no puede ser una novela, ¡es la vida! Ahí donde Guitton pesaba el valor de los testimonios y balanceaba entre la plausibilidad del hecho y su improbabilidad, sin concluir francamente, el Padre Osty nos hacía tocar con la mano, ver con nuestros ojos a San Pablo en Éfeso, en Corinto y entre sus querido Filipenses. Ninguna descripción de los países cruzados, de las poblaciones encontradas, de las ciudades; ningún folklore lo interesaba. Para él, evidentemente, lo que cuenta, es el hombre y su carrera apostólica, tal como en fin la historia no ha conocido semejante a esa.20

El joven seminarista ya no juraba más que por San Pablo, ‘¡tu San Pablo!’ como le decía con un grano de afectuosa ironía su abuela, la marquesa de Verclos. A imitación del Apóstol ardiendo de celo por el Evangelio de la gracia de Cristo y sin tolerar la menor corrupción de la Verdad divina, Georges de Nantes pronto se vio atrapado en una trágica y formidable confrontación. Tan cierto es que los místicos son tan fuertemente polemistas, porque no permiten que toquen el tesoro divino que hace toda su felicidad y que saben necesaria a la salvación de los hombres y del mundo.


(1) Mémoires et récits, t. II, p. 157-159.

(2) Ibid., p. 161-163.

(3) CRC no 170, octobre 1981, p. 11.

(4) Mémoires et Récits, t. II, p. 165-176.

(5) Ibid., p. 179-186.

(6) Ibid., p. 189-191.

(7) Ibid., p. 192-193.

(8) Ibid., p. 194-196.

(9) Ibid., p. 196-197. A propósito de Lutero, las convicciones del Padre de Nantes no cambiarán, cf. CRC no 4, enero 1968 ; CRC no 94, julio 1975 : “ Humanisme, Réforme, Contre-Réforme ”. [Humanismo, Reforma, Contra-Reforma]

(10) Mémoires et récits, t. II, p. 199-213.

(11) Ibid., p. 215-216.

(12) Ibid., p. 217.

(13) Ibid., p. 224.

(14) Ibid., p. 224-225.

(15) Ibid., p. 235-236.

(16) Mémoires et récits, t. II, p. 248.

(17) Ibid., p. 247-251.

(18) Ibid., p. 352.

(19) Ibid., p. 344.

(20) Ibid., p. 263-267.