La Contre-Réforme catholique au XXe siècle
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Georges de Nantes.
Doctor místico de la fe católica.

4. “ISSY, PARA MÍ, ES Él.”

EL 1º de Octubre de 1943, Georges de Nantes entraba en el seminario mayor de Issy-les-Moulineaux, con un indescriptible entusiasmo, y para ahí “ya no conocer el menor minuto de decepción ni de incertidumbre durante cuatro años1 ”. El tomo II de Memorias y Relatos es un testimonio incomparable sobre el estado de la Iglesia antes de la “ruina”, para hablar como Nuestra Señora de Fátima.

Acerca de la página sobre la jec, Emile Poulat, especialista en historia de la Iglesia contemporánea, escribía a nuestro Padre que valía bien un tratado sobre la Acción católica. Lo mismo con este relato de cuatro años de seminario (1943-1947), veinte años antes del Concilio (1962-1965). Se ve ahí a Georges de Nantes enamorarse, con un alma de discípulo, de la Iglesia, maestra de Verdad, y preparar a volverse su defensor en la crisis más grave de su historia.

“La oración me coge tan pronto bajo su forma desconocida. Estos doscientos jóvenes, de rodillas frente a su superior y a Dios, responden con sus voces varoniles, fuertes, en cadencia perfecta, marcando las cesuras de las frases con un silencio brusco y total, y volviendo a tomar juntos su recitación. Encuentro ahí todo lo que amo, en orden vivo. ¡Sí, el orden! La virilidad en la oración, la disciplina de las voces, de la actitud, de los instintos que, lejos de constreñir los corazones, les dejan una total libertad de coloquio íntimo y ardores de amor por su único Bien Amado. ¡Me gusta! ¡Ah, cuánto me gusta esta sala, este grupo de cofrades que están ahí por la misma vocación que yo, llenos de emoción!2

Aquellos años de seminario se comparten en dos periodos distintos: antes y después de 1944, que marcan una fractura en la Iglesia de Francia, extendida a toda la tierra por el concilio Vaticano II veinte años más tarde.

1943-1944: BAJO EL SIGNO DE LA LEGITIMIDAD.

“No sé lo que era Issy-les-Moulineaux en el pasado; no me imagino que pueda ser otra cosa de lo que vivimos entonces y que me aparece como una perfección inmutable. El porvenir me enseñará que la instabilidad puede surgir aun en lo que se creía eterno, pero durante ese primer año, me confié a la Iglesia como un hijo a su madre, para recibir todo de ella y de ningún otro que de ella. Eso dicho, inolvidable maravilla, respondió a mi espera, me adoptó por uno de los suyos. Olvido que mi padre paga una pensión, tengo una mentalidad de oblato, estoy dispuesto a aceptar todo. Eso, más tarde, cuando sabré la continuación, lo consideraré como una gracia inestimable.

“Porque viví, recibí mi primera herencia católica y mi primer sello clerical en la Iglesia de siempre, en la ausencia de toda contestación y división, puedo pues decir que soy, de esta Iglesia, el hijo legítimo, el testigo verídico y fiel. Hubiera entrado un año más tarde, no hubiera tenido esa suerte, y sería el garante de nada. Desde el primer día, hubiera sido de un partido, de una facción, y necesariamente contra otros. Ciertísimamente, para mis maestros hubiera tenido cara de oponente. Se me hubiera desanimado, o despedido. Si me hubieran guardado no podría hoy todavía apelar más que a una tradición, a una escuela, a un partido en la Iglesia, lo que no tiene ninguna fuerza. Mientras que apelo a la totalidad católica donde nací a la vida clerical en aquel año 1943-1944, sencillamente, tranquilamente consagrado a la Iglesia y recibido por ella sin reserva. Un cierto partido que pronto dominará podrá pretender que ya existía y no se fiaba de mí, pero era entonces ‘clandestino’. No hay nada clandestino que sea católico, no hay nada católico que deba hacerse clandestino en la Iglesia. Su denunciación es pues nula.3

Desde el día de Navidad de aquel año 1943, todo el combate futuro le fue revelado y recibió la fuerza necesaria para sostenerlo4 .

NAVIDAD 1943, UNA CONVERGENCIA PROVIDENCIAL.

En un Paris ocupado y de vez en cuando bombardeado, el joven seminarista Georges de Nantes piensa en Francia, en sus compañeros, en su hermano, movilizado para el sto, en su familia, en las tensiones clandestinas que siente en el mismo seminario. Y la angustia de la patria lo atenacea, en una meditación que sigue la celebración de la ceremonia:

“Francia está todavía extraordinariamente tranquila, y sin embargo son como mil crujidos de cerillos o fuegos de hojas secas en los campos que se prenden y se apagan, amenazando de abrasar todo repentinamente en un incendio gigantesco. ¡Sí, en todos lados se juega con el fuego! Y nosotros, no obstante el peligro, confiados y desarmados, cantamos nuestros salmos en este polvorín.5

En el mismo momento, en Tuy España, sor Lucía de Fátima pasa por una verdadera agonía, impidiéndole transcribir la visión del tercer Secreto revelado el 13 de julio de 1917. Lo conseguirá, con el socorro de Nuestra Señora que se le aparece el 2 de enero de 1944:

Vimos a la izquierda de Nuestra Señora un poco más alto un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centellaba, echaba llamas que parecían deber incendiar el mundo…”

La meditación del seminarista estrecha la profecía referida por la vidente, alcanzando el fondo real, sobrenatural, del curso de las cosas y su “ortodromia divina” percibidos solamente por las almas místicas.

Sor Lucía continua: “Pero [las llamas] se apagaban al contacto del brillo que con su mano derecha Nuestra Señora hacía surgir hacia él.”

Por su lado, el seminarista percibe un efecto de ese milagro salvador, a la luz de la liturgia de Navidad que canta la venida del Mesías, Príncipe de la paz:

“Pienso entonces en Francia, en relativa pero santa paz, a pesar de los demonios contrarios que se encarnizan a disgustarla de ella, ¡para que la pierda! El armisticio, aun violado por el vencedor, observado por el vencido para sobrevivir, nos protege todavía, nos salva un poco de vida por una especie de milagro cotidiano y nos deja un porvenir. El Mariscal permanece de ello el garante prestigioso para Francia.”

Pero el temor prevalece de nuevo, santo temor de Dios y de sus juicios: “Qué el armisticio estalle, qué el Mariscal nos sea arrancado, y el freno milagroso ya no contendrá los furores de un enemigo desahuciado ni las malas pasiones que ya soplan de afuera en una Francia esclavizada. Sería el momento, más que ayer, de gritarle a Francia: “¡Ten cuidado de perder tu alma!” Pero nadie piensa en ello. Al contrario…”

Y el Ángel designando la tierra con su mano derecha, dijo con una voz fuerte: ‘¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!’ ”

“Llega la hora de la oración angustiosa, mientras que transcurren lentísimamente los últimos momentos de esta larga noche protegida y que se anuncia la aurora, de nuestra salvación o de nuestra perdición.

“¿Quién triunfará entre el orden o el desorden? Eso me hace temblar, y es desde aquel día, de aquella Noche santa que datan mi pasión del orden, mi odio de la rebelión con cualquier nombre que se la disfrace. En este caso, es ‘la Resistencia’. Me doy cuenta que parece hermosa, en todas sus partes, a algunos cofrades, ¿a cuántos? no sé […].

“En este instante en el que mi espíritu podría trastornarse, me gusta el orden como un bien divino, porque en la inconmensurable absurdidad de los hombres, desenfrenados por la guerra y la derrota, es él el orden, aún más que la virtud y mucho más que la inteligencia, que salva y que puede ser salvado, mientras que toda anarquía, disidencia, rebelión, agrega su mal voluntario a los males impuestos que pretende curar, y compromete el porvenir por el peso de su impiedad.

“No impediremos a los hombres perversos de seguir sus vías criminales. Al menos nosotros, dejémoslos agotarse en medio de un orden que los limita y, cuando Dios quiera, volverá a poner todo en paz. Tal es la paciencia de los santos.6

Esta paciencia, el seminarista Georges de Nantes, y sor Lucía, la vidente de Fátima, tendrán que ejercerla heroicamente, en el desorden anunciador de la gran apostasía.

EL MAESTRO INCOMPARABLE.

Esta paciencia en los combates futuros, Georges de Nantes la sacará en el conocimiento inteligente, verdadero, profundo, de Jesucristo y de su Iglesia. De inmediato, tomará para él un nombre, un rostro: Louis Vimal, que llamará “el incomparable amigo”7 , y a quien su corazón se apegó desde el primer día en que lo vio celebrar la misa de comunidad ante todo el seminario reunido.

Louis Vimal

Sr. Vimal, sacerdote sulpiciano. Fue el maestro de Georges de Nantes durante sus estudios en el seminario de Issy-les-Moulineaux.

“Lo veo todavía, con el mismo encanto: meticuloso en la observación de los ritos, poniendo una aplicación tensa, casi dolorosa, para no omitir ni precipitar nada de ello… y su evidente detestación de ser visto, observado y descubierto en esta Acción la volvía más misteriosa que en realidad, ¡si es posible! Mi corazón se apegó a él, desde esa misa, y su búsqueda empezó.

“Lo encontré de nuevo en la primera recreación el día siguiente del retiro, ¡y no era el único en buscar su compañía! No sin trabajo porque huía los grupos. Habiendo bajado con nosotros porque lo debía, en cuanto tres o cuatro lo rodeaban, los atraía andando a trancos al paseo San Juan, más gustoso para hablar en coro limitado, pero entonces contestaba a nuestras preguntas con una facundia, un saber, una precisión de términos y una convicción que me hicieron decidir firmemente ya no soltarlo. Huía él toda ocasión, volviendo más apasionante la búsqueda. Al menos lo teníamos por prisionero durante las cuantas escasas horas de curso que le eran concedidas por el Padre Enne. Éste poseía la mayor parte de ellas a las que iba con una ostensible satisfacción, mientras que su protegido no iba a las suyas más que con una timidez y una confusión que pronto la perfección de su dicción, la solida verdad de sus demonstraciones, el orden, la claridad, y el fervor sin retención de sus comentarios personales desmentían.

“Había encontrado, desde el primer día, a mi Maestro. Siempre tuve suerte en la vida, es cierto. Pero esa suerte estuvo entre las más grandes, la más grande sin duda, porque de él me gustó, ¿por cual gracia? ¿por cual inclinación del corazón? ¿por cual instinto divino? inmediatamente, apasionadamente, el saber y la manera de saber, tan bien que, llevado por ésta, ése se imprimió en mi espíritu, despertándolo a esa vida superior donde las palabras son verdades, y las verdades revelan su luminoso misterio, en la que avancé desde entonces con pasos de gigante, como en una recreación continua, llena de amor […].

“Así me abrió, a mí que aún no sabía nada, vuelto de mis Chantiers de jeunesse, bajado de las montañas de Bois-Barbu y de Valchevrière, el reino del pensamiento, revelándome sus vías de acceso, alcanzándome en las encrucijadas, volviéndome a poner en el buen camino cuando me perdía, animándome a profundizar mi búsqueda y mi reflexión más lejos, atrayéndome por la alegría del resultado prometido. En vez de ir y venir, de un libro al otro, perdido y tan estúpido como antes, avanzaba con su consejo, su propio libro en la mano, directo a la meta, y cada vez más, veía extenderse bajo mis ojos el paisaje encantador de la ciencia natural y de la sabiduría divina, en compañía del irreemplazable guía vuelto en esta excursión el incomparable amigo, del cual el recuerdo sólo ilumina esos cuatros años de pensión eclesiástica en el seminario de Issy. Issy, para mí, es él.8

LAS FULGURANCIAS DEL PADRE VIMAL.

La obra providencial del Padre Vimal consistió en establecer las bases sólidas de la fe, las pruebas “apologéticas”, con el mayor rigor científico. Se volvió a causa de esa vez el gran maestro venerado.

“Mi primera disertación versó sobre los títulos dados a Jesús en el Evangelio. La había escogido entre otras de una larga lista y me delecté en ella. Leer el Evangelio, anotar los bellos nombres de Mesías, de Cordero de Dios, de Hijo de David, y de Hijo del hombre, de Hijo de Dios, dados a Jesús, y soñar, rezar, amar, para en fin echar sobre el papel los pensamientos, o más bien los sentimientos ardientes que esas misteriosas y sublimes palabras hacían nacer en mí, ¡ah! ¡qué deliciosos momentos! Tuve una pésima nota. Era, al parecer, desvaríos inconsistentes. Querían que trate de entender por el contexto bíblico, general y particular, lo que esos términos tradicionales evocaban muy precisamente en la época en la que fueron pronunciados y en el espíritu de los testigos inspirados que los conservaron en sus relatos…”

Así, “Jesús dejó de ser una imagen de Épinal9 , un dulce Jesús convencional, ¡cada uno pintándolo a su moda! para volverse un problema científico, ¡momento perturbante, desagradable! Y después un enigma, otra etapa difícil, vertiginosa y jalonada de trampas, de tentaciones en las que tantos otros se habían hundido, Renan, Loisy… ¡Había porque temer! Finalmente, permanecería, incluso en la autenticidad comprobada de los documentos originales y la verdad evidente de su ser histórico, físico y moral, un incomparable y fascinante misterio.

“El momento decisivo de esta progresión científica para mí es inolvidable, tanto más que nuestro profesor parecía apegar a ella una enorme importancia cuando no hacíamos más que reírnos de ello. El nombre de Couchoud era chistoso, y su sistema estúpido. ¡No pretendía responder a todas las dificultades por la afirmación que Jesús nunca había existido! ¡Qué absurdidad, y qué blasfemia! Aquel día, escuchaba apenas mientras que nuestras plumas rechinaban sobre los cuadernos, grabando, para aprenderlas, las sinuosidades del razonamiento de Couchoud y la lección que se nos pedía sacar de él. Veinte años, treinta años más tarde, un cierto día, ¡entendimos! Couchoud, el racionalista radical, ¡qué sorprendente acólito de la fe cristiana! ¡Indispensable, providencial Couchoud! Y tengo vergüenza al recitarme hoy, con una intensa satisfacción intelectual, un capítulo de curso del cual me reía tontamente escuchándolo antaño.

“Racionalista implacable, Couchoud apiola a todos sus predecesores, más liberales que él, que pretenden reconstruir, cada uno a su modo y a su idea, el “Jesús de la historia”, hombre ordinario que más tarde la Iglesia hubiera lentamente, sordamente transfigurado ¡hasta hacer de él un dios! Tonterías todo eso, nada de eso resiste, demuestra nuestro hombre.

“Jesús no existió a medias, a los dos tercios, a los tres cuartos, predicador pero sin milagros, o curador sin profecías, profeta y taumaturgo lleno de ilusiones, hombre divino pero de ningún modo Dios… Es todo o nada, el Evangelio se toma a la letra o se recusa completamente. Las Escrituras nos cuentan un Dios hecho hombre, no hay más que creerlas y hacerse integralmente católico, ¡única construcción admisible!

“O sino entenderlos más que en términos de mitología y concluir que Jesús nunca existió. En esta hipótesis, no sería cuestión, más que de un dios al cual los magos del verbo hubieran dado rastros humanos, constituyendo así a lo largo de las generaciones, esta extraordinaria pintura de “Dios hecho hombre”, seguramente incomparable. Nuestro profesor quería que llegáramos hasta esta extremidad lógica, curándonos de toda exégesis liberal, fácil pero inconsistente, para en fin, alcanzando este radicalismo, él mismo insostenible, ¡porque entonces la Iglesia hubiera nacido clandestinamente de una impostura total! correr al otro extremo, a la solución desde entonces ineluctable: creer en las Escrituras, creer en los testigos que se hicieron degollar, proclamar que es Cristo y Señor este Jesús que por nosotros fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, fue sepultado y sin embargo resucitó el tercer día para nuestra justificación.

“Ahora que de ello restituyo el clima por el juego misterioso de las reviviscencias, nuestro seminario sulpiciano me aparece completamente impregnado por este conocimiento de Cristo inmensamente existente, tanto como por ciencia que por fe, reinando sobre nuestro ser entero, inteligencia y corazón, cuerpo y alma, presente y futuro. Y los curso de apología que de ello demostraban la verdad estaban mucho más implicados, si me es permitido decirlo, en nuestra vida común y toda esta institución secular que los discurso suscitando la inquietud del Padre Enne10 . Cristo no podía ser, aún en esta época, el principio y el fundamento de todo, absolutamente todo, para esta centena de jóvenes y de sacerdotes, sus directores, sin que se le conciba, se le ame y se le adore como al más seguro y cierto de todos los seres lleno de gracia y de verdad.11

Después del conocimiento de Jesucristo, totalmente verdadero, totalmente amable, de quien nuestro joven seminarista tenía constantemente bajo los ojos la auténtica Santa Faz*, venía “la demonstración de la institución divina y de la conservación milagrosa de la santa Iglesia por Jesucristo, por su Espíritu Santo, ella también completamente implicada en el orden , la disciplina, el fervor, la unanimidad cordial de este seminario de Saint Sulpice del cual teníamos el sentimiento que era, muy conscientemente, un elemento vivo, un órgano vivificante de esta gran Iglesia de la cual se nos había demostrado que no era otra cosa más que “Jesucristo expandido y comunicado” (Bossuet).12

Así, nuestro Padre podrá decir respecto a su profesor: “Entré en el seminario de Saint Sulpice, bien formado por mis padres. Encontré mi maestro, mi mejor maestro después de mi padre, el Padre Vimal, el sulpiciano que llamo mi incomparable amigo. Era un hombre incomparable, en su simplicidad, en su perpetua alegría, en su pugnacidad y en todo este inmenso dominio de la vida religiosa, de la vida de la Iglesia. Siempre recibí de él la respuesta justa, profunda y que me hizo lo que soy, tan poco que sea, con una alacridad que me liberaba de todas las dificultades de nuestra época y me hacía penetrar esta alma, más o tanto romana que cristiana.13

 


(1) Mémoires et Récits, t. II, p. 9.

(2) Ibid., p. 13.

(3) Ibid., p. 30-31.

(4) Il est ressuscité no 26, septembre 2004, p. 30.

(5) Mémoires et Récits, t. II, p. 36.

(6) Ibid., p. 39-41.

(7) Después de su deceso, sobrevenido el lunes 26 de octubre de 1998, nuestro Padre dirá a propósito de él: “Estoy triste a morir porque perdí a mi padre…” (CRC no 350, octubre de 1998, p. 35)

(8) Mémoires et Récits, t. II, p. 364-367.

(9) Epinal: ciudad en el norte de Francia, donde nacen muchas imágenes convencionales.

(10) Cf. infra, p. 59-60.

(11) Ibid., p. 77-80.

(12) Mémoires et Récits, t. II, p. 81.

(13) Logia, 17de agosto de 2002.